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ELEMENTOS PARA UNA GEOPOLITICA DEL PACIFICO EN LOS INICIOS DEL SIGLO XXI

 

PROLOGO

 

En los inicios del siglo XXI, el sistema planetario continúa experimentando mutaciones profundas en el plano geopolítico.  Si hubiera un concepto que defina y sintetice dichos cambios estructurales que tienen lugar en el orden mundial debería hablarse de incertidumbre y de redistribución de las hegemonías.

La Geopolítica, en su desarrollo moderno ( ), constituye una disciplina que contiene una representación del espacio en relación con los actores políticos que en el se despliegan.  En cuanto representación del espacio, la Geopolítica integra categorías de análisis provenientes de otras disciplinas de las Ciencias Sociales, produciendo ópticas o lecturas destinadas a comprender la articulación existente e imaginada entre los actores políticos y los espacios y territorios en los que se manifiestan las relaciones de poder.   Para la Geopolítica moderna, por lo tanto, todos los espacios, todos los territorios son arenas de poder, ámbitos reales y/o virtuales en los que se manifiestan poderes y donde se compite por su control y dominación.

Esto no quiere decir que la lectura geopolítica sea una interpretación polemológica o conflictual de las relaciones entre actores políticos, lo que se subraya hoy es que el conflicto es una condición inherente a dichas relaciones, pero que la Geopolítica puede interpretarlos también a la luz de otros parámetros intelectuales como la interdependencia o la integración.

Cambio y continuidad: asistimos a cambios estructurales profundos en el orden mundial, pero al mismo tiempo, las continuidades persisten con la inercia propia de los sistemas políticos, económicos y mentales que se niegan a desaparecer.

La implosión del sistema imperial soviético y al término del ciclo de la guerra fría, ha abierto en todo el anterior orden internacional una insospechada “caja de Pandora”: renacen los mismos y ancestrales regionalismos, los antiguos nacionalismos, las ambiciones territoriales, los particularismos locales, mientras el Estado-nación hace crisis y las resistencias anti-sistema se precisan y complejizan; en suma, los viejos, olvidados y profundos conflictos que habían quedado olvidados por la tensión geopolítica mundial entre capitalismo y comunismo, desde 1990 en adelante vuelven a emerger y ocupan la escena internacional y regional.

La hegemonía estadounidense, constituida en estas etapa como la única potencia estratégica global del planeta, no sucede sin embargo en un escenario de sumisión ni en un clima de aprobación por parte de las opiniones públicas; la creciente militarización y la presencia militar de Estados Unidos en casi todo el mundo, ocurre en un contexto en que comienzan a emerger otras potencias y bloques de poder mundiales, poco dispuestos a aceptar per se la superioridad estadounidense, tanto por la connotación imperial de sus conductas internacionales, como porque resulta evidente que los intereses geopolíticos y estratégicos de dicha potencia, aunque sean presentados retóricamente como aspiraciones de alcance universal, resultan ser en definitiva, puros y concretos intereses económicos, respaldados por el peso de la tecnología y la fuerza militar.

El nuevo orden unipolar e imperial al que ha accedido el mundo desde los inicios del siglo XXI no es un mundo más ordenado, más seguro o más pacífico: paradójicamente, es un escenario mas inseguro y menos predecible, más violento y con más guerras.

El concepto que mejor define geopolíticamente este siglo XXI que se inicia, es incertidumbre.

Producto de una compleja combinación de dinámicas de poder, el océano Pacífico parece estar en camino de convertirse en una arena geopolítica –una más en el mundo actual- donde se entrecruzan las diferentes rivalidades y ambiciones de las distintas potencias y naciones que tienen costas e intereses en dicha zona del mundo.

En este contexto, la cuenca del Pacífico se constituye en una de las arenas geopolíticas donde tiene lugar una prolongada redistribución de las hegemonías, al mismo tiempo que se configura un nuevo orden político y económico mundial.

Este ensayo examina los roles que la cuenca del Pacífico puede desempeñar en el actual escenario económico y político internacional de globalización y sus proyecciones futuras más plausibles, desde la perspectiva de la escuela realista de la Ciencia Política y las Relaciones Internacionales.

Este ensayo –elaborado como ponencia para el seminario “Globalización y APEC” de la sede Magallanes de la Universidad ARCIS- es una invitación a la reflexión intelectual e intenta presentar una lectura geopolítica y crítica de la globalización actualmente en curso, a la luz de un conjunto de categorías multidisciplinarias de análisis.

 

Manuel Luis Rodríguez  U.  Cientista Político. 


Punta Arenas (Magallanes), primavera de 2004.

 

 GEOPOLÍTICAS
 EN LA ERA DE LA GLOBALIZACION:
ALGUNAS CATEGORÍAS DE ANALISIS


La Geopolítica
 como representación del mundo


 La aproximación intelectual hacia la Geopolítica nunca ha dejado de ser objeto de controversias.   Tanto por sus orígenes demasiado estrechamente asociados con el proyecto nazi-fascista de dominación de los años 20 y 30, como por su discutido rol de justificación ideológica de proyectos imperiales y expansionistas propios del período de la guerra fría (1945-1990), la disciplina Geopolítica bien puede considerarse como una “hija bastarda” de las modernas Ciencias Sociales: todos la utilizan y recurren a ella para todo género de justificaciones, pero nadie quiere reconocer su paternidad...

 La Geopolítica, constituye una representación tradicional y territorial del sujeto político y militar, extendida a la escala del planeta: desde este punto de vista, es una lectura descriptiva y se alimenta de una lógica de dominación. ( )

 En su estado actual de desarrollo, en los inicios del siglo XXI, asistimos a un renacer de la reflexión geopolítica: en un momento histórico de mutaciones profundas, en el que la lógica de la desregulación y de la virtualización de los intercambios se combina con procesos económicos, culturales y políticos transnacionales, la Geopolítica se ve enfrentada a asumir un doble desafío: por una parte, debe resolver el dilema “Estado-nación” o “Estado-sociedad civil”, interrogándose acerca de la pertinencia de su tradicional apego a las soluciones estatistas o estatizantes (propias de la Geopolítica de la primera mitad del siglo XX); y por el otro, debe dar cuenta teórica e intelectual de los procesos de transnacionalización que tienen lugar, para re-situar al Estado nacional en un escenario político y geopolítico mundial y continental más complejo y poblado de nuevos actores, dilemas, encrucijadas y desafíos.

 Los cuestionamientos a las Geopolíticas tradicionales, más inclinadas a privilegiar el rol del instrumento estratégico en la escena internacional, han hecho posible que hoy se reconozca que Diplomacia y Estrategia son herramientas complementarias e interdependientes en un mundo en plena mutación.

 Por otra parte, la reflexión geopolítica ha tenido históricamente una natural tendencia a las visiones globales, a las lecturas macroscópicas del orden internacional, lo que tiene que combinarse con interpretaciones microscópicas de la escena regional, a riesgo de quedar atrapado en la telaraña paralizante de las grandes lecturas, de los grandes relatos que intentan explicar el presente, pero que impiden leer “el aquí y el ahora”, es decir, el presente real.

 Desafíos, amenazas, conflictos, zonas de fractura, líneas de convergencia, ámbitos de influencia... la batería de herramientas de análisis geopolítico puede variar según la orientación intelectual que se sigue o los intereses que se encuentran en el trasfondo de todo análisis geopolítico.  He ahí una de las particularidades de la Geopolítica: no existen las geopolíticas neutrales, ni las geopolíticas a-políticas, porque sería como estudiar Ciencia Política sin referirse a la política.  Cuando los rusos hablan de una “geopolítica del Cáucaso” o los estadounidenses hacen uso de una “geopolítica del petróleo”, o los ingleses se refieren a una “geopolítica de la energía”, ninguno de ellos está hablando “en neutro” ni solo para la academia: están poniendo de relieve los intereses reales y profundos que los mueven a recurrir a las categorías del análisis geopolítico, para explicar sus propios intereses nacionales y de poder.

 Por tanto, cada geopolítica viene “cargada” con el sesgo de los reales y profundos intereses y motivaciones que explican –en primera y última instancia- la conducta de todo actor en la escena política nacional e internacional.

 De este modo, el cambio de época que experimenta el orden internacional, está engendrando una re-conceptualización profunda de las nociones tradicionales de la reflexión geopolítica y estratégica, entre las cuales el propio concepto de “espacio” está siendo repensado.

 En efecto, el espacio había sido conceptualizado por los geopolíticos tradicionales –fieles a la geografía territorial del siglo XIX y XX- como una extensión física que se puede dimensionar y comprender en términos de largo, ancho y profundidad (arriba y abajo).  Todos los paradigmas estratégicos del siglo XX, entre los cuales el de la disuasión, habían sido construidos a partir de la idea de que el acto estratégico, así como el acto político, siempre tienen lugar sobre arenas o escenarios cuya espacialidad es discernible en términos de territorios geográficamente situados, los que están dotados de largo, ancho y profundidad, lo que viene a determinar la aplicación del instrumento estratégico.

 La escala en la que operaba un actor político dentro de un espacio, estaba determinada por los límites y extensión del territorio donde dicha acción era legítima y sustentable.

 En estos espacios territorializados, el Estado o los actores políticos, económicos y culturales pueden delimitar las escalas de sus decisiones y acciones, sometiendo en primer lugar la geografía a  las coordenadas políticas y jurídicas de la soberanía. 

 Pero, ¿qué sucede cuando el espacio trasciende las fronteras físicas? ¿cómo se pueden discernir los ámbitos de soberanía o de jurisdicción, allí donde los espacios geopolíticos no tienen un soporte físico o territorial sobre los cuales situarlos, posicionarlos?

 Si el espacio es un ámbito donde tiene lugar el poder, donde se ejercen la influencia y la hegemonía, donde se manifiesta visiblemente la pugna por la hegemonía y la dominación, ¿qué sucede cuando el espacio no tiene parámetros físicos de medición y donde dicha pugna puede ser virtual, no obstante su realidad estratégica?

 Si la Geopolítica moderna se define como “...el estudio de las relaciones que existen entre la conducción de una política llevada al plano internacional y el marco geográfico en el cual ella se ejerce” ( ), entonces, ¿cómo suceden las relaciones geopolíticas en un contexto internacional, donde el marco geográfico puede ser superado por conductas de actores internacionales que quiebran esa noción tradicional del espacio o que trascienden las fronteras sin desaparecerlas físicamente?

 ¿Es posible un espacio sin territorio?

 Los nuevos paradigmas geopolíticos introducen ahora dos nuevos parámetros en el análisis geopolítico: la noción del ciber-espacio, como soporte del espacio informacional, y la del espacio-extra-atmosférico, como ámbito de una arquitectura satelital de dominación estratégica planetaria.

 Ahora el espacio de poder, deviene virtual, inalcanzable, indefinido en sus límites porque no tiene fronteras, porque la soberanía de los Estados está siendo reemplazada por el infinito dominio mercantil de las empresas y corporaciones, porque el ejercicio de la soberanía territorial está siendo superada por los intercambios y flujos económicos virtuales.  La finitud de los territorios está siendo sustituída por la infinitud de los espacios virtuales.

 En ambas dimensiones espaciales, lo virtual predomina no obstante la posibilidad de que se materialicen en formas complejas y diversas de poder y dominación “in situ”.  Estamos en presencia de un nuevo paradigma geopolítico de la dominación y la influencia: “...la dominación espacial, el space power, será sin ninguna duda, el concepto nodal de la geopolítica del siglo XXI.  Tal como el ‘sea power’ del siglo XIX permitió el control imperial (británico entre otros) mediante el dominio de las líneas marítimas de tráfico y de algunos puntos portuarios estratégicos, el ‘space power’ detenta las claves del control informacional y logístico.” ( )

 Este ‘space power”, una noción fundacional en la reciente geopolítica de los Estados Unidos, se entiende como un instrumento de potencia geopolítica, así como se pretende una herramienta estratégica puesta al servicio de un proyecto de dominación global: “el surgimiento de un nuevo espacio de acción y de telecomunicaciones interconectadas, el ciberespacio, vuelve caduca la noción de santuario nacional y hace aparecer nuevas vulnerabilidades a gran escala.” ( )  En el nuevo paradigma, lo global deviene también virtual, es decir, informacional y cibernético, desde el inalcanzable espacio extraterrestre, porque así y sólo así, la potencia global estadounidense se asegura una dominación económica, política, cultural y tecnológica y una proyección de potencia incontrarrestables.

 En un contexto de esta naturaleza, nos interrogamos ¿cómo puede la Geopolítica constituir una representación del mundo, sin cuestionar sus propios conceptos de representación?

 Pero, hay algo más.  La revolución de la información actualmente en curso, trae aparejado otro dilema de importancia geopolítica: la cuestión del tiempo asociado al espacio.  En la Geopolítica tradicional el espacio o el territorio se vinculaban al tiempo, en la medida en que el actor político o el actor estratégico ponían “en el teatro” sus recursos, sus medios económicos, políticos o militares, dentro de una temporalidad que venía dada por las velocidades posibles del avión, el barco de guerra, el tanque o el soldado en combate.  Ello determinaba tiempos de desplazamiento que estaban física y tecnológicamente limitados, delimitados, establecidos.

 En los términos de la ciencia moderna, el tiempo ha sido una dimensión cuantificable.

 Sin embargo, al diseñarse el espacio cibernético o el espacio comunicacional, o informacional, desaparece la dimensión temporal en beneficio de la ubicuidad, de la simultaneidad, del “tiempo real”.  ( ). 

El tiempo y la velocidad se virtualizan, la ubicuidad del acto político o de la acción estratégica –ahora potenciados por la imagen instantánea de los medios- devienen casi simultáneos con la decisión que los produjo. 

¿Qué sentido adquiere el espacio geográfico o el territorio como simples delimitaciones físicas de una porción de la naturaleza, si un submarino nuclear ordenado por un gobernante situado a 20.000 kilómetros del blanco, puede hacer viajar en pocos minutos un misil portando una bomba, solo mediante una orden computacionalmente codificada?

 La relativización y la dilución del espacio  como tendencias geopolíticas en curso, se acompañan con la contracción del tiempo. El espacio-tiempo que había revolucionado Einstein ( ), se ha convertido en distancia casi inexistente, en capacidad e instantaneidad del acto humano, político, económico o estratégico.  Cada espacio tiene su propio tiempo.

 El tiempo también ha devenido una variable geopolítica, potenciada por la telefonía celular, por la informática, la transmisión instantánea de imágenes, sonidos y data, y por el funcionamiento de vastas y complejas las redes satelitales de info-comunicación.


Epoca de cambio
y cambio de época


Ya es un tópico recurrente e incorporado en el bagaje teórico de la moderna Ciencia Política y en las Relaciones Internacionales, la noción de que el período que se inicia en 1990 con el fin de la “guerra fría” no es solamente una época de cambios, sino que asistimos en realidad a un profundo cambio de época.   Asumimos que el fin de la bipolaridad Este-Oeste, significó el derrumbe y la derrota del sistema socialista, como modo de organización de la sociedad y como paradigma, pero ello no ha significado automáticamente el triunfo del capitalismo: algo así como que se sabe bien quién perdió... pero no se sabe realmente quién ganó.

Otros autores argumentan que el triunfante capitalismo de fines del siglo XX se ha tenido que hacer cargo de la totalidad de los problemas del planeta y no ha hecho más que agravarlos y complicarlos: contaminación ambiental a escala planetaria, empobrecimiento de países y continentes enteros, profundización de las desigualdades sociales y económicas, multiplicación y complejización de los conflictos y de las rivalidades...  Ahora que el capitalismo conservador o neoliberal han levantado la bandera del triunfo, no hay comunismo al cual culpar de los males del mundo, y resulta que los males del mundo hoy, son peores, más profundos, más extensos y más persistentes, que antes de 1990.

Hasta aquí sin embargo, llegan las coincidencias de los politólogos: queda abierta la discusión en cuanto a cuál es la trayectoria que seguirá el sistema-planeta en los primeros decenios del siglo XXI.

La hipótesis central que articula este estudio supone que el sistema internacional en la etapa final del siglo XX y en los primeros decenios del siglo XXI estaría experimentando una mutación mayor, en la forma de un prolongado proceso de transición desde un sistema ordenado en torno a los Estados nacionales o sistema internacional propiamente tal, hacia un sistema-planeta, organizado y articulado en torno a ciertos Estados-potencias dominantes, entidades supranacionales y actores corporativos, dotados de poder a escala global.

Desde la paz de Westfalia (1643) hasta el ciclo llamado de la Guerra Fría (1945-1990), el sistema internacional se ha ido configurando y evolucionando dentro de ciclos históricos sucesivos en los que la distribución de las hegemonías y el balance del poder se han articulado en torno a ciertas potencias constituídas como Estados nacionales y sistemas imperiales integrados también por Estados nacionales, y otros actores.

De este modo, la unidad política denominada Estado-nación ha sido durante más de tres siglos, el eje articulador y el actor político y estratégico determinante en el sistema internacional o en los regímenes de dominación que operaban en su interior.

El cambio fundamental que está operando como tendencia profunda en el mundo, desde la segunda mitad del siglo XX, es la emergencia gradual de una economía-mundo y de una política global o globalizada, lo que está dando forma a un ordenamiento político y estratégico nuevo dominado por ciertas potencias o Estados y otros actores supranacionales y corporativos capaces de adoptar decisiones y de desplegar estrategias y recursos de poder a escala del conjunto del mundo.   Esta emergiendo y continuaría cristalizando así durante el siglo XXI, una red de redes cada vez más compleja de interacciones de poder a escala global, en la forma de un sistema de sistemas y que denominamos sistema-planeta.

De este modo, la posición de centralidad  del Estado nacional en el sistema internacional parece verse amenazada por dos fuerzas disociadoras distintas: desde el interior de las fronteras nacionales, por la re-emergencia y multiplicación de las identidades locales y regionales y las aspiraciones independentistas; y desde el exterior, por las corrientes generadas por las distintas formas de globalización, por la emergencia de una política global y de estrategias globales, las que pretenden i poner nuevas hegemonías y formas de dominación.

Al revisarse la historia política y estratégica de Occidente y otras regiones del mundo, la tradición intelectual del realismo ha puesto de manifiesto la importancia crucial y decisiva de los intereses y los factores y recursos de poder, como herramientas del poder político, tecnológico y estratégico) dentro del juego real de las Relaciones Internacionales.  Desde la configuración moderna del sistema internacional, a partir del siglo XVII en adelante, han sido los intereses y en particular los intereses de poder y los intereses nacionales, los móviles fundamentales que permiten explicar las decisiones y las conductas de los actores en la escena internacional, y en función de los cuales se ha articulado el balance de poder en cada época o ciclo.

No obstante la conflictividad básica que caracteriza a la escena internacional, producto del choque permanente de intereses de todo tipo,  los Estados y los principales actores de la escena mundial apuntan hacia la estabilidad, pretenden garantizar la seguridad de sus propios intereses, intentan mantener un cierto nivel de equilibrio en el balance de poder en tanto en cuanto satisfaga dichos objetivos fundamentales, y procuran asegurarse un clima de paz en el entorno al que tienen acceso, mediante la configuración de regímenes de seguridad que convengan a sus intereses vitales.

Desde una óptica prospectiva, puede afirmarse que el conjunto del sistema mundial –que se encuentra en vías de configurarse como un sistema-planeta- realiza además, una prolongada fase de transición desde un orden básicamente bi-polar hacia un orden internacional multipolar, de manera que en los primeros decenios del siglo XXI el conflicto fundamental que dividirá al mundo, será al mismo tiempo, la dualidad entre potencias dominantes (ubicadas en el hemisferio norte) y naciones emergentes (situadas en el hemisferio sur o en determinadas “zonas de fractura” del mundo), y entre la potencia global única y aquellas potencias mundiales emergentes, que aspiren a una cuota sustancial de poder mundial desde una posición hegemónica a escala continental.   Al término del esquema bipolar, desde fines del siglo XX se ha instalado la hegemonía estratégica de una potencia global, es decir, un orden unipolar en un escenario geopolítico inseguro e impredecible que ha traído consigo una mayor inestabilidad e incertidumbre.

Los rasgos fundamentales que caracterizarían a este período de transición desde la bipolaridad hacia la multipolaridad, serían la incertidumbre, la imprevisibilidad y la inestabilidad en un contexto de creciente interdependencia, los que podrían determinar gran parte de los comportamientos de los actores del sistema mundial durante la primera mitad del siglo XXI.   Durante esta transición prolongada, el sistema mundial atravesará por una fase de hegemonía casi indiscutida de una sola potencia global, dando forma transitoriamente a un esquema de poder unipolar, mientras se produce el reacomodo de las demás potencias continentales o regionales, y mientras comienzan a emerger las potencias mundiales que –presumiblemente- disputarán en el siglo XXI o en el siglo XXII la hegemonía global.

Puede suponerse también que los “core-powers” o potencias centrales y dominantes en el balance de poder global configurarán alianzas de carácter estratégico y de alcance mundial durante la disputa por el poder global.


Espacios,  territorios y poder:
la implosión del espacio geopolítico


La moderna geopolítica  ha asumido que el espacio, como ámbito geográfico situado, constituye a la vez un factor estructural de poder y un territorio donde tiene lugar la presencia y la dominación humanas.  Desde esta perspectiva, el espacio geográfico (terrestre o marítimo) ha sido definido a la vez, como encrucijada o arena del poder y de la disputa por el poder, y como fuente de recursos que se constituyen también en otros tantos factores de poder.

Esta lógica territorialista de la geopolítica se refiere a que los procesos políticos y económicos no tienen lugar en el vacío.  Ellos siempre tienen una determinación histórica y geográfica, la que les fija sus  límites y horizontes de alcance.

Desde el punto de vista geográfico o espacial, la Política puede ser definida y comprendida como una práctica localizada de poder y de dominación, de construcción de consensos y de resolución de conflictos, que siempre se sitúan en una determinada porción del territorio, el cual puede llegar a ser en sí mismo una encrucijada y una arena donde se encuentran estrategias y retóricas de los diferentes actores. Así como tiene su propia historia, la Política y las Relaciones Internacionales funcionan y construyen  su propia geografía, su propia espacialidad.

  Aún en medio de los procesos de deslocalización, propios de la modernidad, la post-modernidad  y  la globalización de las comunicaciones y los mercados en curso, deben reconocer la necesidad de una plataforma, de un soporte material, físico, sobre el cual se aplican el poder, las distintas formas de capital, la energía y la información.

Pero, para llegar a la dominación implícita en el poder y en la Política, cada actor debe ejercer un determinado grado de dominio y jurisdicción sobre un cierto espacio, sea este geográfico, económico, cultural o virtual.  En los orígenes remotos del poder y de la Política, se encuentran las múltiples formas de acción voluntaria a través de las cuales, los hombres llegan a transformar dicho espacio.  

Así surge el proceso de territorialización.

La territorialización es el complejo proceso histórico a través del cual los individuos, los grupos y las organizaciones humanas adquieren, controlan, dominan y transforman los espacios geográficos que consideran propios.  En este proceso intervienen factores materiales objetivos (trabajo, energía), factores inmateriales (información), factores humanos (provisión de capital social, humano, cívico, tecnológico y financiero) y factores culturales (identidad, valores y tradiciones), de manera que los espacios geográficos donde se instalan los seres humanos, se transforman gradualmente gracias a una combinación histórica, única e irrepetible de todos éstos componentes.

En síntesis se trata del proceso mediante el cual un grupo humano  transforma un espacio geográfico en un territorio suyo y distintivo.  Esta es la forma cómo los seres humanos inscriben su existencia individual y colectiva en la geografía que los sustenta.

La territorialización opera mediante el trabajo, mediante la incorporación de energía, trabajo, capital e información sobre los recursos naturales, sobre el espacio geográfico, y en función de los cuales, los individuos, los grupos, las familias y las naciones van ejerciendo y adquiriendo dominio sobre dicho espacio, convirtiéndolo en su territorio.  Como se verá más adelante, una de las bases del dominio en materia territorial, reside en la ocupación material, real, de un determinado espacio geográfico, de manera que no solamente se manifieste la intención de apropiarse dicho espacio (lo que se materializa con estos actos concretos), sino que es preciso además, que esa porción geográfica esté vacante, y que los actos de apropiación y dominio  reflejen un propósito de permanencia estable y duradera.

En el curso de este proceso de territorialización, es decir, de conquista material y simbólica de un determinado espacio geográfico, se va configurando la cultura y la identidad del grupo humano:  el conglomerado se convierte en grupo, el grupo se transforma en una comunidad, cohesionada gradualmente por las experiencias colectivas comunes.  A continuación, en su apropiación territorial las comunidades devienen en pueblos, y los pueblos tienden a configurar naciones.   Al apropiarse de un lugar físico, el grupo humano hace su propia historia, va creando sus propios mitos, sus leyendas, sus tradiciones, va depositando en su memoria y en su subconsciente colectivo un patrimonio de valores y tradiciones, con los cuales las sucesivas generaciones de descendientes se continuarán identificando.

En algún momento, el individuo se piensa a sí mismo, en términos de geografía, es decir, en términos de lugares, de tierra y de mar.   Los procesos de territorialización son entonces, a la vez, materiales y simbólicos. Materiales en el sentido de dominar la geografía, de apropiarse de ella, de controlarla, de ejercer en ella el poder, el dominio y las distintas formas de soberanía.  Simbólicos en el sentido de ir depositando en el subconsciente colectivo, en la memoria colectiva, los hechos históricos fundantes y fundamentales, los acontecimientos relevantes y decisivos, los hitos  que marcan una trayectoria común y compartida en el tiempo.

Es importante subrayar por otra parte, que la territorialización se produce tanto sobre los espacios geográficos terrestres, como sobre los espacios marítimos, en la medida en que éstos forman parte de la misma unidad geográfica y se integran bajo una misma unidad política.   Modernamente sin embargo, el espacio geográfico y los recursos que en él existen no es en sí mismo un factor decisivo de poder, sino en tanto en cuanto se aplica a dicho territorio y a dichos recursos, la tecnología, la información y los capitales suficientes para que se conviertan en materias primas susceptibles de intervenir en los procesos económicos y en los flujos comerciales.   Una forma concreta y actual de territorialización de los espacios geográficos, se manifiesta en su valoración económica.

En efecto, tal como se analizan más arriba, uno de los “cambios copernicanos” originados en la actual mutación tecnológica y geopolítica que tiene lugar, es la transformación de los espacios de dominación y poder.  Según Alexis Bautzmann, “...los dos principales vectores de la globalización son el espacio cibernético y el espacio extra-atmosférico...los cuales se convierten, en manos de la potencia global americana, en instrumentos privilegiados del control global de los territorios...” ( )

La lectura geopolítica actual tiene que integrar dos ámbitos espaciales que escapan a la geografía física tradicional.  El espacio geopolítico ha hecho implosión: el control, la dominación y el ejercicio del poder no dependen ahora sola o exclusivamente de la apropiación de recursos naturales existentes en espacios geográficos físicamente localizados, sino también de los espacios exo-geográficos, es decir, aquellos situados fuera y más allá de la geografía.


La perspectiva aportada
 por la reflexión oceanopolítica


La Oceanopolítica surgió durante la segunda mitad del siglo XX, como resultado de una serie de procesos intelectuales y políticos en el mundo desarrollado.

La nueva disciplina pretende introducir un cambio profundo de perspectiva a éste respecto: ella permitiría analizar los fenómenos políticos, diplomáticos y estratégicos que suceden en mares y océanos, desde la perspectiva de los espacios marítimos, de manera que se nos ofrece como un paradigma tal, como si nos situáramos en el mar,  para observar y comprender la tierra.   Si la Geopolítica pretendía ser "la conciencia territorial del Estado", la Oceanopolítica pretende ser "la conciencia marítima de la Nación".

La Oceanopolítica puede ser considerada como una visión con pretensiones científicas, que resulta de la confluencia multidisciplinaria de distintos aportes intelectuales.   Se trata de una  forma moderna de intentar hacer ciencia a partir de los fenómenos marítimos y navales, en la medida en que su pretensión mayor es lograr establecer un conjunto aceptado de principios y teorías dotadas de racionalidad y de objetividad.   En términos generales, la ciencia social es moderna, porque cree y se afirma en los resultados del ejercicio de la razón, como fundamento objetivo del conocimiento.

La reflexión oceanopolítica se pretende a sí misma como una racionalización de los procesos y relaciones entre el Estado- Nación (como actor político programático) y los mares y océanos.  Desde esta perspectiva, los espacios marítimos y oceánicos son comprendidos y se configuran como campos teórico- prácticos relacionales, donde se ponen en juego los objetivos políticos, los grandes fines y sobre todo, los intereses nacionales y de seguridad de los Estados, como se analizará más adelante.   Para la Oceanopolítica, como para las demás disciplinas que integran el universo teórico e intelectual de las Relaciones Internacionales, el contenido esencial de las relaciones entre los Estados en la esfera marítima y naval son los intereses nacionales y de seguridad, en virtud de los cuales cada Estado desarrolla una Política, y despliega su Diplomacia y su Estrategia.

La Oceanopolítica es una disciplina o ciencia política del mar, es una manera política de ver las relaciones entre los Estados y naciones a propósito de los espacios marítimos.   La politicidad de los procesos y relaciones oceanopolíticas, proviene fundamentalmente del carácter  político de la acción de sus actores principales, los Estados, y del contenido esencial de las relaciones que éstos establecen entre sí a propósito de dichos espacios.

Así, resulta que la Oceanopolítica es -al mismo tiempo- una ciencia política de los espacios marítimos y oceánicos, y también, la Política de los Estados en los espacios marítimos y oceánicos.  Por ello mismo, la Oceanopolítica no es una geopolítica marítima, ni una geografía política de los mares y océanos, sino que resulta de una elaboración intelectual y político- institucional distinta, y que produce como resultado una reflexión científico- política acerca de los mares y océanos, la que se traduce siempre en políticas y estrategias.

En su definición más primaria y elemental, la Oceanopolítica estudia la Política en el mar y en los océanos.    Su propia denominación, sugiere un elemento de encuentro, una síntesis entre el fenómeno político y el fenómeno oceánico, en la medida en que ambas dimensiones convergen en la realidad, desde los albores de la Historia de la humanidad.  

  Ahora bien, en la Época Moderna -inaugurada por el Iluminismo racionalista y humanista, la Revolución Francesa y la descolonización de las naciones- la Política en los océanos y espacios marítimos la realizan fundamentalmente los Estados-naciones, de lo que se desprende que la Política en el mar es siempre y en primera y última instancia la Política del Estado en el mar.   La Oceanopolítica la definimos -para los efectos de este ensayo- como el estudio científico de las relaciones oceanopolíticas que se establecen históricamente entre ciertos actores políticos en relación con los espacios marítimos y oceánicos.   Esto quiere decir que el fundamento de la teoría oceanopolítica, reside en una comprensión y racionalización sistemática y científica  de un cierto tipo de relaciones, las que se pueden clasificar en dos tipos básicos:

a)  las relaciones que  establecen los Estados y otros actores políticos entre sí a propósito de los espacios marítimos y oceánicos, relaciones que tienen lugar en la esfera internacional; y

b) las relaciones que se establecen entre los Estados y los espacios marítimos y oceánicos, las que se sitúan generalmente en la esfera nacional, por su carácter jurídico y su contenido político.

De esta definición se desprende naturalmente, que los espacios marítimos constituyen una diversidad superpuesta e interdependiente  de arenas o campos relacionales.  Aquí reside la racionalidad objetiva de los fenómenos oceanopolíticos: se trataría de procesos y fenómenos que son empíricamente observables y verificables, en los que los mares y océanos son el elemento de sustrato, la base fundante y explicativa de la relación, y los Estados y otros actores políticos son el elemento activo y dinámico.

A su vez, las relaciones oceanopolíticas, sin embargo, no solamente se sitúan en la esfera objetiva y empírica de los procesos políticos, diplomáticos y estratégicos, sino que también se manifiestan en un ámbito imaginario y cultural, es decir, en una dimensión simbólica: el de la conciencia marítima.

Pero, además, la reflexión oceanopolítica no surge de una simple teorización, sino que se enmarca en un contexto histórico internacional que le fija un derrotero intelectual característico.   La Oceanopolítica es una disciplina científica que se sustenta en un conjunto de constataciones empíricas de la realidad internacional.


Centros de gravedad
 y hegemonías oceánicas


 La conceptualización oceanopolítica supone que siempre existe alguna relación entre los actores políticos, y los Estados entre ellos, con los espacios marítimos y oceánicos.   Al analizarse la historia geográfica del mundo, desde esta perspectiva, es posible discernir la presencia de “potencias continentales”, es decir, naciones y Estados cuyo proceso económico, evolución histórica y cultura se han centrado principalmente en los espacios continentales y cuya política de poder se ha orientado a la expansión o consolidación de una determinada posición en los espacios terrestres.

 Por contraposición a las “potencias o actores políticos continentales”, habrían ciertos actores políticos cuyo comportamiento económico, evolución histórica y acervo cultural se habrían centrado principalmente en los espacios marítimos y oceánicos y que, correlativamente, han puesto en práctica –en determinados períodos de su historia- una política de poder orientada a la presencia, dominio, expansión o consolidación de una posición en los espacios marítimos y oceánicos.

Esta tendencia “marítima” o “terrestre-continental” que hayan seguido determinados actores políticos en su historia no constituye un determinante absoluto ni un “destino manifiesto”, sino que debe ser comprendida como una continuidad histórica y geográfica en las decisiones y en las acciones desplegadas por cada actor político, en virtud de una determinada voluntad y que es posible discernirla a través de largos períodos de su historia política y económica. ( ) 

 En esta dimensión no existen determinismos geográficos absolutos, lo que quiere decir que el hecho que un actor político de posición predominantemente terrestre o que no tenga costas, no significa que sea necesariamente una potencia continental, del mismo modo como la posesión de costas no significa automáticamente que sea una potencia marítima u oceánica.  No todas las naciones y Estados que tienen costas en el océano Pacífico han sido potencias marítimas u oceánicas, de manera que la condición de potencia marítima no depende exclusivamente de la posición geográfica.  Tampoco existe un determinismo geográfico en torno al océano Atlántico.

En efecto, otro de los postulados oceanopolíticos más importantes, parte de un cierto diagnóstico histórico y afirma que a lo largo de los casi veinte siglos de Historia occidental, ha existido un centro de gravedad oceánico, consistente en un determinado mar u océano en torno al cual se han articulado los poderes, economías, imperios y Estados dominantes en cada período.   Según esta concepción, desde la Antigüedad clásica y hasta el siglo XV, el centro marítimo del mundo habría estado en el mar Mediterraneo, y a partir del descubrimiento de América y de la apertura de nuevas rutas marítimas coloniales de conquista y comercio, dicho centro gravitacional se habría desplazado gradualmente al océano Atlántico.

Esta centralidad marítima del Atlántico se habría reforzado con la hegemonía británica durante el siglo XIX y  con el predominio naval de los Estados Unidos durante el siglo XX.

Un corolario natural de ésta teoría afirma que, como consecuencia de los crecientes intercambios entre las potencias mayores del Pacífico, el siglo XXI se presentaría como la época en que dicho océano se convertirá en el centro de gravedad marítima del mundo.

Es necesario subrayar a este respecto, que a pocos años de iniciado el siglo XXI, el océano Atlántico continúa manteniendo las rutas marítimas estratégicas que unen a EE.UU. con Europa occidental, y a ésta con Japón, muy en especial aquellas que aseguran los suministros energéticos principales desde el Medio Oriente y el Golfo Pérsico.

Al mismo tiempo, las alianzas políticas y estratégicas fundamentales que unen a los EE.UU.  y Norteamérica con Europa occidental, continúan sustentándose en una doctrina estratégica y militar atlántica,  basada en intereses políticos y de seguridad comunes y compartidos.

Puede afirmarse, en consecuencia, que mientras persistan éstos hechos de relevancia fundamental y dominante, el Atlántico continuará siendo un centro marítimo de importancia mundial.  A su vez, para que el Pacífico se convierta en el océano principal del sistema- planeta sería necesario que se configure en torno a él, una comunidad política, económica y estratégica basada en amplios intereses y objetivos comunes y compartidos, diseño que integre los distintos grupos de naciones y Estados, con su enorme diversidad cultural e histórica.  Eso está aún lejos de ocurrir, no obstante que ya se han perfilado algunos esfuerzos de cooperación e integración.

A partir del actual juego dinámico de las potencias globales y de los principales  Estados- pivotes presentes en torno al Pacífico, se argumenta que en un futuro previsible en la primera mitad del siglo XXI, los roles dominantes todavía estarán repartidos entre Japón, China Popular, Estados Unidos y Rusia, como actores fundamentales, mientras que Australia,  Nueva Zelandia y otras naciones asiáticas y latinoamericanas pugnarán crecientemente por intervenir en la escena marítima y política de la región.

  Además, esta interpretación de la geografía política de los mares, debe situarse en una perspectiva teórica mayor, que propone una visión distinta de los  océanos y continentes en su relación dinámica.  La Oceanopolítica funda  también algunos de sus orígenes intelectuales, en un cierto análisis geográfico del planeta, que postula que éste presenta una desigualdad básica entre un Hemisferio Norte dominado por grandes masas continentales, y un Hemisferio Sur dominado por las grandes masas oceánicas.

Analicemos ésta teoría.  La desigual distribución de continentes y océanos resulta de una simple constatación física, a la que debe agregarse el hecho de que más del 60% de la superficie total del globo terráqueo está cubierta por mares y océanos.

Ahora bien, ¿qué significado tiene el predominio oceánico del Hemisferio Sur?  ¿qué  consecuencias podrían deducirse de éste factor geo-morfológico?

En este punto, hay que despejar de inmediato y una vez más toda inclinación determinista.  El predominio cuantitativo de las masas oceánicas respecto de los continentes en el Hemisferio sur del mundo, no implica necesariamente ningún destino marítimo manifiesto, ni supone automáticamente la potencia marítima de los Estados costeros.

En efecto, la sola constatación de la distribución histórica de las hegemonías marítimas desde el siglo XV en adelante, pone de manifiesto un hecho básico, según el cual la totalidad de las potencias marítimas y navales que han ejercido algún grado de predominio a escala regional o mundial, se encuentran ubicadas en el Hemisferio Norte del planeta: Venecia, el Imperio Otomano, la Liga Hanseática, Portugal, las Provincias Unidas, Francia, España, Inglaterra (en Europa), o la China continental (en el Extremo oriente), la exURSS, Rusia o los Estados Unidos en Norteamérica.

La sola posición marítima de un Estado, (que en términos oceanopolíticos se define como la posición oceanopolítica relativa) no constituye una condición suficiente para crear la potencia marítima o naval, y ello es particularmente evidente en el caso de las naciones ubicadas en el Hemisferio sur del mundo, puesto que la potencia marítima y naval constituye el resultado histórico de un largo proceso en el tiempo, durante el cual confluyen diversos factores políticos, culturales, económicos y estratégicos.


El paradigma de la globalización
en un escenario de fragmentación


El nuevo escenario internacional al cual asistimos desde fines del siglo XX -y que muy probablemente se prolongará durante los primeros decenios del siglo XXI- podría caracterizarse por los siguientes rasgos distintivos:

a) el término de la bipolaridad Este-Oeste ha dado paso a un escenario geopolítico global unipolar, caracterizado por una incontrastable hegemonía militar y estratégica de los Estados Unidos;
b) el escenario unipolar se acompaña con una situación de redistribución de las hegemonías, al interior de los bloques continentales;
c) el conjunto del escenario geopolítico internacional se caracteriza por la incertidumbre, motivada por la multiplicación y complejización de los factores polemológicos y de conflictos, y por la reaparición de viejas rivalidades, tensiones y amenazas; y
d) las motivaciones fundamentales de los conflictos han vuelto a su cauce económico y tecnológico: a las guerras por los recursos, se suman las guerras de la información.

Cuando se observa el sistema internacional desde una perspectiva macroscópica, debe reconocerse que aparece globalmente dominado y tensionado por dos tendencias interdependientes que se interpenetran, las que pueden ser comprendidas también como manifestaciones de grandes ciclos históricos en una u otra dirección.   Estas tendencias, además, operan en la forma de tendencias profundas, es decir, como complejos movimientos de larga duración, como conjuntos de procesos cuya ocurrencia y persistencia en el pasado y en el presente, permite pronosticar su continuidad en un futuro plausible.

Por un lado, funciona objetivamente una tendencia centrípeta caracterizada por una corriente y un período de tiempo que apunta hacia la concentración, unificación o agrupamiento  de los actores internacionales, en torno a formas de estructuración u organización, lo que genera un escenario internacional dominado por unos pocos grandes actores fuertes y cohesionados.  Por otro lado, funciona también una tendencia centrífuga que consiste en una corriente y un lapso de tiempo que apunta hacia la dispersión, disgregación y la separación de los actores internacionales, debilitando de paso las organizaciones e instituciones internacionales existentes, lo que da origen a un sistema internacional caracterizado por la presencia de diversos escenarios y arenas donde predomina una gran diversidad y complejidad de actores y dinámicas.

El sistema internacional contemporáneo puede ser leído y comprendido también, sobre la base de la lógica que subyace en las tendencias a la globalización y la fragmentación del sistema.

Desde una perspectiva teórica, la globalización no puede ser entendida solamente como una ideología que subyace al establecimiento de numerosas formas de relación entre los Estados y los demás actores internacionales, sino también debe ser comprendida como una compleja serie de redes de relaciones de interdependencia y de hegemonía que atraviesan las dimensiones económicas, comunicacionales, culturales, políticas y estratégicas, redes que solo tienden a reproducir ahora a escala planetaria las asimetrías en las ecuaciones de poder que existían antes del advenimiento de la globalización.

Desde una perspectiva realista, la globalización puede ser comprendida a la vez, como una tendencia objetiva de las Relaciones Internacionales, y  como un discurso sobre sí misma.

A la tendencia globalizadora, que pretende imponerse en la esfera internacional, se acompaña una tendencia hacia la dispersión y hacia la fragmentación de los antiguos bloques bi-polares tradicionales.    Esta tendencia hacia la fragmentación se manifiesta tanto en la formación de bloques continentales, regionales y sub-regionales de Estados y de economías nacionales, dando forma a un nuevo ordenamiento mundial determinado por razones geo-económicas, como en la evidente emergencia de tendencias separatistas, regionalistas y localistas en todo el mundo, en nombre de identidades étnicas, religiosas y culturales que se oponen  a la globalización y sus efectos culturales disolventes.

La globalización surge y se manifiesta como el proceso de crecimiento y autonomización de la economía mundial respecto de la esfera política.  Ella está determinada por la transnacionalización del capital y de la información, por la deslocalización y la flexibilización de los procesos productivos, por la desregulación de los mercados y los intercambios.

Aún así, la globalización no puede ser reducida a una simple configuración tecno-económica ni a una cierta articulación geopolítica (representada por la expansión mundial del sistema liberal).  Ella implica también la extensión y mercantilización de cada vez más esferas sociales, dando origen a procesos de desconstrucción social, de agravación y ptofundización de las desigualdades culturales y sociales y de ubicuidad de los conflictos.

Al desaparecer los límites sistémicos entre lo nacional y lo internacional, entre lo público y lo privado, entre lo civil y lo militar, entre lo político-jurídico y lo ideológico, la globalización en su práctica concreta y no obstante su retórica benefactora, vuelve caducos los instrumentos tradicionales de intervención social intra-fronteras ( ) y las herramientas más sofisticadas del derecho internacional como la no ingerencia, dando forma a “zonas grises” de no-poder y no-derecho. ( )

La globalización es al mismo tiempo, una tendencia profunda del desarrollo económico y político mundial, es decir, una oportunidad, y una perspectiva de incertidumbre que desafía las mentalidades, las conciencias y las visiones tradicionales.   Si se la analiza desde la óptica del cambio, ella puede producir una sensación de umbral –en el sentido de que contiene dinámicas tecnológicas y económicas transformadoras- pero al mismo tiempo puede provocar numerosos rechazos y cuestionamientos, en la medida en que se la percibe como el vehículo más eficiente de vinculación imperial de las economías subdesarrolladas y dependientes a un proyecto de dominación mundial.


Un escenario de hegemonía unipolar


 En este tópico, el realismo debe primar sobre toda otra consideración ideológica. 

 A partir de 1990, la postura geopolítica y estratégica global de Estados Unidos asume e integra plenamente en sus estimaciones políticas y militares, que están situados en una posición de liderazgo y que disponen de la capacidad para proyectar su poder a cualquier punto del planeta.  El progresivo involucramiento de Estados Unidos en guerras y conflictos fuera del continente americano, es una tendencia evidente desde 1980 en adelante.   

Prácticamente, en lo que va corrido desde 1990 en adelante, Estados Unidos nunca ha dejado de estar en guerra con algún país o en algún país del mundo.

 Estados Unidos es la única potencia global del planeta: tienen conciencia de ello, tienen los medios y están dispuestos a ponerlos en juego cada vez que sus intereses nacionales y de seguridad los perciban de algún modo amenazados, y esos intereses de seguridad abarcan prácticamente la totalidad del mundo.

 Pero además, este escenario unipolar está caracterizado por una evidente mutación en las motivaciones y factores polemológicos: mientras las guerras y los conflictos entre 1945 y 1990 estaban motivados por razones principalmente ideológicas y de hegemonía política (aún cuando las motivaciones e intereses profundos hayan sido otros), en el presente y en el futuro previsible, los conflictos se originan en intereses económicos, en la lucha por el control de recursos energéticos escasos y/o estratégicos, en factores culturales, entre otros.  ( ) 

Las guerras del futuro serán previsiblemente, conflictos por el control, posesión y/o dominio de determinados recursos naturales escasos: agua, petróleo, gas, uranio... y no solamente explicables por diferencias culturales, étnicas o religiosas.

 En un escenario unipolar como el presente, aún cuando la potencia global dominante ejerce ampliamente una hegemonía militar y estratégica incontrastable, no es totalmente invulnerable a los ataques de los nuevos enemigos ni puede ejercer plenamente tal dominación sin la adhesión política y el respaldo económico de otros Estados aliados. 

Al mismo tiempo, la rivalidad esencial que se encuentra en el conflicto de intereses a escala global es geo-económica y también geo-cultural: el acceso, dominio y/o control sobre los recursos energéticos, sobre las materias primas, por un lado; el predominio en las ideas, las creencias y los paradigmas, por el otro.


Redistribución de las hegemonías


 La rivalidad y los intereses geo-económicos, así como la rivalidad geo-cultural, generan en este nuevo escenario, una redistribución de las hegemonías. 

 La lucha por las hegemonías y los ejes de quiebre y ruptura en el mundo se están desplegando ahora a escala planetaria y continental, en los planos de la economía y los mercados, de las tecnologías, y de las ideas, las identidades y el conocimiento.

Desde una perspectiva espacial, las hegemonías se redistribuyen actualmente a escala planetaria y a escala continental: la formación creciente de bloques continentales de orden económico, es precisamente un rasgo característico de esta nueva época. 

Las potencias intermedias y las potencias mundiales, aceleran sus esfuerzos políticos y diplomáticos por articular en torno suyo a ejes de Estados y potencias regionales que se unifican tras ciertos intereses económicos comunes y compartidos a fin de intervenir en la competencia global, en los procesos de globalización y para generar ciertos equilibrios relativos en la arena económica, frente a la hegemonía global: Asia se articula en torno a China y Japón; Europa se articula en torno a Alemania y Francia; América Latina se articula en torno a Brasil y México.

Es en este contexto de redistribución de las hegemonías en el que sitúa la formación del foro de cooperación económica Asia Pacífico.


Incertidumbre,
multiplicación de los conflictos
 y complejización de la amenaza


 El fin de la guerra fría había prometido un mundo pacífico y se había anunciado el advenimiento de un nuevo orden mundial.  Sin embargo, las guerras no han desaparecido: solo han cambiado las dimensiones de la amenaza y se han multiplicado los factores polemológicos.  

Muy frecuentemente la amenaza militar no es ya predominante, aunque los riesgos han adoptado nuevas dimensiones, entre las que cabe señalar la desconfianza y fricción históricas entre grupos étnicos, religiosos o nacionales, en nacionalismo agresivo, el desmoronamiento social y las incertidumbres que suscitan las reformas económicas en profundidad, los movimientos migratorios ilegales, el tráfico de drogas y la delincuencia organizada, y las amenazas medioambientales y ecológicas derivadas de años de explotación de recursos naturales e industrialización descontrolada.  

Estos nuevos desafíos, sin embargo, tienen algo en común: el hecho de no respetar las fronteras entre países. La seguridad es hoy más indivisible que nunca. Las consecuencias de los riesgos que se le plantean a la seguridad no pueden circunscribirse a un país, como tampoco existe una única organización que sea capaz de abordar todos los aspectos de la seguridad o los problemas de seguridad de cada uno de los Estados al mismo nivel.


EL PACIFICO COMO FUTURO CENTRO DEL MUNDO:
¿MITO O REALIDAD?

 

 El océano Pacífico ha sido percibido geopolíticamente en el pasado como una extensión marítima demasiado enorme, diversa y hasta excéntrica respecto de los centros de poder mundiales, como para tener alguna influencia en los asuntos internacionales.

¿Qué espacio es realmente la Cuenca del Pacífico?.

El Océano Pacífico es la masa de agua más grande del mundo, ocupando la tercera parte de la superficie de la Tierra. Se extiende aproximadamente 15.000 km desde el Mar de Bering en el Ártico por el norte, hasta los márgenes congelados del Mar de Ross en la Antártica por el sur. Alcanza su mayor ancho (del orden de 19.800 km), a aproximadamente 5 grados de latitud norte, extendiéndose desde Indonesia hasta la costa de Colombia. El límite occidental del océano ha sido definido a menudo en el Estrecho de Malaca.

El Pacífico contiene aproximadamente 25.000 islas (más que todos los demás océanos del mundo combinados), casi todas las cuales están ubicadas al sur del línea del Ecuador. El Pacífico cubre un área de 179.7 millones de km²   En una primera aproximación, el océano Pacífico constituye un espacio geográfico que cubre más de la mitad del globo y se expresa en un borde terrestre litoral encerrando un espacio oceánico. Este borde litoral, a su vez es la puerta de entrada y salida a la más grande superficie terrestre continental del mundo. Son estas características las que le otorgan un peso decisivo en la economía mundial ya que en esta enorme superficie, se concentra sobre el 50% de la población total del mundo, constituyendo un gigantesco mercado consumidor y productor.   De este modo, el concepto de océano Pacífico o de cuenca del Pacífico hace referencia a dos realidades geográficas distintas pero interrelacionadas: el espacio oceánico y los territorios continentales e insulares que acceden directamente con costas a dicho espacio.

El conjunto de Estados y territorios que acceden al Pacífico agrupan a su vez, las culturas y razas más antiguas del planeta, con idiomas, economías y sistemas políticos de muy variadas y disímiles características, diversidad que impide considerarlas automáticamente como una unidad posible de construir en el corto plazo, difíciles de integrar en un solo escenario geopolítico y no muy fáciles de ser definidas en unas pocas visiones generalizadoras. Así, en más de los 40 países ribereños que se ubican en su cuenca, se reúnen aproximadamente el 47% del producto mundial bruto y se concentran alrededor del 37% de las exportaciones totales que se intercambian en el planeta.

Dadas las considerables extensiones que encierra el océano Pacifico, se hace necesario separarlas bajo un determinado criterio geográfico, lo que da origen a cuatro sectores de Estados cercanos geográficamente entre sí, a saber:  la Cuenca Americana, la Cuenca Asia Pacífico, la Cuenca Australia Pacífico y la Cuenca Polinésica u Oceánica.    Cada uno de estos segmentos oceánicos y continentales tiene su propia dinámica económica, política y cultural, y su propio ritmo de desarrollo y crecimiento.

El Océano Pacífico –considerado como espacio geoeconómico- encierra las mayores riquezas en cuanto a recursos marítimos del planeta, entre los que sobresalen los recursos pesqueros, los recursos energéticos y los minerales. Por otra parte, este océano es un componente ecológico-ambiental fundamental para el sistema-planeta y sus numerosas vías de comunicación aéreas y marítimas constituyen nervios vitales para el comercio y el funcionamiento de la economía mundial.  A su vez, sus enormes reservas de biomasa pueden ser fundamentales para asegurar la alimentación de la humanidad, siendo este factor de creciente atención por las grandes potencias que ven en esta biomasa fuentes de recursos alimenticios ricos en proteínas y de fácil obtención.


  Durante gran parte del siglo XX los analistas geopolíticos han subrayado la importancia del Atlántico como el océano clave en el desarrollo del capitalismo mundial y han puesto de relieve que la doctrina atlántica ha constituido la fórmula estratégica que ha permitido el predominio occidental en la confrontación con la Unión Soviética, y ha instalado la supremacía estadounidense en el nuevo orden global.

 Los geopolíticos “atlantistas” sin embargo, han encontrado competidores en el camino.  Así, cuando algunos analistas occidentales y estadounidenses han sugerido la hipótesis  que el centro de gravedad geográfico y marítimo del nuevo orden mundial se estaría desplazando desde el Atlántico al Pacífico.
Se ha tratado de presentar esta disputa intelectual como una confrontación entre “atlantistas” y “pacifistas”... Un hecho objetivo es que esta idea surgió de algunas empresas y conglomerados californianos durante los años setenta, quienes necesitaban  abrirse para sus inversiones y exportaciones los mercados asiáticos (Japón y China, entre otros), a fin de contrarrestar la tendencia a la unificación europea.

 La lógica subyacente en este concepto es la noción de que desde la conquista de América en el siglo XVI y hasta fines del siglo XX, el océano Atlántico ha sido el teatro marítimo donde se han decidido las principales guerras, donde han surgido los principales imperios marítimos y económicos y donde se han manifestado las tres hegemonías mundiales modernas: de Francia y España en los siglos XVI y XVII, de Gran Bretaña en el siglo XIX y de Estados Unidos en el siglo XX.

Esta idea tendría su corolario en que dicho predominio geo y oceanopolítico se estaría desplazando a la cuenca del Pacífico,  en la medida en que esta zona presenta un dinamismo económico y tecnológico que conduce a radicar en este espacio, los procesos políticos y geopolíticos fundamentales que decidirán el futuro del mundo durante el siglo XXI. Una tal teoría no puede menos que confortar y corresponderse coincidentemente con las finalidades geopolíticas de dominación de Estados Unidos. 

Visto el nuevo orden mundial desde la perspectiva oceánica del Pacífico, ni China con todo su dinamismo, ni Japón con su potencia financiera e industrial, ni Rusia con su enormidad territorial, parecen poder contrarrestar al presente el predominio y la influencia estadounidense, toda vez que la Unión Europea no es un actor relevante en este espacio. 

El océano Pacífico puede ser visto y comprendido entonces como un espacio privilegiado –aunque no todavía prioritario- donde los Estados Unidos pueden manifestar y concretar su voluntad de hegemonía económica y estratégica global con grados menores de oposición y de hecho, ya lo están haciendo.  Pero, al mismo tiempo, es un ámbito geopolítico donde se entrecruzan los intereses de varias potencias mundiales, no siempre coincidentes y con frecuencia antagónicos.

La situación de cada potencia en el océano Pacífico, además, está fuertemente determinada por el momento en que cada una de ellas “llegó hasta el Pacífico”, es decir, cuando tuvo los medios y la voluntad política suficiente para ejecutar una política oceánica coherente.

Así, por ejemplo, la posición de Rusia en el sistema del Pacífico es gravitante a partir de la segunda mitad del siglo XX, como se puede apreciar, pero está relacionada con el momento tardío en que ese país se interesa geopolíticamente por el Pacífico, a fines del siglo XIX y en los inicios del siglo XX.
Desde 1975 en adelante (el término formal de la guerra de Vietnam) y hasta el presente, el océano Pacífico ha sido un vasto espacio de tranquilidad, en la que no obstante la persistencia de puntos neurálgicos de inestabilidad, no han habido conflictos bélicos mayores: es una zona de paz relativa.

 

El proyecto geopolítico de la APEC

 

El Asia Pacífico constituye una representación geográfica y geopolítica difícil de precisar.  Se trata de un vasto espacio geográfico que cubre alrededor de 170 millones de kilómetros cuadrados, producto de una delimitación arbitraria directamente relacionada con los complejos intereses que mueven a los países rivereños de la cuenca y que reúne a una extrema diversidad de áreas o conjuntos geopolíticos y de culturas diversas.
 En torno al Pacífico se reúnen una super-potencia global (Estados Unidos), varias potencias mundiales (como China y Japón), diversas sub-potencias regionales o potencias intermedias (Australia...), algunas naciones en vías de desarrollo (como las de la costa centroamericana y sudamericana y del sudeste asiático), y los nuevos países industrializados (como Taiwán, HongKong, Corea del Sur, Tailandia...) e incluso una multitud  de sociedades o comunidades tradicionales (como numerosas islas oceánicas).

 A su vez, la diversidad geo-cultural es también extremadamente variada y compleja: en torno al Pacífico se integran culturas anglosajonas, orientales (china y japonesa, tailandesa y vietnamita), culturas de predominio islámico (Indonesia), latinoamericanas y centroamericanas, y la enorme diversidad de culturas insulares oceánicas o polinésicas.

El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) nace en el año 1989 en respuesta a la creciente interdependencia de las economías del Asia Pacifico.

Desde una perspectiva geopolítica, entendemos que el foro APEC es una iniciativa regional de integración al sistema económico global, adoptado como parte de una estrategia estadounidense y occidental a fin de normalizar la globalización, de manera de racionalizar los mercados actualmente demasiado fragmentados por las barreras aduaneras y las interferencias mafiosas, como para que resulten plenamente atractivos a los inversores.

Comenzó inicialmente como un  informal diálogo grupal entre distintas economías capitalistas, en los momentos en que hacía crisis el esquema bipolar, para transformarse en la actualidad en uno de los instrumentos regionales para promover el comercio abierto y la cooperación entre economías. Su propósito declarado es impulsar el dinamismo económico y el sentido de comunidad de la región Asia Pacífico, aunque las materias de seguridad, de defensa del libre mercado, de promoción del libre comercio e inversión, la cooperación tecnológica y el intercambio de experiencias empresariales también  integran su agenda.

Pero también el foro APEC forma parte de la lógica ideológica del capitalismo globalizador, como lo demuestra su declaración de octubre del 2001, en una reunión de altos líderes del conglomerado donde no obstante haber sido convocada para tratar algunas cuestiones económicas “...ha estado dominada por la reacción contra el terrorismo, marcando una nueva incursión del Foro en materia de seguridad geopolítica.  La cooperación técnica para combatir el financiamiento del  terrorismo y el refuerzo de los niveles de seguridad en el transporte han sido sus principales resultados.” ( )
En otros términos, las preocupaciones de la globalización capitalista -que son en definitiva las preocupaciones geopolíticas y económicas de la potencia global estadounidense- se han traducido en una estrecha vinculación del foro APEC dentro de la arquitectura global de dominación estratégica o info-dominación que se encuentra actualmente en proceso de instalación. ( )

En 1994, el foro Asia Pacífico definió como una de sus grandes metas, “...el logro del libre comercio e inversión en el Asia Pacífico en el 2010 para las economías industrializadas y en el 2020 para las economías en desarrollo...” ( ).  La meta del libre comercio que se ha fijado a sí mismo el foro APEC intenta articular a esta entidad transnacional con el resto de la arquitectura capitalista de dominación económica hoy funcionando: “...en conexión con el Banco Mundial, el Banco Asiático de Desarrollo, el Banco Interamericano de Desarrollo, el secretariado de la Organización Mundial de Comercio y otras organizaciones, APEC y sus miembros están tratando de fortalecer sus capacidades y confianzas a través de una serie de proyectos que apuntan a extender el libre comercio...” ( )   El paradigma del libre mercado y de la libertad de comercio e inversión, uno de los argumentos centrales de la globalización económica auspiciada por Estados Unidos, es un tópico crítico en la fundamentación de la APEC.
Esta entidad reconoce sin embargo, que el libre comercio propiciado por las potencias capitalistas dominantes del sistema, no ha beneficiado a todos por igual: “El fortalecimiento de las capacidades y de la confianza entre los miembros menos desarrollados no ha sido históricamente una prioridad de la Organización Mundial de Comercio.  Sin embargo, hay evidencia de que en la percepción popular los países más pobres, las pequeñas empresas, los trabajadores menos expertos, los individuos menos educados, las mujeres y los jóvenes no han recibido los beneficios de la liberalización del comercio y la globalización...” ( )

Por lo tanto, según este punto de vista institucional de la APEC, el libre comercio “...es un modelo que debería ser replicado en todas partes...” ya que sus beneficios pueden cuantificarse en enormes utilidades.  Así, siempre según las publicaciones oficiales de la APEC, “...la liberalización del comercio multilateral implica una reducción global de los impuestos para todos los consumidores y exportadores y un motor para el crecimiento.”  El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han calculado “...que los beneficios ganados en  bienestar global mediante la eliminación de las barreras al comercio de mercancías pueden llegar a un rango entre 250 a 550 billones de dólares por año.  Otro estudio estima que las ganancias por remover las barreras al libre comercio pueden llegar a 1.900 trillones de dólares.” ( )

En la actualidad, el mecanismo denominado APEC cuenta con 21 miembros - llamados "economías miembros" - que en conjunto representan más de 2,500 millones de personas, un PIB total de 19 billones de dólares, y que operan entre sí el 47% del comercio mundial. 

El foro APEC dice representar a la región de mayor dinamismo económico del mundo, y que en sus primeros 10 años de existencia ha generado aproximadamente el 70% del crecimiento económico global.   Pero, la suma matemática de las economías así presentadas, constituye una arbitrariedad estadística: en realidad, es necesario reconocer que  no existe una comunidad política, una identidad o pertenencia cultural y ni siquiera una integración económica entre las naciones del Pacífico.   ( )

Por eso, la gran interrogante que persiste es si existe realmente una comunidad del Pacífico, o solo estamos en presencia de una iniciativa de integración y normalización de las economías asiáticas, oceánicas y latinoamericanas, dentro de un orden globalizado y pre-establecido bajo la hegemonía estadounidense.  La puesta en marcha del mecanismo STAR (Secure Trade in the APEC Region), constituye un enfoque que asocia al comercio intra-Pacífico con los requerimientos de seguridad, incluyendo formas de cooperación naval, y cuyo objetivo involucra a todos los países del sistema APEC en “...garantizar la seguridad y la eficiencia de los flujos financieros, comerciales y de información en la zona del Asia-Pacífico.”   ¿La seguridad es una función de la economía o la economía es una función de la seguridad?

A lo menos dos visiones geopolíticas y geoeconómicas parecen encontrarse en el seno de la APEC: por un lado, algunas potencias asiáticas como Japón y China, Malasia y Tailandia, que se oponen a convertirla en una mera zona de libre comercio, porque ello implicaría desmantelar las reglas económicas de un Estado nacional que ejerce un rol planificador e impulsor de sus respectivas economías; y por el otro, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelandia, que desean transformarla en un gran acuerdo de libre comercio trans-Pacífico, incluyendo normas de seguridad económica.  

Se trata de dos visiones que oponen dos tipos estructurales de economía, y que reflejan también dos lecturas divergentes respecto de la posición de cada economía en el desarrollo continental y mundial: mientras los Estados Unidos perciben a las naciones asiáticas como mercados de alto interés para su industria globalizada, muchas  naciones asiáticas perciben su desarrollo como dependiendo de una industria nacional fuerte, moderna y basada en el consumo nacional y solo adicionalmente en la exportación y conquista de mercados foráneos.

La asimetría fundamental que separa a las economías que acceden al nuevo orden político y económico en vías de implantarse, continúa siendo la diferencia entre un grupo de potencias económicas, industriales y tecnológicas, que disponen además de la hegemonía financiera (además de otros instrumentos del poder internacional) y el grupo de economías dependientes centradas en la producción y exportación de materias primas y recursos naturales.

¿Cómo se construye la igualdad y la cooperación, entre dos órdenes de actores políticos y económicos internacionales, separados por una abrumadora diferencia tecnológica, económica, industrial y financiera?  ¿Cómo se construye la simetría en una estructura económica marcada estructuralmente por la asimetría?

En un contexto de globalización de los intercambios, el foro APEC se nos aparece como un mecanismo internacional ad-hoc para reproducir, cristalizar y mantener  en la zona del Pacífico las asimetrías existentes, las desigualdades entre las potencias dominantes y las naciones dependientes, o dicho en términos económicos, entre un conjunto de potencias económicas e industriales hegemónicas y otro conjunto de naciones exportadoras de materias primas, que se encuentran en esta área del mundo.

 

La geopolítica del Pacífico  vista desde el Oriente asiático
 

¿Quién dijo que la dominación global de Estados Unidos es unánimemente aceptada y reconocida en Asia y en la cuenca del Pacífico?

Todo enfoque geopolítico contiene una lectura y está impregnado de los intereses de poder de la nación o la potencia desde donde se “hace geopolítica”.   La particular visión globalizadora propia de los occidentales y de los Estados Unidos frente a la condición económica, política y estratégica del espacio geopolítico del Pacífico, encuentra su contraparte en las lecturas geopolíticas que los propios asiáticos hacen de tal condición.  Al conocer los trabajos de algunos geopolíticos asiáticos, se percibe claramente cuán occidental, unilateral, elitista y hasta americano-céntrica es la globalización que pretende imponer la potencia estadounidense.

De hecho, las lecturas geopolíticas que hacen los especialistas filipinos, chinos, taiwaneses, australianos o japoneses, aportan una visión mucho más amplia, rica y compleja respecto del presente y el futuro del océano Pacífico: es entonces cuando se comprende la unilateralidad hegemónica que contiene el proyecto globalizador de los Estados Unidos.

Veamos algunos ejemplos.

Desde la perspectiva china, una de las diferencias mayores entre la geopolítica estadounidense y la geopolítica china en el océano Pacífico, reside en la voluntad hegemónica global.  Así, “...en comparación con la geopolítica occidental expansionista, la geopolítica china es meramente defensiva.  La geopolítica de Occidente, abogando por el control del continente eurásico –considerado como el área pivote del mundo- está en el primer lugar de los intereses de la hegemonía mundial anglo-sajona, tanto como el ‘lebensraum’ de Hitler y su Tercer Reich.”   

Desde esta perspectiva oriental, el propósito que compromete a Estados Unidos es “establecer un marco de relaciones con las potencias euroasiáticas, de manera de prevenir la emergencia de un poder eurásico dominante y antagónico, lo que continúa siendo central para la capacidad estadounidense de ejercer la primacía global.” ( )

China se percibe geopolíticamente como una potencia continental, y su preocupación por el problema del poder “euroasiático” así lo refleja.
Según esta lectura geopolítica, China percibe a Estados Unidos en el Pacífico y en el resto del sistema-planeta, como una potencia con una voluntad de dominación y hegemonía global, que se contrapone a la posición de China en Asia.  Se trata de dos visiones completamente divergentes, ya que mientras “...la geopolítica occidental subraya y prefiere el globalismo, los chinos optamos por el regionalismo...” ( ).  Y define la postura geopolítica china en los siguientes términos: “China, mientras tanto, no persigue el objetivo de controlar áreas pivotes ni el de alcanzar una importancia geoestratégica que le permita dominar el mundo.  Desde el siglo XVI, aún con la sucesiva expansión de las potencias mundiales hasta llegar al siglo XXI, China no es expansiva sino defensiva en su geopolítica, puesto que ha manifestado repetidamente que no tiene reclamos hegemónicos no obstante su fortaleza.” ( )

Según este enfoque, los objetivos geopolíticos de China se centran en el Asia: “Según su especial geografía, propia de los antiguos tiempos pre-científicos, China estaba confinada a su posición y su periferia.  Ahora sin embargo, China es solo una gran potencia con influencia mundial y sus puntos de vista geopolíticos primarios y de influencia la vinculan a la región Asia-Pacífico.  China puede crecer en sus intereses y preocupaciones, pero difícilmente podría imaginarse que China vaya a cruzar sobre Europa, Africa o América Latina como para construir cosas tales como ‘esferas de influencia’ o cabezas de puente.” ( ) 

China en este contexto, se comienza a reconocer una potencia mundial y ello explica el surgimiento de una creciente corriente intelectual de reflexión geopolítica ( ), a través de la cual esa potencia se reconoce un lugar en el mundo y en el espacio del Pacífico.   Según la perspectiva geopolítica antes citada, China no percibe al océano Pacífico como un espacio de expansión, o de hegemonía o como “esfera de influencia” ni propia ni ajena. “China no pretende copiar ni seguir el patrón de la geopolítica occidental, ya que no pretende la expansión.  China persigue preservar su propia seguridad, la paz, la estabilidad y el desarrollo, del mismo modo como persistimos en la independencia, la coexistencia pacífica, en la fraternidad entre naciones distantes y en la manutención de relaciones de buena vecindad con las naciones vecinas, sin reclamar hegemonías ni menos sometida a ninguna otra geoestrategia foránea.   China toma en cuenta suficiente y seriamente los factores geográficos y la interacción entre la política nacional e internacional y ello le permite garantizar su propia seguridad y desarrollo.” ( )  

El enfoque geopolítico que se trasluce desde Oriente difiere de la perspectiva occidental, anglo-sajona o estadounidense, demasiado centrada en la dominación hegemónica y la dominación territorial. 

Los chinos reconocen que “...los factores económicos y tecnológicos son más prominentes.  Con el desarrollo de la ciencia y de la tecnología, la ventaja high-tech puede reforzar las ventajas geopolíticas y provocar también desventajas geopolíticas.  Así también, la seguridad económica desafía la geopolítica tradicional que se centra en las alianzas militares y las ideologías...” ( )

En consecuencia, argumentan los chinos, el cambio del escenario hegemónico a escala planetaria, estaría sucediendo desde el Atlántico al Pacífico, pero en otros términos: “...el balance geopolítico mundial está inclinándose desde Occidente, liderado por los Estados Unidos, hacia China cuyo surgimiento es de una importancia evidente.   El fin de la guerra fría significó la disolución de la Unión Soviética, la unificación de las Alemanias, la apertura de Europa del Este al Oeste y la crisis de los Balcanes, lo que ha transformado el mapa geopolítico del mundo. Como resultado, el Atlántico aunque mantiene su importancia geopolítica, comienza ha ser desplazado en la gravitación geopolítica mundial, por el Asia Pacífico y por naciones no-occidentales.  Al mismo tiempo, al nivel del Asia Pacífico, la gravitación geopolítica del Asia Pacífico se está desplazando desde las áreas marítimas hacia el heartland, especialmente hacia el continente chino.”  ( )

Hay varios conceptos geopolíticos de interés en este análisis chino. Por lo pronto, resalta la noción de que el gradual desplazamiento de la hegemonía oceánica desde el Atlántico hacia el Pacífico (hipótesis que, por lo demás, necesita ser confirmada empíricamente), se esta acompañando de una gradual declinación de la hegemonía occidental en beneficio de potencias no occidentales, lo que quiere decir de potencias asiáticas u orientales. El solo hecho que este planteamiento aparezca en las elaboraciones geopolíticas chinas, indicaría que esta idea es parte de los análisis que alimentan sus procesos políticos, económicos y estratégicos de decisión.

Una segunda idea resulta aún más sugestiva.   Al proponer el autor citado que la gravitación geopolítica del Asia Pacífico se está desplazando desde las áreas marítimas hacia el heartland, indica que se está asumiendo la teoría geopolítica clásica de MacKinder del llamado heartland terrestre opuesto al rimland marítimo ( ).  Esto implica que China asumiría una “geopolítica continentalista” y se reconocería como una potencia de predominio terrestre, al mismo tiempo que percibe que las principales potencias marítimas, irían camino de la declinación.   ( )

 En síntesis, la perspectiva geopolítica china es divergente en tanto ese país se percibe como una potencia mundial emergente, pero centrada en su carácter de nación continental de Asia, y capaz de lograr su desarrollo y su presencia económica en el espacio del Pacífico  y, por lo pronto, se manifiesta menos dispuesta a aceptar el proyecto geopolítico de dominación occidental o estadounidense o la globalización.  

El rechazo chino a las geopolíticas expansionistas occidentales y en particular estadounidenses, proviene tanto de su vocación asiática o “asiático-céntrica”, como de su propósito de contraponer otra visión del orden mundial.
 
Como consecuencia de esta lectura, China concibe sus relaciones geopolíticas, desde la perspectiva asiática del Pacífico y sobre todo, desde el punto de vista de su seguridad respecto de las fronteras continentales con Rusia, con India y con los numerosos Estados del sudeste asiático.   Muy particularmente, la esfera geopolítica de China está concebida en términos de una relación con Japón que posibilite los intercambios y potencie sus mutuas ventajas.  ( )   La alianza chino-japonesa es una  hipótesis geo-económica aún hoy difícil y lejana, pero que no debe ser descartada.

Pero el punto de vista japonés es distinto, toda vez que es una perspectiva insular que da frente al Pacífico.

La visión geopolítica de Japón respecto del Pacífico, es a su vez, diferente y dice relación con la particular postura japonesa en el espacio oceánico del Pacífico, una postura de insularidad geopolítica que tiende a distanciarlo de los conflictos que atraviesan el orden mundial.

Japón es el único país del mundo asiático que logró relevar el desafío modernizador y aperturista procedente de Occidente y –desde la restauración Meiji de 1868- ha avanzado a pasos calculados hacia su configuración como una potencia industrial y tecnológica de primer orden. ( )

El estilo japonés de generar empresas y riquezas dependía y depende fuertemente de un Estado, cuyo rol protagónico e impulsor, lo ha llevado a convertirse en una herramienta geopolítica de la expansión empresarial japonesa en el mundo.   Un Japón desmilitarizado después de 1945 y dotado de nuevas instituciones democráticas, reorientaron sus energías, sus capacidades organizacionales, su cohesión nacional, cultural y demográfica y su disciplina social hacia objetivos económicos y comerciales.

 En este contexto, “...la seguridad de Japón depende en la hora actual, del mantenimiento a todo precio, de las libertad de intercambios...” de manera de compensar sus vulnerabilidades energéticas ( ): el 98% de los hidrocarburos, el 90% de los minerales y el 77% del carbón que consume Japón proviene de fuentes externas.  De esta constatación se desprende que lo esencial de la geopolítica japonesa radica en la preservación de las líneas marítimas de suministros: hacia Vancouver, Canadá, Los Angeles, Panamá, Sydney, y las rutas del sudeste hacia el Golfo Pérsico, el canal de Suez y Europa.

 La geopolítica japonesa es básicamente marítima o “maritimista”, en comparación con la lectura china, que se aferra a su posición continental.

 Esta perspectiva geopolítica marítima (podríamos decir “oceanopolítica”), se explica tanto por la importancia decisiva que tiene el comercio marítimo en el conjunto de la estructura de intercambios japoneses, como porque se reconoce como una potencia de tendencia marítima, cuya fachada oriental le abre los horizontes del océano Pacífico.

 La penetración comercial japonesa en los mercados occidentales y americanos, se debe tanto a la especificidad del desarrollo tecnológico alcanzado por la industria, como por la capacidad de la flota mercante nipona, para constituirse en un poderoso vector nacional de presencia económica en todo el mundo y en los principales océanos del planeta.

 Japón, además ha logrado generar el más poderoso flujo comercial marítimo dentro del espacio del Pacífico, hacia la costa occidental de Norteamérica (California y Canadá en particular).

 En sus percepciones de seguridad, Japón ha ido abandonando la noción de los tiempos de la guerra fría, que le hacían temer  una invasión a gran escala del territorio japonés.  Ahora, “...las nuevas amenazas determinan que el país debe fortalecer su capacidad de autodefensa como para responder a eventos como el terrorismo o un ataque con misiles...” ( ), en la medida en que la amenaza provendría ahora no solamente desde Estados sino desde organizaciones terroristas y actores no-estatales.   Así, “...resulta necesario fortalecer nuestra capacidad para ofrecer una respuesta objetiva a determinados ataques asimétricos provenientes del terrorismo internacional o de ataques con misiles, así como amenazas provenientes de organizaciones terroristas, otros actores no-estatales y actos ilegales.  Basados en la situación actual, en la que Japón no posee un sistema efectivo de defensa misilística, esta defensa mediante misiles balísticos constituye una materia importante y urgente en nuestra política de defensa.” ( )

 La interpretación geopolítica japonesa en consecuencia, se sitúa en un enfoque marítimo, que se corresponde con la posición económica y comercial ganada por Japón en el océano Pacifico, pero subrayando su condición de potencia asiática moderna e inserta en un mundo globalizado y sometido a nuevas amenazas.

 En el espacio geopolítico y geoeconómico del Pacífico, además, se hacen presente otras potencias, además de Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá: son Australia y Nueva Zelandia, los que representan el “eje occidental” del Pacífico. 

Así como China, Rusia, Japón y Corea, representan el “eje oriental” del Pacífico, en la medida en que se constituyen en un espacio geo-económico y cultural centrado y caracterizado por su condición asiático-oriental, Australia, Nueva Zelandia, Estados Unidos y Canadá representan el “eje occidental”, por su vinculación estratégica y geopolítica adscrita a los valores, a la estructura económica y a la forma de poder político del occidente capitalista.

 La posición geopolítica y oceanopolítica de Australia en el sistema del Pacifico, está determinada tanto por su pertenencia económica, política y cultural al “eje occidental”, por su posición geoestratégica de pivote entre el océano Pacifico y el océano Indico, como por su percepción de aislamiento en el hemisferio sur del planeta, por su debilidad demográfica, por su potencia industrial y económica y por su voluntad de convertirse en un actor relevante e influyente en este escenario.

 Australia se percibe a sí misma como una potencia clave en el Pacífico, como lo refleja este análisis del director de programas del Australian Strategic Policy Institute: “...nosotros también vigilamos hacia China, no solamente por sus tasas de crecimiento, sino también por su habilidad para hacer evolucionar sus instituciones políticas y para manejar sus desafíos internos...nosotros también observamos la estructura de relaciones que se da en el Asia Pacífico, entre las potencias mayores y las potencias intermedias, entre las cuales Australia es un actor clave.  La forma como se modelen las relaciones entre estos países (y entre estos Estados y China y Estados Unidos), van a determinar fuertemente el futuro, para que el 2025 se perciba como un ‘océano tormentoso’o una alternativa más benigna y esperanzadora.” ( )

 En una estimación prospectiva australiana realizada este año 2004, se considera que la zona Asia Pacífico está destinada a ser una zona de crecientes conflictos.  Partiendo de la premisa de que el orden  internacional, en algún momento, entre el presente y el año 2025, transitará desde un orden unipolar a un orden en el que otros Estados presionan por mayor influencia, “en el Asia Pacífico esta perspectiva constituye el potencial para crear serias tensiones.  Nosotros percibimos el creciente poder de China con la perspectiva de  generar fricciones entre Beijing y Washington.  En acuerdo con una más poderosa China, potencias mayores como India, Rusia y Japón y potencias intermedias como Australia, Indonesia y Corea del Sur pueden trabajar en una combinación de resistencia y acomodo, con vistas a proteger sus intereses.  Australia podría ciertamente ser el actor que proporcione a los Estados Unidos la seguridad militar en Asia Pacífico, pero también puede suceder que Washington prefiera dejar algunos problemas de segundo orden, como la seguridad en el Pacífico sur, a sus aliados.”  ( )

 En este contexto, los intereses de Australia en el foro APEC están orientados principalmente a abrir los mercados asiáticos (Japón es uno de sus principales mercados de exportación de materias primas)( )), a generar un espacio de libre comercio y a servir como trampolín de entrada al Asia continental para las corporaciones estadounidenses


REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
 Y DOCUMENTALES


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EL FORTALECIMIENTO DE UN EJE GEOPOLITICO ATLÁNTICO - Minuta de Análisis de Coyuntura Geopolítica

1.  La reciente incorporación de Venezuela como quinto miembro permanente del MERCOSUR, constituye un hecho de importancia geopolítica que necesitará de análisis más pormenorizados.  La inmediatez del suceso (el instrumento de adhesión fue firmado tan solo hace 24 horas en Caracas) no nos debe impedir de percibir, que estamos en presencia de un acontecimiento que podrá marcar el desarrollo de diversas tendencias geopolíticas en el futuro de América del Sur.

2.  Por lo pronto, podemos observar que con Venezuela dentro del Mercosur, se fortalece la tendencia presente y futura hacia la consolidación de lo que podríamos llamar un eje geopolítico atlántico en América del Sur: Venezuela, Brasil y Argentina como sus Estados pivotes centrales y Uruguay y Paraguay más Bolivia como sus Estados más dependientes.  El mecanismo de integración reúne ahora a más de 250 millones de habitantes, ocupa un área geográfica de 13 millones de kilómetros cuadrados y ostenta un Producto Interno Bruto de 1 billón de dólares.   El documento de adhesión de Venezuela a Mercosur, indica que a más tardar en cuatro años Venezuela deberá adoptar la "nomenclatura común" y el "arancel externo común".   Esto significa que la zona de libre comercio entre los cinco miembros del bloque entrará en vigencia entre los años 2010 y 2013, dependiendo del país. Los plazos más cortos se aplicarán a Brasil y Argentina y los más largos a Paraguay y Uruguay.  En el caso de los "productos sensibles" la zona de libre comercio se activará a partir del 2014.

3.  Este eje geopolítico atlántico tiene a lo menos dos dimensiones interdependientes: una de carácter geo-política y otra de carácter geo-económica.  La dimensión geo-política viene dada por la similitud ideológica general que parece atravesar a los actuales gobiernos de los Estados del sistema del Mercosur: una suerte de populismo social-demócrata con algunos acentos críticos a la política imperial de Estados Unidos.  Este aspecto no puede ser desconocido también, a la hora de analizar que dentro de los siguientes dos años (2006 y 2007) Brasil, Venezuela y Argentina -los Estados pivotes- renovarán a sus gobernantes, y ciertamente Lula, Kirchner y Chávez aparecen hoy como mandatarios que cuentan con relativamente altos niveles de adhesión y popularidad, por lo que si se reeligen estos tres gobernantes, la vía hacia la configuración de este eje atlántico tenderá a fortalecerse. 

A su vez, la dimensión geo-económica de este eje viene dada por el fuerte acento y la importancia crucial que adquiere en esta región del mundo la problemática energética.  Hasta el momento, los actores del sistema latinoamericano no han tendido a articularse en función de una dualidad "productores - consumidores", y precisamente la entrada de Venezuela a Mercosur, fortalece la posibilidad de que en su interior el negocio energético pueda ser resuelto por sus Estados integrantes en términos netamente más ventajosos que para aquellos Estados que no estén dentro de este consorcio.  Ahora, dentro de Mercosur estarán unidos y sentados en la misma mesa, el principal productor de petróleo del continente sudamericano (Venezuela) y el principal comprador y consumidor de petróleo de la región (Brasil).

4.  El factor boliviano introduce un elemento más en la nueva configuraciòn geopolítica que se diseña en América del Sur.  Es altamente presumible que la presencia de Chavez ahora en el foro central del Mercosur induzca la incorporación de Bolivia dentro del sistema, y el ingreso de Bolivia como miembro pleno del Mercosur generaría una apertura y expansión del eje geopolítico atlántico hacia un alicaído eje pacífico de esta región.

5.  La existencia de este eje geopolìtico altántico, pone de relieve además, la casi inexistencia de un eje geopolítico pacífico (imaginariamente constituido por Panama, Colombia, Ecuador, Peru y Chile), y deja de manifiesto que las premisas de la reflexión geopolítica desde las cuales se ha concebido la política exterior de Chile en los recientes dos gobiernos de la Concertación, se ha orientado centralmente hacia la configuración de instrumentos de libre comercio con naciones de otros continentes (Europa, Norteamérica y Asia) y ha colocado a Chile respecto de sus tres vecinos territoriales en una postura cercana al aislamiento geopolítico.  La mejor demostración de este acerto es que se ha avanzado infinitamente más en redactar y negociar tratados de libre comercio con las naciones asiáticas -satisfaciendo así las evidentes prioridades del poderoso lobby empresarial y exportador chileno- antes que en perfeccionar y profundizar los mecanismos de integración chileno-argentina o chileno-peruanas, mientras con ambos vecinos mantenemos contenciosos no resueltos (suministros de gas y fronteras marítimas).

Chile no puede vivir con los pies en el agua y con la mirada hacia el Pacífico,  mientras "a sus espaldas" se configura un poderoso esquema de integración respecto del cual apenas es un Estado asociado, pero donde arriesgaría quedar en cierto modo marginalizado si se suma Bolivia.

 

¿UN SATELITE PARA CHILE? ELEMENTOS PARA UN ANALISIS GEOPOLITICO

 

 

La prensa ha puesto  muy recientemente en el tapete de la actualidad, la eventual adquisición por el Estado de Chile de una plataforma satelital destinada a usos civiles y militares.   Ninguna consideración de orden político o económico, que por cierto son relevantes (incluso en un momento en que parecemos como país dudar qué hacer con esta lotería súbita que nos estamos ganando por un breve tiempo), nos debiera hacer perder de vista la importancia geopolítica y estratégica que una tal adquisición pudiera implicar para nuestro desarrollo futuro como nación.

 

Cinco son a nuestro juicio, entre otros, los criterios técnicos básicos que han de considerarse a la hora de determinar el tipo de satélite que Chile puede necesitar: versatilidad (en términos de la diversidad de usos que se le puede dar), precisión (en cuanto a la calidad y exactitud de la información que proporciona), maniobrabilidad (en cuanto a su despliegue respecto del territorio nacional), autonomía (en cuanto al control y gestión de su utilización y mantenimiento) y disponibilidad (en cuanto al tiempo de su uso).   Una plataforma satelital propiamente chilena, debiera entonces permitir que no solo tenga usos civiles y militares evidentemente necesarios cada uno de ellos en su ámbito, sino que esos usos debieran ser intercambiables entre sí, habida consideración del rango de flexibilidad que requiere su uso y de la naturaleza fluída e incierta del entorno internacional en el que estamos insertos.  

 

Pero lo esencial aquí toca a una cuestión de soberanía nacional, incluso de soberanía nacional en un contexto de globalización  y mundialización crecientes: si Chile dispone hoy de los recursos financieros, técnicos y de capital humano suficientes y necesarios para disponer de un satélite propio, entonces este país debiera avanzar en su infraestructura hacia uno y eventualmente varios aparatos en el futuro.   Chile como Estado cuya posición geográfica extrovertida respecto de los grandes centros mundiales de la información y del poder, lo coloca en una situación de creciente interdependencia, puede y debe disponer de un satélite que le permita profundizar en el conocimiento de su propio territorio en vistas de sus perspectivas de desarrollo futuro.   La extensión, diversidad y accesibilidad del territorio nacional (no solo continental e insular, sino también oceánico y antártico), nos impone como nación un conjunto de desafíos geopolíticos y geoestratégicos que deben ser tomados en cuenta y sopesados por la autoridad política encargada de decidir: para una nación bioceánica y tricontinental como Chile, cuyos vértices territoriales alcanzan desde isla de Pascua a los territorios antárticos, desde el desierto nortino al Cabo de Hornos y el mar de Drake, desde la línea cordillerana hasta un extenso litoral y la profundidades del Pacífico, y que presenta un conjunto de fortalezas económicas y debilidades demográficas en términos de fronteras interiores y de fragilidades energéticas por sus fuentes y líneas de suministro, una plataforma satelital (y porqué no varias plataformas en un futuro de más largo plazo), debieran constituirse en un marco referencial insoslayable.

 

Aún así, nadie puede dudar que para tener un satélite nuestro, se supone que antes debemos tener un proyecto país que defina qué somos, qué queremos hacer de nuestro presente y nuestro futuro y que determine cómo vamos a utilizarlo, cómo vamos a administrarlo y cómo vamos a adquirir gradualmente la expertise y la capacidad técnico-humana para que lleguemos en un futuro a construir nuestra propia plataforma satelital.  Es decir, debemos ver un satélite no solo como un aparato para ciertos usos, sino como un buen y oportuno punto de partida para el desarrollo y la investigación que nos lleve a constituir nuestra propia industria espacial nacional. 

 

Conceptualmente y geopolíticamente, un satélite chileno constituye hoy en los inicios del siglo XXI, una manifestación explícita de la afirmación de la soberanía nacional, precisamente porque nuestro país, nuestra diplomacia y nuestra economía se integran crecientemente en un orden global.   Aquí la noción de soberanía nacional y sus realidades ineludibles no se oponen a la globalización como tendencia mundial en curso; por el contrario, la integra como un dato esencial y la utiliza en función de los intereses nacionales.  Y es del interés nacional de Chile  y del realismo político y estratégico más elemental, el que nuestro país se oriente hacia el máximo de autonomía informacional posible en un mundo incierto donde todos los actores nacionales y estatales -cualquiera sea su lugar en la jerarquía de las potencias- se guían permanentemente por sus intereses nacionales básicos.

 

Un cambio de escala y de perspectiva geopolítica

 

Como se sabe, la globalización puede ser definida al mismo tiempo, como una tendencia profunda y creciente hacia la apertura y mundialización de los intercambios y los flujos de bienes y servicios, un cambio de escala expansivo en el complejo juego de las relaciones entre los actores internacionales y regionales y una ideología que se autoreproduce y autojustifica.   Desde este punto de vista, el aspecto que nos debe interesar mayormente es el cambio de escala territorial al que la globalización nos induce.  En el antiguo orden mundial -multipolar del siglo XIX o bipolar del siglo XX- siempre percibimos a Chile como una nación subdesarrollada y dependiente situada en una posición periférica respecto de los grandes centros y potencias dominantes.  

 

La escala en la que se producen los cambios en nuestro sistema-planeta es hoy múltiple, acelerada y compleja.   Asistimos a una creciente interrelación entre las escalas micro y las escalas macro, entre las escalas nacional, regional y local, entre las escalas continental y mundial, entre la localización y la deslocalización, entre la territorialización de los procesos y la desterritorialización de los intercambios, y entre todas ellas dando forma a una malla cada vez más compleja de interrelaciones en que las fronteras y las soberanías parecen sobrepasadas, pero donde también estas realidades se cristalizan e interpenetran.

 

Pero además de un cambio de escala, se nos impone un cambio de perspectiva geopolítica.

 

Hoy desde una óptica geopolítica moderna, no tenemos porqué seguir considerando que "el norte está arriba y el sur está abajo" como nos lo muestra la cartografía tradicional.  Hoy como nación y como Estado en los inicios del siglo XXI, tenemos la posibilidad de "invertir la carta" y ver desde aquí arriba, desde el Sur, hacia allá abajo el Norte, y entonces al invertir la visión geográfica y geopolítica de nuestro lugar en el mundo, podremos apreciar que somos una nación bioceánica, que somos parte del Cono Sur del continente, puente natural ostensible hacia los espacios antárticos y australes, fuente de recursos naturales y energéticos considerables y de creciente interés mundial (agua, gas...).  No tenemos derecho a considerar solamente a Chile como una realidad territorial "amarrada" a los límites que le imponen la cordillera, el desierto y el océano.  Chile es mucho más que estas "cuatro paredes territoriales" en las que nuestra mentalidad terrestre nos ha querido mantener: Chile es también un millon de chilenos dispersos por el mundo, es una red creciente de empresas chilenas insertas en la economía global y en mercados de los cinco continentes.

 

Estas son algunas de las posibilidades a las que Chile se abre a partir de su propia plataforma satelital.

 

ESPACIOS, TERRITORIOS Y PODER Algunas categorías del análisis geopolítico




PROLOGO


Este ensayo tiene por propósito efectuar un examen crítico de las principales categorías de análisis geopolítico, de manera de contribuir a configurar una teoría geopolítica crítica, susceptible de dar cuenta de los cambios que experimenta el orden internacional en los inicios del siglo XXI.

¿Qué lugar ocupa un actor en el espacio-territorio? ¿Qué rol ejerce ese actor dentro del espacio? ¿Cómo se relacionan los actores (políticos, económicos, estratégicos) en el contexto de determinados espacios? ¿Qué estructuras de poder se configuran y se articulan al interior de estos espacios? ¿Cómo percibe cada actor el espacio-territorio en el que materializa su poder? Estas son algunas de las interrogantes que la reflexión geopolítica puede contribuir a responder.

La geopolítica constituye una representación –histórica y culturalmente determinada- del espacio y del poder, desde la perspectiva de los actores que intervienen en él. En cuanto representación del espacio, la geopolítica construye y se sustenta en ciertas nociones, que permiten describir y explicar las relaciones que se establecen entre los actores y los espacios-territorios donde éstos ejercen su poder.


Manuel Luis Rodríguez U.
Punta Arenas (Magallanes), otoño de 2006.



LAS CATEGORÍAS
DEL ANÁLISIS GEOPOLÍTICO


Introducción al análisis geopolítico


Que estudia la disciplina geopolitica?

Que dimensiones de la realidad son susceptibles de ser analizadas y comprendidas mediante la geopolitica?

El análisis geopolítico hace referencia a categorías de análisis de diversa naturaleza. Por una parte, intenta establecer las formas de relación entre los espacios geográficos, es decir los espacios y territorios, y los grupos humanos organizados en la forma de unidades políticas (comunidades, pueblos, naciones, Estados), y por el otro, pretende develar el sentido de la relación entre las distintas unidades políticas contemporáneas en el tiempo en el marco de dichos espacios o soportes.

Se trata, por tantos, de dos tipos de relaciones distintas.

Lo geopolítico releva de una determinada representación del espacio geográfico –y de las demás formas de espacio- que reside en la mente y hasta en el subconsciente individual y colectivo de los individuos y los grupos humanos organizados.

Solo podemos analizar geopolíticamente aquello que está en relación entre sí y aquello cuya relación es discernible al análisis. Desde una perspectiva epistemológica, el análisis geopolítico opera mediante abstracciones, y las abstracciones científicas son generalizaciones que elaboran los individuos mediante el pensamiento, abstraídas del carácter concreto y directo de los fenómenos que son objeto de estudio. En otros términos, el punto de partida del análisis geopolítico, como el de todo conocimiento que se pretende científico, es la realidad objetiva.

En el proceso de abstracción, el análisis geopolítico no se aparta de la realidad, sino que penetra en su interior, partiendo del fenómeno observado para llegar a la esencia.

En el proceso del análisis geopolítico, el pensamiento arranca desde lo visible y concreto –es decir, desde los hechos políticos, sociales, económicos, culturales y estratégicos- para llegar a lo abstracto, desintegrando el fenómeno en estudio en sus partes y aspectos integrantes. Ello permite designar en sus características los elementos esenciales, al mismo tiempo que cada aspecto se examina por separado, para a continuación examinar esos distintos aspectos en su interacción. De este modo, en el proceso del análisis geopolítico se produce el desmembramiento del objeto de estudio, primer momento al que le sucede la explicación teórica de las particularidades del mismo, de manera de lograr las abstracciones más generales y útiles para el estudio del objeto de la investigación en su integralidad y en su dinámica evolutiva.

En el análisis geopolítico cabe distinguir a los factores permanentes o estructurales, tales como el territorio, el espacio y su interrelación; el espacio-tiempo; la posición, en términos de centralidad y periferia; la localización; las escalas del espacio-territorio; las redes, líneas y puntos dentro del espacio-territorio; el poder y la potencia insertos en los espacios y territorios; y las arenas del poder; de los factores dinámicos, tales como las tendencias centrífugas y centrípetas; la conciencia y representación del espacio-territorio; la apropiación del territorio y los espacios; las areas de influencia; y la polaridad autonomía-dependencia.

En síntesis, lo geopolítico es relacional, es decir, está asociado al estudio de determinadas formas de relación espacio-hombre y hombre-hombre en el espacio, en términos que implican la apropiación (material, mental y virtual) de los territorios y espacios.

La problemática principal, la categoría de análisis articuladora de todo el análisis geopolítico reside en el poder en su relación con los espacios y territorios. Todas las demás categorías de análisis de la reflexión geopolítica encuentran su punto de conexión en la problemática del poder y en particular, en las formas cómo el poder se manifiesta y se despliega en territorios y espacios múltiples, diversos. La geopolítica podría ser sintetizada como una reflexión sobre la relación realmente existente entre las diversas formas de poder y los diversos tipos de espacios- territorios.

El problema del espacio y del poder es un problema geopolítico desde el momento en que reconocemos que todo espacio humanamente determinado es objeto de alguna forma de poder que tiene lugar en él y a través de él, y de que el poder encuentra en los espacios y territorios –en los espacios territorializados- su ámbito principal de ejercicio, sus arenas donde se despliega.

Es a partir de este postulado básico que se va a construir el análisis y la reflexión geopolítica. Las organizaciones humanas, pensadas y estructuradas como unidades políticas (es decir, como actores programáticos), al instalarse en un territorio, al construir territorio con su acción transformadora, está ejerciendo poder y está al mismo tiempo, configurando su propia “representación simbólica” del territorio construido, conquistado, planificado, ocupado, alcanzado, en términos de apropiación, de dominio, es decir, de poder.

El poder impregna la totalidad de los fenómenos geopolíticos. La geopolítica es la política del poder en la geografía.

La dinámica de la reflexión geopolítica reside en la interdependencia entre los factores estructurales y los factores dinámicos o coyunturales.

Entre los factores permanentes o estructurales, el territorio y su interrelación con el espacio determinan el marco físico y virtual en el que tienen lugar las relaciones políticas, sociales, económicas, estratégicas entre las unidades o actores políticos. A su vez, el espacio-tiempo se mueve en una dinámica de extensión y concentración que modifica constantemente los términos en los que se producen las relaciones geopolíticas. Además, la posición de cada unidad política en los espacios-territorios, pueden ser entendida en términos de centralidad y periferia, del mismo modo como la localización de cada actor dentro del conjunto del espacio-territorio determina el lugar que ocupa en la jerarquización de los actores y en la distribución del poder y las hegemonías.

Por otra parte, las escalas del espacio-territorio, determinan la amplitud, profundidad y extensión de las formas de apropiación y dominación que los actores ponen en juego en aquellos, del mismo modo como éstos, se constituyen en una compleja articulación de las redes, líneas y puntos dentro del espacio-territorio.

Como se ha visto el poder y la potencia insertos en los espacios y territorios, son los criterios centrales para entender las relaciones geopolíticas, en el contexto de las arenas del poder que se manifiestan en el mundo contemporáneo.

Por otra parte, los factores dinámicos, influyen coyunturalmente sobre los procesos geopolíticos, tales como las tendencias centrífugas y centrípetas; la conciencia y representación del espacio-territorio que tiene cada actor político; la apropiación del territorio y los espacios como resultantes de la acción programática de los actores o unidades, dando forma a la configuración de determinadas areas de influencia, y en las que se manifiesta la polaridad autonomía-dependencia.


Los factores permanentes o estructurales
del análisis geopolítico


El problema geopolítico del espacio


El núcleo central teórico del análisis geopolítico se ha centrado históricamente en el territorio y en su constituyente originario, el espacio.

La arqueología intelectual de la reflexión geopolítica, que nutre sus primeras raíces desde la Geografía y de la Geografía Política, comienza con una descripción y una tentativa de racionalización del espacio territorial. Friedrich Ratzel –a fines del siglo XIX- construía su argumentación geopolítica sobre la base de la condición humana constreñida, determinada por la naturaleza y daba origen al concepto de “espacio vital”, entendiendo que el espacio no es solamente un elemento físico.

La naturaleza determina al hombre y éste necesita de un órgano que le sirva como instrumento para establecer su dominio sobre aquella: el Estado. Los primeros geopolíticos son estatistas y organicistas llevando la reflexión hasta la noción de que el Estado es una suerte de supra-entidad viviente en el que el ser humano se realiza y que busca su realización plena en la geografía.

En la visión organicista y darwiniana desde la que nace la primera Geopolítica, el espacio es un ámbito geográfico susceptible de expandirse, al igual que las especies vivas. Otros autores de aquella época, como Kjellen orientan el debate geopolítico hacia las relaciones de poder más que sobre las relaciones de fuerza.

Existe, en efecto, una primera época del pensamiento geopolítico, que surge y se desarrolla dentro de una óptica marcadamente organicista y fuertemente determinista. Sus influencias intelectuales originarias más significativas, provenían de H. Spencer y de Ch. Darwin, y de las derivaciones sociales que resultaron de sus teorías sociológicas y biológicas.

Así, dos líneas intelectuales se sitúan en las bases de la primera reflexión geopolítica: por un lado, el desarrollo del “darwinismo social”, a partir de Ch. Darwin, en la segunda mitad del siglo XIX, incluyendo a H. Taine, G. Le Bon, L. Woltmann y V. de Lapouge; y por el otro, un cierto “bio-historicismo” que desarrollan F. List (1789- 1842), y A. de Gobineau (1816- 1882), el que se entronca con O. Spengler , A. Rosenberg (uno de los teóricos mayores del nazismo alemán), y con F. Ratzel. En List y Gobineau, la Geopolítica inicial se alimentó del racismo, y a través de A. Rosenberg, a su vez, contribuyó decisivamente a elaborar una visión ideológica racista de la Historia, a partir del supuesto “conflicto entre la raza aria y la raza semita”.

Inicialmente, autores como F. Ratzel, con su "Politische Geographische" y a continuación K. Haushofer, fueron construyendo un cuerpo teórico configurado en torno a conceptos tales como “espacio vital”, “heartland”, “rimland”, o la asociación entre “suelo, sangre y raza”, nociones que estaban construídas sobre la base de una visión organicista del Estado. Otros autores alemanes en la década de los treinta y cuarenta, dieron contenido a esta visión: L. Mecking, H. Schrepfer, H. Rüdiger, N. Krebs o R. Hennig, para nombrar a los más connotados, trabajaron sistemáticamente la nueva concepción geopolítica. Numerosos títulos aparecidos en la revista de Geopolítica creada en torno a Haushofer, la Zeitschrift für Geopolitik (revista que, desde 1932, estuvo influenciada y dominada por el Partido nazi), atestiguan el enfoque señalado.

Al mismo tiempo, desde los inicios de los años treinta, esta Geopolítica se asoció directamente con los proyectos expansionistas, racistas y belicistas del nazismo alemán, otorgándole una justificación integral, completa, y respaldándolos con un conjunto de fundamentos teóricos, ideológicos y políticos, por lo que sus postulados hicieron crisis junto con el derrumbe del III Reich, al término de la Segunda Guerra Mundial. Por ello puede afirmarse que dicha Geopolítica era nazi en su esencia y contenido. No puede olvidarse que esa corriente geopolítica filo-nazi y darwinista logró alcanzar hasta América Latina, donde encontró numerosos adeptos como Golbery do Couto e Silva en Brasil y otros.

Al analizar sus postulados, se puede descubrir que esta primera Geopolítica constituye una representación político-estratégica e ideológica del mundo, que tiende naturalmente a centrarse en una concepción totalizadora del poder, y en una idea absoluta de la Nación y del Estado, como si ambas fueran entidades totales y homogéneas. No solo es una geopolítica del poder, sino que es también una ideología geopolítica de la guerra. Hay que subrayar, además, que toda Geopolítica es una empresa intelectual esencialmente "patriótica", ya que intenta colocar al propio Estado, en el centro de las representaciones cartográficas del espacio territorial, de manera que la Cartografía termina graficando lo que los geopolíticos quieren que grafique...

Haushofer, afirmaba y proponía que la geopolítica que estudiaría “...las formas de vida política en los espacios vitales naturales...” debía constituirse en “... una conciencia geográfica del Estado...”, como si el Estado fuera una entidad biológica única y monolítica.

Las falencias intelectuales de aquella visión geopolítica no solo provienen de su incapacidad conceptual para interpretar la creciente interdependencia y complejidad del mundo moderno y del orden político, de las estrategias y formas políticas que hoy caracterizan a una sociedad en plena mutación de época, sino del hecho que las interpretaciones y asociaciones conceptuales organicistas, belicistas y racistas, son absolutamente insuficientes y se encuentran en una fase pre- científica de las Ciencias Sociales y del estudio de la relación "hombre- geografía".

Ya ha sido demostrado que los procesos orgánicos funcionan conforme a lógicas completamente distintas y con elevados grados de pre- determinación, mientras que los sistemas sociales y políticos están dotados de características de complejidad y azar, que aquel organicismo primitivo no puede explicar.

Le Geopolítica de la primera época, era profunda y radicalmente estatista, ya que concebía al Estado como un organismo absoluto y predominante en la escena geográfica y política.

La visión geopolítica tradicional se funda en el supuesto que concibe al Estado como un organismo vivo que nace, crece, se desarrolla, decae y muere, adolece precisamente de una lectura estrecha y limitada de la estructura estatal como si un actor político internacional o un Estado fuera una suerte de “unidad monolítica y coherente”. G. Sabine en su Historia de la teoría política pone de manifiesto que “...el argumento supuestamente científico de la Geopolítica no es más que una analogía biológica. Según dicha lectura, los Estados serían “organismos” y mientras viven y conservan su vigor, crecen; cuando dejan de crecer, mueren...” ([1]) , lo que pondría de relieve que el “bienestar social parece equivaler a la supervivencia del más apto...”. Además de contener muchas ambiguedades lógicas, ésta confluencia de ideas y de pseudo- conceptos sociales y biológicos, ha sido una fuente de graves confusiones científicas.

Al contrario de lo que pretendía aquella geopolítica tradicional, el Estado no es un órgano viviente; es, por el contrario, una construcción política, jurídica, ideológica y territorial que se asienta en una sociedad históricamente determinada, es una estructura institucional compleja, que opera mediante resortes materiales y simbólicos de poder.


Espacio y territorio


El espacio, desde el punto de vista geopolítico, es un ámbito de acción, es un ámbito natural y potencial de acción del individuo, del grupo, en cuanto “actor programático” ([2]). El espacio es un ámbito natural en cuanto contexto geográfico, en cuanto soporte material proporcionado por la naturaleza: el espacio es geografía y naturaleza no intervenidas, no transformadas.

Pero, la reflexión geopolítica se apoya sobre la relación existente entre el actor humano y la geografía, entre el actor humano y la naturaleza, en tanto en cuanto dicha relación supone un proceso de conocimiento y apropiación del espacio natural. Desde esta perspectiva, la lectura geopolítica hace siempre referencia a una estructura relacional que se manifiesta a dos dimensiones: la relación entre los actores y los espacios; y la relación entre los actores dentro de un determinado espacio. En cada dimensión la problemática relacional es diferente.

La reflexión geopolítica es básica y primordialmente, una reflexión relacional, un procedimiento teórico-conceptual dirigido a conocer e interpretar determinadas formas de relación que se producen en y con respecto a los espacios y territorios, situándolas en el tiempo.

Siendo ambas formas de relación una relación de poder, es decir, una relación asimétrica, sus elementos constitutivos determinan que la relación “actor-espacio” y la relación “actor 1-espacio-actor 2” están determinadas por una voluntad de conocimiento-dominación.

En geopolítica, los elementos constitutivos de una relación son:

a) los actores, aquí entendidos como sujetos dotados de programa, de voluntad, de proyecto;
b) la política de los actores o sea, el conjunto de sus intenciones y finalidades;
c) las estrategias que los actores ponen en juego para alcanzar sus fines, y que suponen estilos y formas de organización del espacio;
d) el espacio-tiempo respecto del cual sucede la relación geopolítica; y
e) los mediadores relacionales, es decir, los distintos códigos utilizados para explicar, describir, representar e interpretar la acción de los actores en los espacios.

El poder, que aquí no hemos mencionado como elemento constitutivo de las relaciones geopolíticas, es en sí mismo, una realidad inmanente a todo el proceso relacional.

El fenómeno humano más profundo que aprehende la teoría geopolítica, es la transformación por el hombre, del espacio geográfico en un territorio susceptible de ser habitado, utilizado, dominado, controlado. Es la territorialización.

La moderna geopolítica ha asumido que el espacio, como ámbito geográfico situado, constituye a la vez un factor estructural de poder y un territorio donde tiene lugar la presencia y la dominación humanas. Desde esta perspectiva, el espacio geográfico (terrestre o marítimo) ha sido definido a la vez, como encrucijada o arena del poder y de la disputa por el poder, y como fuente de recursos que se constituyen también en otros tantos factores de poder.

Esta lógica territorialista de la geopolítica se refiere a que los procesos políticos y económicos no tienen lugar en el vacío. Ellos siempre tienen una determinación histórica y geográfica, la que les fija sus límites y horizontes de alcance.

Desde el punto de vista geográfico o espacial, la Política puede ser definida y comprendida como una práctica localizada de poder y de dominación, de construcción de consensos y de resolución de conflictos, que siempre se sitúan en una determinada porción del territorio, el cual puede llegar a ser en sí mismo una encrucijada y una arena donde se encuentran estrategias y retóricas de los diferentes actores. Así como tiene su propia historia, la Política y las Relaciones Internacionales funcionan y construyen su propia geografía, su propia espacialidad.

Aún en medio de los procesos de deslocalización, propios de la modernidad, la post-modernidad y la globalización de las comunicaciones y los mercados en curso, deben reconocer la necesidad de una plataforma, de un soporte material, físico, sobre el cual se aplican el poder, las distintas formas de capital, la energía y la información.

Pero, para llegar a la dominación implícita en el poder y en la Política, cada actor debe ejercer un determinado grado de dominio y jurisdicción sobre un cierto espacio, sea este geográfico, económico, cultural o virtual. En los orígenes remotos del poder y de la Política, se encuentran las múltiples formas de acción voluntaria a través de las cuales, los hombres llegan a transformar dicho espacio.

Así surge el proceso de territorialización.

La territorialización es el complejo proceso histórico a través del cual los individuos, los grupos y las organizaciones humanas adquieren, controlan, dominan y transforman los espacios geográficos que consideran propios. En este proceso intervienen factores materiales objetivos (trabajo, energía), factores inmateriales (información), factores humanos (provisión de capital social, humano, cívico, tecnológico y financiero) y factores culturales (identidad, valores y tradiciones), de manera que los espacios geográficos donde se instalan los seres humanos, se transforman gradualmente gracias a una combinación histórica, única e irrepetible de todos éstos componentes. En síntesis se trata del proceso mediante el cual un grupo humano transforma un determinado espacio geográfico en un territorio propio y distintivo. Esta es la forma cómo los seres humanos inscriben su existencia individual y colectiva en la geografía que los sustenta.

La territorialización opera mediante el trabajo, mediante la incorporación de energía, trabajo, capital e información sobre los recursos naturales, sobre el espacio geográfico, y en función de los cuales, los individuos, los grupos, las familias y las naciones van ejerciendo y adquiriendo dominio sobre dicho espacio, convirtiéndolo en su territorio. Como se verá más adelante, una de las bases del dominio en materia territorial, reside en la ocupación material, real, de un determinado espacio geográfico, de manera que no solamente se manifieste la intención de apropiarse dicho espacio (lo que se materializa con estos actos concretos), sino que es preciso además, que esa porción geográfica esté vacante, y que los actos de apropiación y dominio reflejen un propósito de permanencia estable y duradera.

En el curso de este proceso de territorialización, es decir, de conquista material y simbólica de un determinado espacio geográfico, se va configurando la cultura y la identidad del grupo humano: el conglomerado se convierte en grupo, el grupo se transforma en una comunidad, cohesionada gradualmente por las experiencias colectivas comunes. A continuación, en su apropiación territorial las comunidades devienen en pueblos, y los pueblos tienden a configurar naciones. Al apropiarse de un lugar físico, el grupo humano hace su propia historia, va creando sus propios mitos, sus leyendas, sus tradiciones, va depositando en su memoria y en su subconsciente colectivo un patrimonio de valores y tradiciones, con los cuales las sucesivas generaciones de descendientes se continuarán identificando.

En algún momento, el individuo se piensa a sí mismo, en términos de geografía, es decir, en términos de lugares, de tierra y de mar. Los procesos de territorialización son entonces, a la vez, materiales y simbólicos. Materiales en el sentido de dominar la geografía, de apropiarse de ella, de controlarla, de ejercer en ella el poder, el dominio y las distintas formas de soberanía. Simbólicos en el sentido de ir depositando en el subconsciente colectivo, en la memoria colectiva, los hechos históricos fundantes y fundamentales, los acontecimientos relevantes y decisivos, los hitos que marcan una trayectoria común y compartida en el tiempo.

Es importante subrayar por otra parte, que la territorialización se produce tanto sobre los espacios geográficos terrestres, como sobre los espacios marítimos, en la medida en que éstos forman parte de la misma unidad geográfica y se integran bajo una misma unidad política. Modernamente sin embargo, el espacio geográfico y los recursos que en él existen no es en sí mismo un factor decisivo de poder, sino en tanto en cuanto se aplica a dicho territorio y a dichos recursos, la tecnología, la información y los capitales suficientes para que se conviertan en materias primas susceptibles de intervenir en los procesos económicos y en los flujos comerciales. Una forma concreta y actual de territorialización de los espacios geográficos, se manifiesta en su valoración económica.

En efecto, tal como se analizan más arriba, uno de los “cambios copernicanos” originados en la actual mutación tecnológica y geopolítica que tiene lugar, es la transformación de los espacios de dominación y poder. Según Alexis Bautzmann, “...los dos principales vectores de la globalización son el espacio cibernético y el espacio extra-atmosférico...los cuales se convierten... en instrumentos privilegiados del control global de los territorios...” ([3])

La lectura geopolítica actual tiene que integrar dos ámbitos espaciales que escapan a la geografía física tradicional. El tradicional espacio geopolítico ha hecho implosión: el control, la dominación y el ejercicio del poder no dependen ahora sola o exclusivamente de la apropiación de recursos naturales existentes en espacios geográficos físicamente localizados, sino también de los espacios exo-geográficos, es decir, aquellos situados fuera y más allá de la geografía.


La implosión
del espacio geopolítico


En las nuevas condiciones generadas por la actual revolución informática, el espacio geopolítico deviene virtual, inmaterial.

El computador y el satélite, vienen a cuestionar las nociones geopolíticas tradicionales. Al espacio geográfico tradicional, caracterizado y articulado en términos de extensión, anchura, altura y profundidad, se suman ahora dos espacios virtuales: el espacio cibernético o informático y el espacio extra-terrestre o sideral.

La virtualidad opera como criterio de reordenamiento del espacio geopolítico, se agrega a las dimensiones anteriores de extensión, anchura, altura y profundidad, complejizando la comprensión y la lectura del territorio, abatiendo los límites y fronteras físicas haciéndolas más permeables y relativizando su importancia política y jurídica.


La implosión
del espacio-tiempo


En la noción clásica, propuesta por Einstein, “...todo cuerpo de referencia (sistema de coordenadas) tiene su tiempo particular; la especificación de un tiempo solo tiene sentido cuando se indica el cuerpo de referencia al cual hace relación dicha especificación.” ([4]). Es decir, el tiempo es relativo en función de las coordenadas del espacio al cual hace referencia.

Pero, ¿qué sucede cuando el tiempo no permite hacer referencia a las coordenadas espaciales tales como distancia, anchura, extensión o profundidad, porque el espacio ha devenido virtual?

La virtualidad de los espacios cibernético y sideral, introduce además, una ruptura profunda en la concepción tradicional del espacio o el territorio en su relación con el tiempo.

Lo virtual puede ser permanentemente presente, dejando al pasado histórico en una categoría de “eterno retorno”: por la vía de lo virtual siempre podemos traer el pasado o el futuro al presente. Desde la perspectiva de lo virtual y de sus aplicaciones geopolíticas en el espacio relacional, el tiempo es esencialmente elástico.

La acción geopolítica virtual –por ejemplo- en la guerra informacional o guerra de la información, se realiza tanto en el pasado, como en el presente y en el futuro, pero instalados coetaneamente en el presente, de manera que nuestra comprensión del tiempo abarca tanto al pasado como al futuro en un solo instante: el presente. Es decir, la virtualidad permite, potencia y desarrolla la simultaneidad hasta límites desconocidos.

La virtualidad de las herramientas informáticas y su uso como instrumentos estratégicos, transforma además las dimensiones del tiempo y del espacio. La virtualidad se transmuta en instantaneidad: todo sucede ahora y aquí, aunque la distancia física pueda contarse en miles de kilómetros. La instantaneidad del “tiempo real”, atraviesa el espacio estratégico y transforma los límites de la acción (política, económica, estratégica) deviniendo actuales, siempre actuales.

En el espacio virtual sucede que siempre estamos en el presente, lo que implica una deshistorización del territorio y una desterritorializacion de la historia y, sobre todo, una negación del futuro como horizonte probable; desde esta óptica de la virtualidad, el futuro está muy lejos en la improbabilidad y el pasado ya ocurrió: todo está en presente y en el presente.

La virtualidad en la relación espacio-tiempo, implica la simultaneidad y la instantaneidad en la operación del actor estratégico o del actor programatico. Mientras el espacio tiende a reducirse a cero, el tiempo tiende a devenir solo presente, es decir, también cero. En la nueva relación geopolítica espacio-tiempo, solo existen el aquí y el ahora.

Veamos el asunto desde la perspectiva del conflicto.

El espacio en el conflicto o en la guerra, es decir el espacio bélico y estratégico, es algo más que el simple espacio geográfico, terrestre, aéreo o marítimo. Los planes de la guerra utilizan las características oceanográficas y climatológicas del territorio, del espacio o del mar como datos o “accidentes del terreno”, en función de sus propias exigencias estratégicas, operacionales y tácticas.

Por lo tanto, el concepto global de la guerra, es decir, la concepción estratégica de la guerra en cualesquiera terreno o espacio físico, determina la unidad, la profundidad y la propia orientación del espacio estratégico.

Para la guerra, no existe espacio neutral, sino que todas las combinaciones tácticas y operacionales son posibles en todas las dimensiones físicas del mar como teatro: superficie, atmósfera, profundidades, espacio, borde costero, campo electromagnético.

En consecuencia, el espacio estratégico no es el resultado mecánico de una suma matemática entre los datos geográficos y oceanográficos y las posibilidades militares, sino que el espacio precede a la conceptualización estratégica, de manera que en función de sus exigencias y posibilidades, el terreno de acción puede extenderse o limitarse, y también pueden modificarse los instrumentos militares a utilizarse y el grado de intensidad del propio esfuerzo bélico.

Un concepto crucial para entender los roles estratégicos del espacio en la guerra, es la noción de cálculo. El estratega, en función de las directrices políticas que presiden la guerra, procede permanentemente a un juego dialéctico de estimaciones, percepciones y pronósticos, lo que produce una concepción del propio “juego estratégico” y del “juego del adversario”, y cuyos resultados - a la vez, finales y provisorios- son los cursos de acción.

El espacio (aéreo, terrestre, marítimo) como teatro de la guerra, es previamente, medido, dimensionado, delimitado, calculado, es decir, es objeto de cálculo estratégico, para que pueda ser utilizado en la forma más eficaz por las fuerzas propias, y de manera también de impedir o dificultar su uso por las fuerzas enemigas.

El cálculo estratégico hecho sobre el espacio de la guerra, sin embargo, siempre es una conjetura, una aproximación intelectual que se enfrentará a la realidad, y se calibrará en su calidad y sus defectos, solo en la prueba de fuego de la batalla y de la maniobra.

El cálculo estratégico ordena el espacio estratégico marítimo, y los teatros que lo integran, en función de un punto único y central: el centro de gravedad. Este lugar es calculable, y es el punto de equivalencia, en el que el poder político y su instrumento el poder naval, concentran la capacidad disuasiva y la potencia destructora de las fuerzas navales. El centro de gravedad -como se verá más adelante- es el objetivo único y central de la ofensiva y del ataque, y resorte último de la actitud defensiva, y permite determinar conceptualmente y al mismo tiempo, las fuerzas navales que van a ser puestas en juego (o en presencia) en un teatro, y el espacio donde ejecutarán la maniobra y sus combinaciones.

De este modo, el espacio estratégico no es una realidad concreta que se confrontaría con el concepto estratégico de la guerra en algunos de los espacios o teatros donde ella se produce realmente, o dominaría sobre éste.

En realidad, es el concepto estratégico (con sus derivaciones operacionales y tácticas) el que articula el espacio como teatro de la guerra, es decir, como teatro bélico, según se pudo estudiar anteriormente.

Finalmente, no debe olvidarse que todo espacio susceptible de devenir en teatro de la guerra, o de la batalla, está dotado de profundidad estratégica, y que es el ámbito geográfico percibido y calculado para la ejecución de la maniobra.

A su vez, como se ha analizado, el tiempo es una dimensión estratégica que reviste una significación aún mayor que el espacio, en el ámbito del conflicto y de la guerra.

La guerra en general -como lo ha subrayado Clausewitz- no consiste en un sólo golpe dado sin referencia a su duración, sino que consiste -en la práctica más objetiva y concreta- en una sucesión más o menos concatenada de maniobras, desplazamientos y combates (terrestres, aéreos, navales, submarinos, anti-submarinos, aero-navales, aero-terrestres, o de guerra electrónica) los que conceptualmente asumen la forma de una secuencia temporal continua de acciones de guerra.

La guerra crea su propio tempo, su propio ritmo, su propia secuencia temporal de eventos, los que suceden a ritmos distintos. Siempre dentro de la concepción clausewitziana, se afirma que la duración en el tiempo estratégico, es originada por la acción del bando que se encuentra en la postura defensiva.

Esto se traduce en la noción de que el ritmo de la guerra es impuesto preferentemente por la postura estratégica defensiva, la que tiende a retardar la decisión mientras acumula fuerzas y recursos, desvía los golpes o se prepara para la contra- ofensiva, mientras que el bando o contendor que se encuentra en una postura estratégica ofensiva, actúa urgido por la celeridad del impulso, trata de acercar el momento de la decisión, y se despliega en el teatro con todas o con las mejores de sus fuerzas.

Aquel que responde el ataque, es decir, el defensor no solamente es el primero en crear la dualidad propia del combate o la batalla (el enfrentamiento entre dos fuerzas adversarias enfrascadas en la guerra), sino que además, tiene la posibilidad de definir inicialmente el grado de intensidad con que se desencadenará la batalla.

El tiempo como noción estratégica, generalmente actúa ordenado y articulado por la defensiva. El defensor “tiene tiempo” para elegir lugar y momento de la decisión.

Siempre hay que tomar en cuenta que existe una usura progresiva de la postura y del esfuerzo ofensivo, hasta que el enfrentamiento llega a su punto culminante y las fuerzas del defensor pueden acrecentarse gradualmente hasta convertir la contra- ofensiva en una ofensiva estratégica. En la guerra en general, y en su concepto estratégico, si la ofensiva no produce una decisión rápida, inmediata y fulminante, el tiempo comienza a jugar en su contra y en favor de la defensiva.

Las fuerzas defensivas o en postura defensiva, fijan la equivalencia de la Política y de la Estrategia, porque la encrucijada del enfrentamiento es el propio centro de gravedad en el espacio bélico, y allí el defensor hace actuar y puede explotar más eficazmente el factor tiempo, a condición que el concepto estratégico lo integre.

Es necesario considerar además, desde una perspectiva realista, que los tiempos de decisión en el desarrollo objetivo de la guerra y de la batalla, están tendiendo a disminuir cada vez más, originando no sólo una creciente tensión psicológica en los núcleos humanos de mando y de dirección de combate, sino que alterando la propia noción de tiempo durante la batalla, la que parece reducirse ahora a escasos minutos de concentración e intercambio de fuego, o a llegar a la instantaneidad.

Opera aquí la tendencia estratégica, operacional y táctica –cada vez más predominante actualmente- a promover y buscar la velocidad o celeridad en la guerra: celeridad en los despliegues, celeridad en el golpe decisivo, celeridad en la búsqueda de decisión en la batalla, celeridad en la concentración en el centro de gravedad. El tiempo de la guerra, también se mide en términos de celeridad o retardo, de aceleración o de disminución o “ralentización” del ritmo.


Posición, centralidad y periferia


El lugar específico y relativo que ocupa un actor con respecto a otro y en el marco de una estructura y jerarquización del poder: los sistemas, los territorios y los espacios y la ubicación que cada actor tiene dentro de ellos, puede ser entendido en términos de posición, es decir, de un lugar relativo en relación con otro; cada punto dentro de una red, solo es comprensible en tanto en cuanto se relaciona con otro punto, a través de líneas, de vectores. Desde la perspectiva de la posición, los actores y puntos de un sistema, pueden situarse en una condición de centralidad –o sea, de manejo, control y posesión de los factores claves del poder, la dominación y la hegemonía- o de periferia, es decir, situados en los márgenes del sistema, o en una condición de dependencia, de subordinación.

Esta centralidad o esta periferización, sin embargo, siempre está asociada a redes, líneas y puntos, es decir, al despliegue de los actores dentro de determinados espacios y territorios.


Territorio y conflicto


El dominio o la posesion de territorios, lo que podria entenderse como la territorialidad de la accion humana, constituye uno de los rasgos distintivos de la especie, aunque tambien se trata de una caracteristica que presentan la mayor parte de las especies animales. La territorialidad se nos presenta como una manifestacion de la voluntad y de la capacidad del ser humano para apropiarse y ejercer alguna forma de poder y/o dominacion sobre un determinado espacio, en virtud de ciertos intereses.

Bajo determinadas condiciones, la territorialidad de un actor produce o induce a confrontarse con otro actor respecto de un determinado espacio o territorio.


Poder, potencia e intereses


En los términos modernos, los espacios hacen referencias a manifestaciones del poder, es decir, a una determinada, específica y particular dotación de fuerza, energía e información como para lograr determinados fines, que llamaremos intereses. En su dimensión realista, el dominio o no-dominio de los espacios y territorios se realiza como consecuencia de la materialización de determinados intereses, determinados objetivos estratégicos de largo plazo que mueven a los grandes actores programáticos en el sistema internacional.


Las escalas

Un aspecto esencial de la reflexión geopolítica consiste en determinar y delimitar la escala de los espacios a los que dicha reflexión hace referencia. Se trata de analizar el espacio y el territorio desde la perspectiva del tamaño o envergadura de la acción y del alcance geo-espacial de dicha acción o práctica.

Las escalas locales, regionales, nacionales y continentales son las que mejor conocemos desde las Ciencias Sociales del siglo XIX y XX, en tanto ellas se refieren a dimensiones territoriales conocidas mediante la cartografía y los propios desplazamientos. La localidad, la región, la nación o el continente son a la vez, realidades geográficas que se inscriben en la superficie terrestre, y representaciones mentales acerca de la geografía.

En las condiciones de la tendencia a la globalización o mundialización, las anteriores escalas se superponen y se resitúan en relación con la escala planetaria, mundial o global. Ahora bien, entendemos que para los individuos de principios del siglo XXI es mucho más factible “pensar” la región o el país, pero difícilmente podemos “pensar el mundo” toda vez que debemos hacer un esfuerzo intelectual para lograr imaginar y reconstruir mentalmente, el gigantismo de un planeta del cual solo vemos ocasionalmente su forma completa.

No obstante esta dificultad racional, la escala planetaria o global, es asumida intelectualmente como el espacio donde actores, sistemas e instituciones operan cubriendo o intentando cubrir la totalidad del mundo, todos sus continentes.


Los factores dinámicos del análisis geopolítico


Tendencias centrípetas
y tendencias centrífugas


Al interior del espacio geopolitico, los actores desarrollan y se encuentran inmersos en dos grandes ordenes de tendencias: una que conduce hacia la concentracion, organización, articulacion, concertacion, y que se denomina una tendencia centripeta; y otra, en la que el comportamiento de los actores se orienta hacia la dispersion, hacia el conflicto, hacia la fragmentacion, hacia la fuga de los espacios y arenas de articulacion.

El funcionamiento de los sistemas, del orden internacional y de los actores del sistema internacional puede ser interpretado a la luz de esta constante global: a un ciclo de tendencia centrifuga, sigue otro de tendencia centripeta.

Los diferentes actores del sistema internacional juegan generalmente en ambos “registros”: inducen o empujan en una u otra direccion según la naturaleza especifica y la percepcion que tienen de sus propios intereses y de los intereses que estan en juego en las diferentes arenas.


Conciencia y representación
del espacio-territorio


Aquí se analizan las percepciones propias y ajenas respecto del lugar que le cabe a un actor político dentro de la escena internacional. Dichas percepciones depende tato de la cultura propia, de la voluntad política y geopolítica del Estado y la elite dirigente, como de la imagen internacional que dicho actor ha logrado establecer y ha obtenido como consecuencia o efecto de sus prácticas internacionales.

Al mismo tiempo esta noción presupone que cada sociedad, cada actor político que interviene en la esfera internacional posee un determinado grado de conciencia del lugar que posee y desea poseer en el mundo y en el espacio continental circundante. Es esa conciencia del propio espacio la que va a determinar la representación que se forma de éste.


Apropiación y construcción
del territorio y los espacios


La noción de territorialización nos aproxima a la comprensión del proceso de construcción del territorio. Las prácticas humanas (económicas, sociales, políticas, estratégicas...) van configurando un cierto territorio en virtud de ciertas estrategias e intereses que las mueven.

El proceso de construcción del territorio se realiza a partir de algunas premisas o axiomas geopolíticos básicos, a saber:

a) toda superficie, todo espacio-territorio es susceptible de ser organizado;
b) una determinada organización del espacio-territorio no es única ni fija;
c) en toda superficie, en todo espacio-territorio es posible establecer al menos un camino, una vía entre dos puntos de una malla de relaciones;
d) esa vía entre dos puntos, tampoco es única;
e) entre tres puntos de una relación en el espacio, es posible establecer una red o malla de relaciones.

La construcción del territorio sucede en dos niveles: a nivel material y a nivel simbólico.

El plano material es el de la ocupación, de la toma de posesión, de la utilización económica, social y estratégica de un determinado territorio, por la vía de introducir en él, trabajo, energía, información, poder en definitiva.

El plano simbólico es el de la configuración de las representaciones espaciales o territoriales, la simbología que cada grupo humano construye de los espacios o territorios que domina o que desea poseer, todas las cuales se sitúan en el nivel del subconsciente colectivo e individual.

El espacio o el territorio toma importancia en función de la representación simbólica que los grupos humanos se hacen de él, y en virtud de la experiencia histórica que los vincula a él.

Toda práctica espacial inducida por un sistema de acciones o de comportamientos, aunque sea embrionaria, se traduce en una producción territorial que hace intervenir mallas, nudos y redes. ([5]) En definitiva, el proceso de producción de territorio -obra humana y consciente por excelencia- supone la compartimentación y reparto de superficies, la implantación de nudos y la configuración de redes.

No deja de tener importancia en la construcción de territorio, la delimitación. La configuración y fijación de fronteras constituye una de las prácticas históricas más antiguas y más relevantes para el establecimiento de la identidad grupal propia como afirmación distintivas frente a las identidades grupales ajenas. La frontera diferencia, limita, envuelve los espacios y territorios propios, generando formas básicas de diferenciación, separación y polaridad con otros espacios y territorios “ajenos”; la frontera es el límite distintivo entre el yo y el otro, entre la propiedad y la “otredad”.


Localización y deslocalización


Todo actor, toda unidad política se sitúa en una relación determinada con un espacio-territorio, en virtud de determinadas estrategias, de determinados intereses que lo mueven a apropiarse de él. Cualquiera sea la forma o la modalidad de dicha apropiación, cada unidad política se dirige a obtener, lograr o mantener un determinado grado de acceso, dominio y/o control sobre determinados espacios-territorios, en virtud de la importancia que dichos espacios tienen para el logro de sus intereses.

Cada vez que una práctica humana se instala en un determinado espacio, no sólo se está produciendo territorio, con todo lo que ello implica de apropiación física o material y de producción simbólica, sino que además está localizando, situando determinados intereses y estrategias de poder, a través de dichas prácticas.

Para ello, una unidad política cualquiera, establece su presencia, su organización, sus redes relacionales y sus prácticas en un territorio, generando vínculos materiales y virtuales que lo asocian a éste, y que le permiten localizarse en él en vistas de sus metas e intereses. Esta localización, que es en la práctica un proceso de asentamiento físico-virtual en un territorio, puede realizarse en términos de concentración de los recursos de poder aplicados o de su desconcentración, según las estrategias puestas en práctica.

La deslocalización es una forma de desconcentración de las prácticas de producción del territorio y de los recursos aplicados a éste, en función de criterios de eficiencia, de rentabilidad o de seguridad.

Localización y deslocalización de las prácticas en los territorios y espacios, son en síntesis dos polos de una misma estrategia que opera y se materializa en función de determinados intereses.


Las áreas de influencia


Las relaciones entre los actores políticos internacionales tienen lugar en un contexto caracterizado por la complejidad de las influencias y determinaciones que mutuamente se producen entre ellos. La diferencia de potencial de cada actor, sin embargo, da origen a espacios geopolíticos en los que los actores dotados de mayor potencia y voluntad, actúan de manera que los resultados de dichas acciones conducen a establecer ámbitos donde su influencia económica, política, cultural o estratégico-militar, se hace más o menos visible.

Las areas de influencia constituyen una dimensión más o menos opaca del juego de las relaciones internacionales, más fácilmente discernibles por las conductas de los actores, que por la retórica con la que justifican dichas conductas.


Autonomía, interdependencia
y dependencia


La asimetría existente en la realidad de los procesos políticos, económicos y culturales en el orden internacional y en las relaciones geopolíticas, constituye un dato estructural básico, para comprender las relaciones entre los actores de la escena internacional.

En un contexto real de asimetría, cada actor o unidad política tiende natural y espontáneamente a obtener la máxima cuota posible y sustentable de autonomía en su provisión de recursos, con respecto a las demás unidades políticas.

En realidad la estructura de las relaciones geopolíticas en el mundo contemporáneo tiene lugar dentro de un contínuum que va desde la autonomía absoluta y total hasta la dependencia absoluta y total, situándose la condición de interdependencia en el punto intermedio entre ambos. Cada actor o unidad política se desplaza a través del tiempo y en el espacio geopolítico, tendiendo a integrar entre sus intereses vitales, la búsqueda de la máxima autonomía posible y alcanzable y, correlativamente, a reducir la dependencia que pudiera afectarle respecto de otras unidades políticas con las que se relaciona.

La dualidad autonomía-dependencia hace referencia a la dotación real y potencial de recursos (de poder, de información, económicos, tecnológicos, energéticos, etc.) que permiten a cada unidad política acceder a las arenas en condiciones que les permitan realizar y lograr sus intereses. MR


REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
Y DOCUMENTALES


Bautzmann, A.: Les Etats Unis et l’espace exogéographique. Paris, 2001. EHSS. CIPRÉS.

Einstein, A.: Sobre la teoría especial y la teoría general de la relatividad. Barcelona, 1997. Editorial Altaya.

Gallois, P. M.: Géopolitique. Les voies de la puissance. Paris, 1990. PLON – Fondation pour les Etudes de Défense Nationale.

Gottmann, J.: The significance of territory. Charlotesville, 1973. The University Press of Virginia

Hall, E.: La dimension cachée. Paris, 1989. Ed. du Seuil.

De Mattos, C., Hiernaux, D., Restrepo, D.: Globalización y territorios. Impactos y perspectivas. Santiago, 1998. Fondo de Cultura Económica.

Raffestin, C.: Pour une géographie du pouvoir. Paris, 1980. Ed. Litec.
Sabine, G.: Historia de la teoría política. México, 1989. FCE

NOTAS Y REFERENCIAS.

[1] Sabine, G.: Historia de la teoría política. México, 1989. FCE.
[2] Definimos como actor programático, a aquel individuo, grupo o institución que actúa en el espacio, en el tiempo y en el territorio, a partir de un programa, de una vision del espacio y el tiempo, de una voluntad más o menos explícita, de un proyecto.
[3] Bautzmann, A.: Les Etats Unis et l’espace exogéographique. Paris, 2001. EHSS. CIRPES, p. 1.
[4] Einstein, A.: Sobre la teoría especial y la teoría general de la relatividad. Barcelona, 1997. Editorial Altaya, pp. 79-80.
[5]Gottmann, J.: The significance of territory. Charlotesville, 1973. The University Press of Virginia.

ESTADO-NACION, SOBERANIA Y GLOBALIZACION Los dilemas del Estado nacional en la era de la globalización





PROLOGO


Asistimos no solamente a una época de cambios, sino que en realidad estamos presenciando un cambio de época. Cambio de época pleno de desafíos y dilemas, peligros y riesgos, amenazas y oportunidades, en que los Estados nacionales, los actores políticos decisivos de la escena internacional, se enfrentan a nuevos escenarios.

¿Cuáles son las condiciones en las que se está produciendo esta profunda mutación en el sistema internacional?

Podemos interrogarnos sobre estos cambios, tanto desde la perspectiva del Estado nacional y sus atributos de soberanía, como desde la perspectiva de la persistencia y profundidad de las transformaciones que la globalización está ocasionando en una arquitectura internacional construida sobre la base de esos Estados nacionales como actores únicos y preponderantes.

Este ensayo –como una contribución intelectual y teórica- tiene por objeto reflexionar críticamente en torno a estos cambios, desde una perspectiva multidisciplinaria, a la luz de algunas categorías de análisis de la Ciencia Política, las Relaciones Internacionales, la Teoría Estratégica y la Geopolítica.

Manuel Luis Rodríguez U.

Punta Arenas (Magallanes), verano de 2006.


EL PARADIGMA DE WESTFALIA:
ESTADOS IGUALES, MONARCAS ABSOLUTOS
Y SOBERANIA TOTAL


Podemos denominar como el “paradigma de Westfalia” en el marco de la tradición intelectual de Occidente, a los Tratados firmados entre las principales potencias europeas en 1648 (siglo XVII) en Westfalia donde, se adoptaron dos principios duraderos en las relaciones internacionales: el principio de la igualdad jurídica de cada uno de los Estados como criterio básico para sus relaciones con los demás Estados; y el principio del equilibrio de fuerzas, según el cual las potencias desarrollaban sus políticas de poder en la escena internacional de manera de evitar que una de ellas adquiera un poder extremadamente fuerte con respecto a las demás. ([1])

Según estos criterios de ordenamiento internacional, cada Estado constituido gozaba de la prerrogativa del reconocimiento de la igualdad jurídica de los demás Estados del sistema, mientras que el equilibrio de fuerzas apuntaba a impedir que uno de los Estados alcance un poderío incontrarrestable para el resto de las naciones del sistema. No obstante la importancia histórica trascendental de estos Tratados, que lograron sustituir con el tiempo los factores religiosos y dinásticos de las guerras, no lograron asegurar el equilibrio estratégico o militar en Europa, de manera que los siglos XVIII, XIX y XX, vieron surgir en el viejo continente, conflagraciones bélicas de una creciente capacidad desvastadora.

A las nociones de igualdad jurídica y de equilibrio de fuerzas entre los Estados, se sumaron bien pronto las diferentes teorías de la soberanía que desarrollaron alternativamente Bodin, Grottius, Hobbes y Rousseau, entre otros.

Los Estados nacionales de “primera generación” –aquellos constituidos en los siglos XVI y XVII y que cristalizaron en torno a la Revolución Francesa, se configuraron sobre la base de una doble arquitectura institucional: mientras por una parte, se formó un poder monárquico-dinástico absoluto y personificado en la autoridad del rey, se constituyeron las instituciones estatales de la administración y el ejército, las que culminaron el pleno dominio y control territorial sobre el espacio sometido a una sola jurisdicción soberana, por otra parte, la centralización de la burocracia, de la educación y del idioma, intentó borrar las particularidades regionales y locales (comunas y burgos) heredadas de la primera época feudal.

Los Estados que resultaron de este largo proceso de cristalización institucional fueron el producto de una evolución nacional de varios siglos de duración. En aquellos casos (Inglaterra, Francia, Alemania, España, por nombrar a los más conocidos y emblemáticos), primero se configuraron y cristalizaron las naciones –como entidades culturales, demográficas y territoriales y después, sobre ellas se construyeron los Estados nacionales. La mayor parte de los Estados absolutistas europeos del siglo XVII y XVIII -con la notable excepción de Alemania e Italia que acceden a la unidad nacional durante el siglo XIX- obedecen a este patrón de evolución.

Los Estados de primera generación entonces, nacen a la vida moderna como Estados absolutistas, dotados de una soberanía casi sin límites. Como dirá J. Bodin (1530-1596) en “Los Seis Libros de la Republica”: “La república es un gobierno recto de muchas familias, y de lo que a las mismas es común, con poder soberano.” Para Bodin la validez propia del Estado reside en su última determinación, en la soberanía. Ésta la concebía Bodín sin límites, excepto los impuestos por la ley de Dios o de la naturaleza. En la concepción de soberanía del siglo XVI, el poder absoluto y soberano del Estado no son un arbitrio incondicionado, porque tiene su norma límite en la ley divina y natural, norma que le viene de su fin intrínseco, la justicia. No existe poder soberano donde no hay independencia del poder estatal de todas las leyes, y capacidad de hacer y deshacer las leyes.

T. Hobbes (1588-1679) dirá, por su parte, en el “Leviathan”, que el Estado surge entonces como el resultado de una convención colectiva que instituye una autoridad política pública única que se basa en un principio de soberanía todopoderosa, y consiente en obedecer las leyes civiles y las decisiones que impone ese poder instituído que encarna la soberanía. En la medida en que la cuestión política del buen acuerdo y de la paz civil en la república está solucionada, los sujetos pueden entonces dedicarse libremente a aquellas actividades que mejor sirvan a sus intereses particulares. La soberanía como concepto -en la transición del siglo XVI al XVII- sigue siendo un atributo absoluto de cada Estado y de su monarca.

J.J. Rousseau (1712-1778) a su vez, define la soberanía en “El Contrato Social” indicando que la voluntad general determina los caracteres esenciales de la soberanía: ella es inalienable, indivisible, infalible y absoluta: “... digo por lo tanto, que la soberanía, que no es más que el ejercicio de la voluntad general, no puede alienarse jamás y que el soberano, que no es más que un ser colectivo, no puede ser representado más que por sí mismo: el poder puede transmitirse, pero no la voluntad.” Estos rasgos o caracteres esenciales –definidos en el siglo XVIII por Rousseau- continúan hoy siendo argumentados en relación con la soberanía de los Estados nacionales contemporáneos.

La soberanía era en consecuencia, uno de los atributos esenciales y constitutivos del Estado moderno, resultado de una larga evolución histórica e institucional, esbozada desde Westfalia a mediados del siglo XVII y refrendada en el Congreso de Viena de 1815.

El propio Andrés Bello, acaso el primer pensador latinoamericano en abordar la cuestión de la soberanía, escribía en su “Derecho Internacional” en 1832: “la independencia de la nación consiste en no recibir leyes de otra, i su soberanía en la existencia de una autoridad suprema que la dirije i representa. El poder i autoridad de la soberanía se derivan de la nación, si no por una institución positiva, a lo menos por su tácito reconocimiento i su obediencia. La nación puede transferirla de una mano a otra, alterar su forma, constituirla a su arbitrio. Ella es pues, orijinariamente el soberano.” ([2])

Cabe subrayar que la centralización del Estado se hizo no solamente a costa de las antiguas identidades regionales y locales, sino también sobre la base de la estructuración de dos aparatos institucionales de amplia capacidad territorial: la administración burocrática, el funcionariado de las aduanas e impuestos, los ministerios y juzgados, y la formación de los primeros ejércitos verdaderamente nacionales y modernos, sobre una base territorial, tanto de reclutamiento como de organización y despliegue.

En definitiva, los Estados nacionales se vieron conferidos de un poder autónomo e independiente prácticamente incontrarrestable, al interior de sus fronteras. No puede olvidarse que la soberanía como construcción teórica con derivaciones jurídicas y políticas, estaba basada en la premisa de la intangibilidad de las fronteras, entendidas éstas como límites físicos, políticos y jurídicos absolutos.


EN LA ERA
DEL IMPERIO UNIPOLAR


Probablemente el primer concepto que debemos intentar comprender a la hora de analizar los impactos originados en los procesos y tendencias globalizadoras sobre los Estados nacionales, es que la globalización forma parte de una época histórica determinada, que constituye una fase determinada del desarrollo capitalista mundial y de que no se trata de una tendencia definitiva ni irreversible.

El segundo concepto es que los Estados nacionales, organizados y estructurados conforme a la lógica territorial de las soberanías absolutas que se corresponden a lo que podría denominarse el “paradigma de Westfalia”, no han caducado definitivamente sino que se encuentran amenazados por un conjunto de tendencias centrífugas que ponen en tela de juicio su capacidad de adaptación a los nuevos escenarios internacionales.

Asistimos por lo tanto, no solo a una reformulación –en ciertos casos, dramática- de los términos de referencia teóricos, políticos y geopolíticos que caracterizan a los Estados modernos y a las naciones que les dan fundamento, sino que además esta redefinición estatal-nacional tiene lugar hoy, a principios del siglo XXI, en un contexto mundial caracterizado por la reformulación de la arquitectura internacional en los planos político, económico y estratégico.

El orden mundial que se está estructurando en estos primeros años del siglo XXI, constituye el resultado aun inacabado de tendencias profundas que venían incubándose desde la etapa final del ciclo de la disuasión bipolar (1945-1990) y que ahora hacen eclosión, dando orígen a un escenario internacional caracterizado por la unipolaridad y la incertidumbre.

En el marco de este ensayo, es posible sostener la hipótesis de que al instalarse el sistema unipolar y amplificarse la tendencia globalizadora -desde la década de 1990- se puso virtualmente término al orden internacional basado en el “paradigma de Westfalia”, dando paso a una fase del desarrollo mundial de transición desde un esquema bipolar a un esquema unipolar, mientras se generan las condiciones estructurales de redistribución de las hegemonías que podrían configurar un esquema multipolar.

Si el orden bipolar que caracterizó el sistema internacional entre 1945 y 1990, se caracterizaba por su predecibilidad relativa y por la redistribución de las hegemonías en función de la adhesión-rechazo a un sistema de bloques político y estratégicos mutuamente excluyentes, y en el que los Estados nacionales se veían obligados a adherir a una de las esferas de influencia en que se dividía el mundo, el nuevo orden unipolar, se caracteriza por su creciente y variable impredecibilidad, por una redistribución cada vez más asimétrica de las hegemonías, por la ausencia de límites claros en torno a las “esferas de influencia” y por la multiplicación y complejización de los factores de conflicto y los riesgos de amenaza.

Los Estados nacionales se ven imducidos hoy a operar internacionalmente, sobre la base de escenarios e hipótesis de mayor complejidad y de menor predecibilidad que durante la guerra fría. Desaparecidos o relativizados los viejos factores ideológicos en que se fundaban los conflictos de la época bipolar, los Estados nacionales se vuelven hacia las anteriores amenazas y percepciones de amenaza originadas en disputas territoriales, en factores ambientales, en amenazas asimétricas diversas y complejas, en tensiones culturales, comerciales o religiosas que parecían sobrepasadas y superadas anteriormente.

Asistimos a la era del imperio unipolar.

El mundo del imperio unipolar es –sin lugar a dudas- mucho más inseguro, más conflictivo y conflictuado y mucho más incierto e impredecible que hace veinte o treinta años atrás.

Otro de los rasgos distintivos de la nueva era, es que el imperio tiene la potencialidad de organizar el sistema internacional conforme a sus propios criterios políticos, estratégicos y geopolíticos, disminuyendo considerablemente el margen de maniobra de los otros grandes actores internacionales, en virtud precisamente de la brecha tecnológica que le asegura el dominio estratégico asimétrico a escala planetaria.

Al igual que el anterior referente imperial occidental –el imperio romano- el actual imperio global, sin embargo, no dispone de la totalidad de la autonomía militar y estratégica que le permitiría tomar decisiones y actuar sin considerar el peso específico de otras potencias mundiales, pero si tiene una importante capacidad ventajosa para intentar actuar unilateralmente postergando esas consideraciones.

Los centros de decisión del sistema internacional, también se han multiplicado y han dado orígen a nuevas polaridades, esferas de acción y arenas de controversia, de manera que a diferencia del anterior orden bipolar en que la influencia de las decisiones adoptadas en Moscú o en Washington, tenía una considerable fuerza coercitiva e imperativa sobre sus respectivas zonas de influencia o “campos”, ahora prevalece un escenario internacional en el que múltiples arenas se disputan la capacidad de disponer y ordenar el comportamiento de los distintos actores del sistema.

Aún así, asistimos a la gradual configuración de un sistema-planeta. Un orden internacional abierto, en proceso de configuración ([3]), cada vez más interconectado e interdependiente, susceptible de funcionar en el horizonte de una o dos décadas más, como un sistema estructurado y jerarquizado a partir de una multiplicidad cada vez más compleja de actores, intereses y arenas.


GUERRAS Y SOBERANIAS:
¿EL FIN DEL PARADIGMA CLAUSEWITZIANO?


La guerra, como fenómeno omnipresente en la escena internacional y que toca centralmente a las soberanías nacionales y estatales, se encuentra también cuestionada en sus concepciones tradicionales, como consecuencia de la tendencia hacia la globalización.

Clausewitz –el gran clásico de la estrategia moderna- había concebido la guerra como un fenómeno fundamentalmente estatal, interestatal para ser más exactos. Escribe Clausewitz al respecto: “más adelante, cuando examinemos el plan de una guerra, consideraremos con mayor detenimiento lo que significa desarmar un Estado, pero ahora deberemos diferenciar enseguida tres cosas que, como tres categorías generales, incluyen todo lo demás. Son las fuerzas militares, el territorio y la voluntad del enemigo.” ([4])

En el examen de los medios y de los fines de la guerra, es decir, de su definición fundamental, Clausewitz piensa la guerra como un evento, una serie de enfrentamientos pensados y localizados en un territorio determinado. El teatro de la guerra clausewitziana es básicamente un teatro geográfico, acotado por las coordenadas de anchura, extensión, altura y profundidad. Clausewitz se afirma en la necesidad de no perder de vista jamás las relaciones predominantes de los Estados beligerantes. Los intereses que con ellos se relacionan formarán un centro de potencia y movimiento que arrastra todo lo demás. Es contra este centro de gravedad contra el que debe ser dirigido el choque colectivo de todas las fuerzas.

Dentro de esta lógica Clausewitz piensa la guerra, en la que sus objetivos generales se orientan a tres dimensiones: las fuerzas militares, el país y la voluntad del enemigo.

Las fuerzas militares enemigas deben ser anuladas, esto es puestas en tal estado que no puedan continuar la lucha. El país debe ser conquistado, pues con el se podrían formar nuevos elementos de combate. Conseguidos estos dos extremos –siempre en la concepción clausewitziana- la guerra, esto es la tensión hostil y la acción de medios hostiles, no puede creerse que hayan cesado mientras la voluntad del enemigo no sea violentada, es decir, sometidos su Gobierno y aliados a firmar la paz o subyugados los pueblos.

Ahora bien, la nueva racionalidad estratégica de la potencia imperial hegemónica, no se apoya más sobre una representación del ejercicio del poder mundial mediante el despliegue de “bienes públicos” sometidos a soberanías estatal-nacionales (tales como la seguridad militar o la estabilidad económica), sino sobre la base de una representación de la organización global de espacios sociales mediante la optimización de los factores tecnológicos de control. Cada segmento del sistema global (Estados, regiones de Estados, etc.) solo resulta garantizado en su “seguridad global” en la medida en que se inserta adaptándose al esquema global de seguridad definido y construido por el imperio. Podría llamársele “la paradoja del paraguas”: algo así como “si estás bajo mi paraguas, te mojas, y si estás fuera de mi paraguas, te llueve...”

Ahora la nueva racionalidad geopolítica del imperio americano no se circunscribe al sentido político del espacio –como lo describía Ratzel en la desusada geopolítica de principios del siglo XX- sino a un sentido estratégico de la dominación en el que el territorio no es más que uno de los datos –reales y virtuales- del ejercicio de la dominación y de la posibilidad de la guerra. La dominación que permite prevalecer en la guerra, está sucediendo antes que la guerra suceda: hay ahora un dominio de la territorialidad sobre la base de un despliegue multifuncional de redes y vectores de potencia que escapan a los parámetros físicos del territorio.

Los nuevos sistemas espaciales de dominación (infraestructuras logísticas, medio ambiente, corrientes de inversión, estructuras jurídicas, intercambios virtuales cotidianos, horizontalidad de la circulación informacional) acontecen en realidad “por encima y por debajo” de los parámetros materiales del Estado y su soberanía territorial: el Estado Nación deviene así solo un sub-sistema dentro de un constructo estratégico global. Los teatros de la guerra son no solamente espacios de representación, sino que también implican nuevas representaciones del espacio.

La esencia del cambio estratégico al que asistimos opera en el contexto de profundos cambios sociales, culturales, políticos, económicos y estratégicos engendrados por la globalización y la revolución de la información. Estos cambios se están traduciendo en una multiplicación de los actores estratégicos que pueden, o ser obstáculos para la acción de los Estados o ser mecanismos conectados y asociados a la acción estatal. Pueden ser entonces actores infra-estatales potencialmente transnacionales y transfronterizos; puede tratarse de firmas transnacionales, instituciones, regímenes supra-nacionales, regionales o internacionales, autoridades morales, redes humanitarias, medios de comunicación en red, etc. El deterioro virtual y real de las fronteras geográficas y sistémicas (entre lo público y lo privado, entre lo civil y lo militar, entre lo nacional y lo extranjero...) tiende a “reblandecer” la santuarización de los territorios y extiende a su vez, el alcance y las formas de manifestación de la violencia.

Al mismo tiempo que se produce la transnacionalización de los actores internacionales, de las vulnerabilidades, de los riesgos, amenazas y conflictos, la santuarización de los territorios deviene inútil, se instalan –gracias a los avances tecnológicos en que se apoya la globalización- capacidades globales para ejercer el poder espacialmente organizado para asegurar el control sobre todos los territorios, mediante la vigilancia, al tiempo que se ponen en funcionamiento los múltiples mecanismos de la virtualidad en el ciberespacio o a través de la dimensión invisible del C3D2 ([5]), de manera que las dimensiones estratégicas, operacionales y tácticas tradicionales resultas obsoletas por el uso cada vez más intensivo del “tiempo real”, anulando de hecho la profundidad estratégica de la distancia.

La revolución de la información ha generalizado el acceso a la sofisticación tecnológica al mismom tiempo que ha multiplicado las vulnerabilidades. En el plano estratégico, mientras el dominio informacional del imperio permite sistematizar el control del mundo, en el plano estrictamente militar, aquel dominio se transforma en el paradigma central del proceso de control de la violencia.

Llevado hasta sus formas más refinadas, el dominio informacional del imperio asegura la ubicuidad en el posicionamiento de las fuerzas, garantiza la vigilancia y la alerta situacional, asegura la velocidad del despliegue, la sincronización de diversos dispositivos. La organización del combate se materializa y virtualiza en redes informacionales sinérgicas e integradas y se produce en torno al parámetro de la compresión del tiempo y del espacio. Las tecnologías de la información aportan ahora los medios del conocimiento y el reconocimiento que pueden permitir la vigilancia en tiempo real de los teatros, reduciendo los tiempos de despliegue, de la maniobra táctica, del acceso a las zonas de combate y del apoyo logístico, así como para asegurar la conexión permanente entre las fuerzas en combate y las bases de apoyo.

Las dimensiones espaciales
o territoriales de la guerra


Como sabemos, el espacio en la guerra, es decir el espacio bélico y estratégico, es algo más que el simple espacio geográfico o el territorio marítimo. Los planes de la guerra utilizan las características oceanográficas y climatológicas del territorio, del espacio o del mar como datos o “accidentes del terreno”, en función de sus propias exigencias estratégicas, operacionales y tácticas.

Por lo tanto, el concepto global de la guerra, es decir, la concepción estratégica de la guerra en cualesquiera terreno o espacio físico, determina la unidad, la profundidad y la propia orientación del espacio estratégico.

Para la guerra, no existe espacio neutral, sino que todas las combinaciones tácticas y operacionales son posibles en todas las dimensiones físicas del territorio como teatro: superficie, alturas, atmósfera, profundidades, espacio, borde costero, campo electromagnético.

En consecuencia, el espacio estratégico no es el resultado mecánico de una suma matemática entre los datos geográficos y oceanográficos y las posibilidades militares, sino que el espacio precede a la conceptualización estratégica, de manera que en función de sus exigencias y posibilidades, el terreno de acción puede extenderse o limitarse, y también pueden modificarse los instrumentos militares a utilizarse y el grado de intensidad del propio esfuerzo bélico.

Un concepto crucial para entender los roles estratégicos del espacio en la guerra, es la noción de cálculo. El estratega, en función de las directrices políticas que presiden la guerra, procede permanentemente a un juego dialéctico de estimaciones, percepciones y pronósticos, lo que produce una concepción del propio “juego estratégico” y del “juego del adversario”, y cuyos resultados - a la vez, finales y provisorios- son los cursos de acción.

El espacio (aéreo, terrestre, marítimo) como teatro de la guerra, es previamente, medido, dimensionado, delimitado, calculado, es decir, es objeto de cálculo estratégico, para que pueda ser utilizado en la forma más eficaz por las fuerzas propias, y de manera también de impedir o dificultar su uso por las fuerzas enemigas. El cálculo estratégico hecho sobre el espacio de la guerra, sin embargo, siempre es una conjetura, una aproximación intelectual que se enfrentará a la realidad, y se calibrará en su calidad y sus defectos, solo en la prueba de fuego de la batalla y de la maniobra.

El cálculo estratégico ordena el espacio estratégico y los teatros que lo integran, en función de un punto único y central: el centro de gravedad. Este lugar es calculable, y es el punto de equivalencia, en el que el poder político y su instrumento el poder bélico, concentran la capacidad disuasiva y la potencia destructora de las fuerzas armadas. El centro de gravedad -como se verá más adelante- es el objetivo único y central de la ofensiva y del ataque, y resorte último de la actitud defensiva, y permite determinar conceptualmente y al mismo tiempo, las fuerzas que van a ser puestas en juego (o en presencia) en un teatro, y el espacio donde ejecutarán la maniobra y sus combinaciones.

De este modo, el espacio estratégico no es una realidad concreta que se confrontaría con el concepto estratégico de la guerra en algunos de los espacios o teatros donde ella se produce realmente, o dominaría sobre éste. En realidad, es el concepto estratégico (con sus derivaciones operacionales y tácticas) el que articula el espacio como teatro de la guerra, es decir, como teatro bélico, según se pudo estudiar anteriormente.

Finalmente, no debe olvidarse que todo espacio susceptible de devenir en teatro de la guerra, de las operaciones o de la batalla, está dotado de profundidad estratégica, y que es el ámbito geográfico percibido y calculado para la ejecución de la maniobra.

En las condiciones de la globalización en curso, sin embargo, el espacio estratégico ha hecho implosión: no hay límites, no hay dimensiones, no hay territorios cerrados o santuarizados, no hay fronteras. En resúmen, desaparece, se esfuma la invulnerabilidad de las fronteras geográficas y a través de la satelización de la información cartográfica, los límites del espacio estratégico -al mismo tiempo- se expanden (para el eventual atacante o agresor potencial) y se encogen (para el eventual agredido).

La info-dominación estructura e instala nuevas formas de asimetría y resulta asegurada por el contínuo despliegue de redes satelitales, “desnuda” y vulnerabiliza el espacio geo-estratégico al ponerlo a disposición del público, al “horizontalizar” la circulación y el acceso a la información susceptible de servir a los fines de la guerra, de la apreciación de inteligencia o del cálculo estratégico.

En definitiva, la globalización puede ser comprendida también en sus efectos sobre la soberanía y la dimensión estratégica, como una determinada representación del espacio. Es lo que se analiza en los dos apartados siguientes.


Las dimensiones temporales
de la guerra


El tiempo es una dimensión estratégica que reviste una significación aún mayor que el espacio, en el ámbito de la guerra.

La guerra en general -como lo ha subrayado Clausewitz- no consiste en un sólo golpe dado sin referencia a su duración, sino que consiste -en la práctica más objetiva y concreta- en una sucesión más o menos concatenada de maniobras, desplazamientos y combates (terrestres, aéreos, navales, submarinos, anti-submarinos, aero-navales, aero-terrestres, o de guerra electrónica) los que conceptualmente asumen la forma de una secuencia temporal contínua de acciones de guerra.

La guerra crea su propio tempo, su propio ritmo, su propia secuencia de eventos. Siempre dentro de la concepción clausewitziana, se afirmab que la duración en el tiempo estratégico, es originada por la acción del bando que se encuentra en la postura defensiva.

Esto se traduce en la noción de que el ritmo de la guerra es impuesto preferentemente por la postura estratégica defensiva, la que tiende a retardar la decisión mientras acumula fuerzas y recursos, desvía los golpes o se prepara para la contra- ofensiva, mientras que el bando o contendor que se encuentra en una postura estratégica ofensiva, actúa urgido por la celeridad del impulso, trata de acercar el momento de la decisión, y se despliega en el teatro con todas o con las mejores de sus fuerzas.

Aquel que responde el ataque, es decir, el defensor no solamente es el primero en crear la dualidad propia del combate o la batalla (el enfrentamiento entre dos fuerzas adversarias enfrascadas en la guerra), sino que además, tiene la posibilidad de definir inicialmente el grado de intensidad con que se desencadenará la batalla. El tiempo como noción estratégica, generalmente actúa ordenado y articulado por la defensiva. El defensor “tiene tiempo” para elegir lugar y momento de la decisión.

Siempre hay que tomar en cuenta que existe una usura progresiva de la postura y del esfuerzo ofensivo, hasta que el enfrentamiento llega a su punto culminante y las fuerzas del defensor pueden acrecentarse gradualmente hasta convertir la contra- ofensiva en una ofensiva estratégica. En la guerra en general, y en su concepto estratégico, si la ofensiva no produce una decisión rápida, inmediata y fulminante, el tiempo comienza a jugar en su contra y en favor de la defensiva. Las fuerzas defensivas o en postura defensiva, fijan la equivalencia de la Política y de la Estrategia, porque la encrucijada del enfrentamiento es el propio centro de gravedad en el espacio bélico, y allí el defensor hace actuar y puede explotar más eficazmente el factor tiempo, a condición que el concepto estratégico lo integre.

Es necesario considerar además, desde una perspectiva realista, que los tiempos de decisión en el desarrollo objetivo de la guerra y de la batalla, están tendiendo a disminuir cada vez más, originando no sólo una creciente tensión psicológica en los núcleos humanos de mando y de dirección de combate, sino que alterando la propia noción de tiempo durante la batalla, la que parece reducirse ahora a escasos minutos de concentración e intercambio de fuego.

Resulta pertinente aquí poner de relieve la tendencia estratégica, operacional y táctica -cada vez más predominante actualmente- a promover y buscar la velocidad o celeridad en la guerra: celeridad en los despliegues, celeridad en el golpe decisivo, celeridad en la búsqueda de decisión en la batalla, celeridad en la concentración en el centro de gravedad. El tiempo de la guerra, también se mide en términos de celeridad o retardo, de aceleración o de disminución o “ralentización” del ritmo de las operaciones. En las condiciones de la globalización, como se ha visto más arriba, el factor “tiempo real” viene a transformar completamente la perspectiva temporal de la guerra y del cálculo estratégico. Es decir, ahora quién controla los tiempos, puede controlar los espacios.



INCERTIDUMBRE Y ASIMETRIA:
SEGURIDAD Y CONFLICTOS
EN LOS INICIOS DEL SIGLO XXI



De la observación realista sobre la escena internacional, resulta que en los inicios del siglo XXI se están manifestando nuevos desafíos a la seguridad, junto a la pervivencia de antiguos factores polemológicos.

Las amenazas a las que tienen que hacer frentes los Estados nacionales están mutando con inusitada velocidad. En términos generales, asistimos al mismo tiempo, a una complejización de la amenaza y a la multiplicación de los factores de conflicto.

Los numerosos diferendos fronterizos y territoriales pendientes, las fricciones entre grupos étnicos, religiosos o nacionales, el nacionalismo agresivo, las perturbaciones sociales y la incertidumbre frente a los cambios económicos, la inmigración ilegal, las nuevas formas del terrorismo, la extensión del narcotráfico, la criminalidad organizada, así como las amenazas que pesan sobre el medio ambiente, después de muchos decenios de explotación de los recursos naturales y de industrialización incontrolada, son algunos de los factores polemológicos susceptibles de desencadenar conflictos en la actualidad.

Muchas de estas variables tienen un rasgo en común: el que trascienden las fronteras nacionales, de manera tal que la seguridad es más que nunca indivisible. Las fronteras nacionales, las soberanías nacionales aparecen sobrepasadas ante las dimensiones planetarias que adquieren muchos de los nuevos dilemas que deben enfrentar los Estados nacionales en cuanto unidades políticas individuales.

Las consecuencias de las amenazas a la seguridad nacional no pueden ser confinadas, por lo tanto a un solo país, del mismo modo que no existe ninguna organización internacional capaz de tratar por sí sola, todos los aspectos de la seguridad, o de hacer frente y resolver todas las preocupaciones de seguridad de todos los Estados al mismo nivel.

Los cambios que suscita la globalización generan una relativización de las fronteras nacionales de los Estados, lo que cuestiona los conceptos tradicionales de soberanía. En consecuencia, las bases conceptuales y jurídicas de la soberanía e integridad territorial de los Estados, que las doctrinas tradicionales de la seguridad nacional pretendían resguardar frente a ciertas amenazas ideológicas y políticas, están quedando obsoletas, puesto que la propia seguridad no puede continuar siendo entendida como una preocupación exclusiva y excluyente de cada Estado nacional.

Evidentemente la seguridad ha dejado de ser un concepto restrictivamente militar.

La seguridad -como concepto explicativo, como meta política, diplomática y estratégica, y como realidad de las Relaciones Internacionales- ha ido perdiendo su carácter uni-lineal y segmentado, para adquirir gradualmente una forma multilineal y compleja.

No es posible globalizar las economías y los mercados, los flujos financieros y los intercambios tecnológicos, las comunicaciones, la información y la circulación de datos y conocimientos, sin abrir los conceptos de seguridad que dan sustento a la Política, la Diplomacia y la Estrategia de los Estados entre los cuales dicha globalización se produce.

Las doctrinas e ideologías de la seguridad nacional quedaron obsoletas no solamente porque terminó la bi-polaridad que las justificaba, sino porque en un mundo cada vez más interdependiente y abierto como el presente, no es posible confundir la seguridad de la nación con la seguridad del Estado, sin grave riesgo para las libertades y para los sistemas democráticos.

En la actualidad, junto a las preocupaciones nacionales por la seguridad, han emergido dimensiones regionales y globales de la seguridad, que requieren de un tratamiento común y compartido entre los Estados involucrados. Frente a desafíos comunes a la seguridad de las regiones y del mundo entero, hay que enfrentar soluciones comunes, lo que a su vez, debiera alentar la cooperación y la integración, sin perjuicio de que cada Estado nacional desarrolle sus propias modalidades de defensa de su seguridad.

En la medida en que las fronteras (dadas sus características físicas o geográficas), se vuelven más difusas (como si no estuvieran "inscritas ni materializadas" en el espacio físico), y su protección resulta más costosa y aleatoria, los variados desafíos a la seguridad en tierra, en el mar o en el aire, no pueden nunca ser todos resueltos por la acción de un solo Estado.

Los nuevos conceptos de seguridad ponen el acento en la interdependencia entre los problemas que originan la inseguridad, los riesgos y amenazas; resaltan la complejidad de las causas que desencadenan los conflictos; y ponen el acento en las perspectivas de cooperación que ellos suscitan entre Estados vecinos o pertenecientes a una misma región del planeta, sin olvidar que las dimensiones internacionales de la seguridad, resultan de ciertos nudos problemáticos de alcance global y que impactan a numerosos Estados, o al conjunto del sistema-Planeta.

Por otra parte, está la relación entre el poder y la soberanía en la esfera internacional.

El paradigma realista en la Política y las Relaciones Internacionales, se sustenta en la noción de que el poder y la potencia que de él emana, constituye la materia prima fundamental de las relaciones que se establecen entre los actores del sistema internacional.

Cualquiera sea la forma o la modalidad que dicho poder adopte, y en particular bajo su modalidad material y estratégica, el poder debe ser considerado como el contenido primordial, la esencia objetiva de las relaciones entre los Estados y entre los diversos actores que intervienen en la escena internacional.

El poder en la esfera internacional, se traduce en potencia y ésta, en cuanto capacidad para decidir y para actuar con un cierto grado de autonomía, se expresa concretamente en una cierta estructura jerarquizada y asimétrica. El poder está repartido de un modo desigual en la esfera internacional, generando una suerte de pirámide del poder y la potencia en la esfera política y estratégica: el balance de poder.

Este poder, a su vez, como condición material y simbólica, se constituye en un referente instrumental básico para ciertos requisitos o aspiraciones que cada actor internacional promueve y defiende en la esfera internacional. Estas aspiraciones son los intereses.

Cada vez es más evidente que la estructura del poder internacional no es ni fija ni definitiva, sino que evoluciona en función de las modificaciones que experimenta la cuota de poder de cada actor. Aún al interior de una diferenciación asimétrica entre los actores del sistema, se generan formas de intercambio y de interlocución que disminuyen las posibilidades de los comportamientos autárquicos, y que, por el contrario, estimulan la interdependencia.

El sistema internacional opera como una estructura asimétrica, desigual, jerarquizada, estructuralmente desigual y funciona dinamizado por una red de interdependencias complejas y abiertas.

Esto significa que el poder en la esfera internacional opera bajo la forma de una estructura, de un sistema interdependiente e interpenetrado de relaciones de poder, y las propiedades estructurales del sistema de poder internacional existen en cuanto se trata de formas de conducta política, diplomática y estratégica, que se producen y se reproducen “inveteradamente” a lo largo de un prolongado período de tiempo y sobre diversas escalas simultáneas, y en particular sobre una escala global y continental.

Esto implica que la estructuración de las instituciones en la esfera internacional, a partir de las relaciones de poder que se tejen en ésta, hace referencia a actividades políticas, diplomáticas y estratégicas que se prolongan en el tiempo y se manifiestan sobre ciertas arenas de la política internacional.



LA GLOBALIZACIÓN
DESDE UNA PERSPECTIVA GEOPOLÍTICA


Los soportes de la globalización


Los procesos globalizadores son posibles gracias a la articulación de un marco de soportes materiales, que se combinan con los soportes ideológicos que la justifican e impulsan.

Estos soportes materiales son a lo menos tres:

a) las cada vez más amplias y diversificadas redes satelitales de información y de intercambio, las que tienden a virtualizar los mercados y los flujos de bienes y servicios, sin reemplazar su materialidad;
b) los sistemas informáticos de archivo, tratamiento, manipulación y transferencia de data, conocimientos e información, que se ven reforzados por la expansión exponencial de su acceso y uso y por la miniaturización de los artefactos y soportes;
c) las redes financieras, bancarias y bursátiles, que permiten fluidizar, agilizar los movimientos e intercambios de capitales, de plusvalías, a través de las antiguas fronteras nacionales y continentales, ampliando la escala –y el tiempo espacio- de los flujos de capital y concentrando su acumulación desigual.

Visto desde este punto de vista, la globalización opera sobre la base de una formidable estructura satelital de redes informáticas, que aceleran los intercambios, relativizan las fronteras, cuestionan las soberanías y dejan obsoletos los marcos legales nacionales.

Veamos la cuestión desde la perspectiva einsteniana del espacio-tiempo: mientras los espacios geo-económicos tienden a expandirse en alcance y escala y a reducirse en velocidades de desplazamientos (de bienes, de capitales, de personas, de servicios), los tiempos de intercambio van disminuyendo hasta el punto de la instantaneidad, de la virtualidad inmediata. Desde el punto de vista económico mientras se multiplican los intercambios, se concentran los flujos hacia los centros económicos de poder global, se aceleran y se acortan los tiempos entre el diseño, la producción y el consumo, entre la compra y la venta.

La globalización en cuanto forma actual de expansión del capitalismo es debida esencialmente a un conjunto de mutaciones tecnológicas que permiten la rápida transferencia de capitales y la gestión industrial flexible; a la extensión de las redes de inversores y firmas comerciales establecidas por las firmas transnacionales y globales; al desarrollo creciente de bloques comerciales regionales apuntando a crear economías continentales de escala; a los avances en las negociaciones sobre la liberalización del comercio internacional; a la liberalización de las economías en vías de desarrollo y suministradoras de materias primas.

Pero, la globalización no es solamente una mundialización del sistema capitalista debido a la transnacionalización del capital, la circulación acelerada de los productos y a la deslocalización de la producción; es además, una forma actualizada de invasión del campo social por el capital, mediante la normalización de las redes económicas, a la mercantilización de los servicios, de la ciencia y de la cultura y en particular, a través del surgimiento de nuevos centros de poder geo-económicos no estatales y no territoriales, favorables a la acción expansiva de las corporaciones globales, centros de poder hegemónico que tienden a emanciparse de la tutela de los Estados y las soberanías nacionales.

Desde una perspectivca estratégica, habría que decir que la globalización es una mutación de las escalas y de las identidades estratégicas, ya sea en la esfera del conflicto militar o económico; representa la erosión de la escala y el contenido de la soberanía de los Estados en beneficio de la soberanía de las empresas y los mercados. ([6])

La perspectiva geopolítica moderna, permite comprender la tendencia globalizadora como un fenómeno que se inserta y hace uso del marco de relaciones espaciales y territoriales de poder preexistentes en el orden mundial, produciendo en ellas una transformación funcional a los fines e ideologías que la sustentan.

La asimetría estructural que ha existido en las relaciones económicas, políticas y culturales del sistema capitalista mundial, se ha trasladado al interior del proceso globalizador, constituyendo a éste en una nueva fase en la evolución histórica del sistema.

Esta asimetría básica, estructura las relaciones económicas a escala mundial, de regiones-continentes y de cada economía nacional, funciona a través de redes corporativas e institucionales, reales y virtuales, dentro de determinados espacios-territorios, estudiados, planificados y operacionalizados bajo la forma de mercados, es decir, de espacios geo-económicos.

Como se analiza más adelante, la asimetría estructural que caracteriza al sistema capitalista mundial actualmente en funcionamiento y de la que hace uso la globalización, constituye el punto de partida del cual parte cada economía individualmente considerada para insertarse –o verse arrastrada- a la tendencia globalizadora.

Desde un punto de vista geopolítico puede definirse la globalización como una tendencia profunda del desarrollo económico, tecnológico y cultural en la sociedad contemporánea que opera en la forma de redes de intercambios y flujos materiales y no-materiales sobre determinados espacios geo-económicos.


Redes, espacios,
territorios y escalas


Desde esta perspectiva, la globalización se inserta en el sistema económico mundial mediante redes que operan a escala de ciertos espacios geo-económicos, es decir, territorios jerarquizados y estructurados en función de los recursos económicos y tecnológicos de que disponen.

Cada espacio geo-económico así, es una configuración territorializada de recursos, redes y líneas de intercambio y relaciones de poder, una malla a escala de ciertos intercambios económicos e instalada en territorios. Mallas, líneas y territorios, se articulan en función de los intereses corporativos o estatales, para facilitar los intercambios.

Las relaciones económicas globalizadas operan sobre una configuración territorializada de recursos (tecnológicos, informáticos, financieros, humanos), sobre una compleja red de redes y líneas (comunicacionales, de transporte, informacionales, de navegación, etc.) cuya función central es operar los intercambios y materializar las relaciones de poder, configurándose así una compleja malla a escala de ciertos intercambios económicos e instalada en territorios. Mallas, líneas y territorios, se articulan en función de los intereses corporativos o estatales, para facilitar los intercambios.

El territorio de estas relaciones geo-económicas se apoya sobre una multiplicidad de espacios –y sus diversas escalas- aunque no son solamente espacios materiales, puesto que existen también espacios virtuales que la globalización hace suyos.

Siempre desde una perspectiva geopolítica, entendemos que los espacios geo-económicos o los territorios de mercados constituyen una producción a partir de una determinada realidad económica y socio-cultural, lo que implica el establecimiento de relaciones de poder. Así, en definitiva “la producción de espacios geo-económicos, por todas las relaciones que pone en juego se inscribe en un campo de poder, del mismo modo como producir una representación del espacio es ya una forma de apropiación, una tentativa de control y de dominio”. ([7])

La forma principal de los espacios geo-económicos en los que opera actualmente la globalización son los mercados; más bien, los mercados son la dimensión espacial más importante y significativa de los procesos e intercambios que realizan los actores de la globalización.

La globalización modifica estructuralmente las escalas de los intercambios y del ejercicio del poder. En su esencia última y real, la globalización es un problema de dimensiones, de escalas, de amplitud de espacios o territorios. Mediante las herramientas de la globalización, se produce una mutación profunda en los campos de poder que constituyen la escena internacional.

Así entonces, ¿qué duda cabe que en el contexto de la globalización, las decisiones estratégicas que determinan la arquitectura política mundial actual y futura no se están adoptando a la escala de Estados naciones individualmente considerados, sino que de escenarios continentales o globales? ¿Son los Estados nacionales hoy realmente los actores políticos soberanos por excelencia en la escena internacional?

La globalización se instala en los espacios geo-económicos (sistema-planeta, continentes, grupos de países, economías nacionales, regiones de países, etc.) a partir de redes empresariales, corporativas e institucionales cada vez más interconectadas e interdependientes que materializan los flujos de intercambio y que tienden a consolidar la asimetría que separa las relaciones económicas en el mundo de hoy.

El cambio mayor que impone la globalización a las economías y a las empresas-corporaciones, es al nivel de la escala a la que se producen los intercambios y los flujos de productos, bienes, capitales, servicios y otros intangibles. Una vez más, lo que caracteriza a las redes corporativas-empresariales que utilizan la globalización, es la escala geo-espacial a la cual operan y donde se instalan.

La globalización en sí misma, en tanto red de flujos e intercambios reales y virtuales, es una malla de relaciones que opera a escala planetaria, a escala global, aunque incorporando también a sus redes de relaciones de poder y mecanismos de control, la escala continental, subregional, nacional y local de dichos intercambios.

Lo que sucede es que la puesta en marcha de intercambios a escala global, tiende a distorsionar las escala, los contenidos y las dimensiones de las otras escalas “menores” del intercambio económico, en la medida en que tiende a subordinar a éstas con respecto a los flujos globales: la lógica de que el pez mayor se come al pez menor, no es solo una metáfora en este caso; se trata de un mecanismo propio de los procesos de globalización, con un agregado adicional, la lógica subyacente del “pez mayor y el pez menor”: “el pez mayor se come al pez menor, del mismo modo como el pez extranjero mayor se come al pez nacional menor, y como, a otra escala, el pez nacional mayor se come al pez regional o local menor”... y así sucesivamente...

En la globalización, la escala de los intercambios opera como mecanismo estructurado de desigualación y de asimetría, en términos tales que la escala mayor de los intercambios y del acceso a los recursos, avasalla, aprovecha, depreda y predomina sobre las escalas menores.

Por lo tanto, geográfica y espacialmente, la globalización opera como una pirámide, una estructura de pirámide jerarquizada que tiende a configurar económica y culturalmente una diferencia fundamental, estructural, la que –como veremos a continuación- es su propio punto de partida y que se impone sobre las naciones, las regiones de naciones y las localidades.

Hay que subrayar el hecho que el punto de partida de la globalización es la desigualdad, es la asimetría.

La estructura piramidal y asimétrica de la globalización (pirámides de empresas y asimetrías de capitales, pirámides de mercados y asimetrías de recursos...), se articula en cuatro componentes fundamentales:

a) un conjunto de empresas y corporaciones globales (de carácter industrial, financiero y comercial), cuyas estrategias y mercados se planifican a escala planetaria y también a escalas espaciales menores;
b) un conjunto de espacios geo-económicos constituidos en mercados, a diferentes escalas y con diversos niveles de dinamismo;
c) un conjunto de entidades supranacionales cada vez más interdependientes entre sí, y que tiende a configurar la nueva arquitectura económica y jurídica global;
d) un conjunto de instituciones internacionales que tienden a constituir la estructura política global del futuro.

La asimetría caracteriza a estos cuatro subsistemas componentes: son asimétricas las relaciones entre las empresas y corporaciones globales y sus empresas nacionales y locales relacionadas, proveedoras y/o maquiladoras; son asimétricos, desiguales, los mercados, al interior de los cuales con frecuencia los consumidores se ven desprotegidos frente a la omnipotencia del monopolio, del oligopolio y de sus estrategias de marketing, y donde los mercados locales se ven invadidos por la presencia avasalladora de empresas nacionales o redes transnacionales que apuntan a dominar mercados en términos de hegemonía excluyente.

Del mismo modo, es asimétrica en realidad la estructura y la acción de las entidades supranacionales que dominan el proceso globalizador. Entidades internacionales, con diversos grados de institucionalización, como la OMC, el G-8, el Foro Económico de Davos, la APEC, el FMI o el Banco Mundial, operan en realidad como factores institucionales de apoyo a la expansión de las corporaciones globales, por la vía de estimular política, jurídica e ideológicamente el libre comercio y la mayor apertura de los mercados.

La lógica asimétrica de la globalización encuentra su punto culminante en la desigualdad básica que se inscribe en las instituciones internacionales como Naciones Unidas o la OTAN, cuya función estratégica en este nuevo ordenamiento mundial se dirige a otorgar fundamento político y resguardo militar a las tendencias globalizadoras.


Los soportes ideológicos
de la globalización


Pero, la globalización no es solamente una red de redes piramidales, o una tendencia asimétrica del desarrollo contemporáneo, o una estructura mundial de poderes económicos y políticos articulados. La globalización se presenta a sí misma, tiende a presentarse y a justificarse a sí misma, como una realidad ineludible, como un proceso que no tiene vuelta a atrás, como una locomotora a alta velocidad de la que es imposible bajarse.

Es decir, la globalización posee su propia ideología, ella misma opera como una poderosa ideología comunicacional e intelectual, como un pensamiento único, que instala en el espacio público su propio lenguaje neoliberal o neo-conservador, que pone de moda ciertos conceptos (como mundialización, flexibilidad, gobernabilidad, empleabilidad, desregulación, nueva economía, economía del conocimiento, postmodernidad...) y que deja en las sombras del olvido, de la obsolescencia o de la impertinencia a otros conceptos develadores (como capitalismo, poder global, imperio, plusvalía, desigualdad, etc.).

Los riesgos del discurso único que verbaliza esta ideología única o pretendidamente única, residen precisamente en la creencia de que los dogmas de la globalización capitalista en marcha, constituyen artículos de fé intocables, encíclicas absolutas de una “nueva vulgata planetaria” (como dice Pierre Bourdieu) ([8]) y que resulta operar en la realidad social como un delicado, poderoso y sutil tamiz incluyente y excluyente de lo que es permitido o no dentro de la ideología del poder. Foucault dice que “la verdad está ligada circularmente a sistemas de poder que la producen y la sostienen, y a efectos de poder que inducen y la prorrogan. Un régimen de la verdad” ([9])

La ideología de la globalización funciona hoy como una religión inquisidora de una nueva Edad Media, solo que ahora parece estaríamos entrando en realidad en la edad media de la modernidad, ya que presenta y asume sus verdades como dogmas, como la verdad única, incontrastable, absoluta, en la que el dios-mercado sacrifica en su altar virtual las identidades locales, regionales y nacionales, las especificidades humanas, las particularidades identitarias, en nombre de la eficiencia, de la productividad, de las metas estadísticas y de la rentabilidad, sin importar mayormente los efectos individuales en términos de estrés y depresiones, y los efectos colectivos en términos de desigualdad, marginación y acumulación social de frustraciones.

El paradigma de la globalización –cuyos acentos económicos neo-liberales se combinan con el enfoque político neo-conservador- opera como una sutil maquinaria de desmemoriación ([10]) de las historia particulares y de las economías anteriores. Los paradigmas económicos pretéritos del colonialismo interno, de la marginalidad estructural, de la dependencia, de las relaciones centro-periferia, del imperialismo económico y financiero, habrían quedado obsoletos en cuanto ineficaces para responder a los “nuevos desafíos” de la modernidad y la post-modernidad globalizadora.

La liturgia de esta nueva religión única, totalitaria y totalizadora sucede cotidianamente en los mercados; el mercado es el altar sagrado de la globalización, de sus causas y de sus efectos, de sus formas y de sus contenidos; el mercado es el sancta-sanctorum donde se guardan y adoran las tablas de la ley (los tratados de libre comercio, las liberalizaciones aduaneras, las políticas desreguladoras, las prácticas privatizadoras, los códigos empresariales, los Estados subsidiarios).

A este nuevo Baal intocable, se le rinde pleitesía en los medios de comunicación, en todo el espacio público, en las políticas públicas y en la vida cotidiana de las personas: este dios-mercado omnipotente todo lo decide, todo lo ordena, todo lo organiza.

La globalización se presenta a sí misma como “modelo” único, repetible e irreversible, cuando no es más que una etapa, una etapa transitoria de la evolución capitalista mundial, y la imagen comunicacional, esa poderosa mercancía que participa en el proceso de acumulación del capital por la vía de su realización y de su reificación, le sirve como soporte ideológico y virtual.

Dos parecen ser los dogmas constitutivos del nuevo catecismo político-económico: la idea de que el libre comercio constituye la vía principal y privilegiada a través de la cual se lograría el progreso, el crecimiento y el desarrollo; y la noción de que el desarrollo económico, base material del progreso social, resultará después del logro de un crecimiento económico basado prioritariamente en la apertura de los mercados al libre intercambio, sobre la base del uso intensivo de ciertas ventajas comparativas y competitivas.

Lo potente del proceso globalizador consiste, entre otros factores, en que este discurso ideológico se instala en los imaginarios colectivos y en las elites dominantes de las sociedades, sino que además, se inscribe en los territorios y espacios geo-económicos, transformando la totalidad del sistema-planeta en mercados segmentados, que deben obedecer a una lógica única y a patrones de comportamiento económico pre-establecidos.


El dogma del libre comercio
y la apertura de los mercados


Uno de los dogmas fundantes de esta globalización es el del “libre comercio”: el libre comercio permitirá el progreso de los pueblos.

Leemos en el Informe Mundial de Comercio 2003 de la OMC: “La apertura al comercio ayuda a los países a utilizar mejor sus recursos de varias maneras. En primer lugar, el comercio permite a un país especializarse en las actividades productivas que realiza relativamente mejor que otros países y explotar así su ventaja comparativa. En segundo lugar, el comercio amplía el mercado de los productores locales y les permite aprovechar mejor las economías de escala, lo que aumenta los niveles de ingresos y la eficiencia de la asignación de los recursos. Esos efectos se consideran beneficios estáticos resultantes del comercio. El comercio sólo tendrá un efecto positivo de crecimiento a largo plazo si aumenta la tasa de inversión o mejora los incentivos al desarrollo y difusión de tecnología.” ([11])

Otro concepto de la OMC., en esta misma línea de razonamiento, afirma que “...el comercio permite una mayor especialización y estimula la inversión mediante el aprovechamiento de las economías de escala y la transferencia de tecnología. Se ha resaltado también que las actividades de investigación y desarrollo y la inversión de capital se refuerzan mutuamente, puesto que las innovaciones van a veces incorporadas en bienes de equipo y generan en ocasiones nuevos bienes de consumo y servicios que requieren nuevas inversiones para entrar en el mercado.” ([12])

La circularidad de la innovación tecnológica acelerada (que se acompaña con el envejecimiento acelerado y prematuro de las tecnologías anteriores) y de la generación de nuevos bienes y servicios, se completa con el rol dinámico del mercadeo global y segmentado que tiende a inventar nuevas necesidades artificiales poniendo a disposición del consumidor satisfactores que los medios le han presentado como necesarios. La globalización iguala y segmenta, en un marco de desigualdad.

Para agregarse a continuación que: “El comercio puede aumentar la transferencia de tecnología al dar acceso a las empresas a bienes de equipo y productos intermedios tecnológicamente avanzados del extranjero. El comercio de servicios – entre otros, servicios prestados a las empresas y servicios financieros, de telecomunicaciones y de transporte – puede suministrar los insumos necesarios para penetrar en nuevos sectores y reducir los costos del intercambio de información... Las importaciones pueden también facilitar el acceso a conocimientos que pueden adquirirse mediante ingeniería inversa. El comercio ofrece la posibilidad de la comunicación de persona a persona, que puede fomentar la transferencia de tecnología. La inversión extranjera directa puede asimismo contribuir a la transferencia de tecnología mediante la formación en el empleo y diversas formas de interacción entre empresas nacionales y extranjeras. Las concatenaciones regresivas y progresivas favorecen la difusión de tecnología, ya que las filiales extranjeras tecnológicamente avanzadas ayudan a sus proveedores locales y a las empresas del país huésped que intervienen en etapas posteriores del proceso de producción a elevar los niveles de calidad y servicio. Como consecuencia de la interacción entre los productores locales y los extranjeros pueden adoptarse nuevos procesos de gestión, comercialización y producción. Esa interacción puede ejercer también un efecto positivo en la transferencia de tecnología a través de la presión competitiva. ([13])

Lo que no nos dice esta afirmación dogmática es que la concatenación entre empresas importadoras de la tecnología y las empresas productoras de tecnología, se produce en un contexto asimétrico, desigual, estructuralmente desigual en el que las primeras no pueden o no rompen el círculo de dependencia que las articula con las segundas.

Otro artículo de fe globalizador afirma que “A pesar del firme apoyo teórico y empírico a los beneficios de la apertura, no en todas partes se ha acogido con entusiasmo la liberalización del comercio ni la globalización. Una de las preocupaciones fundamentales ha sido que los países más pobres tal vez no puedan beneficiarse de un régimen de comercio más abierto y se queden incluso más rezagados con relación a las economías prósperas. Esta preocupación está justificada, pero no implica que los países pobres no deban liberalizar el comercio. Lo que implica más bien es que los países pobres tal vez no vean cristalizados todos los beneficios potenciales de la liberalización del comercio a menos que esa liberalización se complemente con otras medidas de política, por ejemplo inversiones en infraestructura y desreglamentación de los sectores de servicios infraestructurales fundamentales, incluidos los servicios financieros. ([14])

Aquí la ideología toca los límites de la realidad y se interna en la noción dogmática: lo más probable es que lo países pobres tal vez no van a progresar ni se van a beneficiar de un régimen abierto de comercio, pero igual deben abrirse a los productos extranjeros y liberalizar su comercio.

El más reciente informe anual del FMI, propone la siguiente lectura: “Muchos problemas económicos se deben a fallos de funcionamiento de los mercados, no a una escasez de recursos o un exceso o falta de demanda global. Hay consenso general en que en los países que tienen estos problemas, la aplicación de reformas estructurales, es decir, de medidas de política que modifiquen el régimen institucional y reglamentario que rige el funcionamiento de los mercados, se traduce en la asignación y uso más eficientes de los recursos y en mayores incentivos para la innovación y, por ende, no solo en un aumento de la productividad y los ingresos per cápita, sino también en una aceleración del crecimiento a largo plazo. Las reformas estructurales también pueden fomentar el crecimiento a corto plazo al incrementar el rendimiento de la inversión y dejar margen para que laspolíticas macroeconómicas den cabida a un aumento de los niveles de utilización de la capacidad sin originar presiones inflacionarias en la economía. No obstante, muchas reformas estructurales lamentablemente imponen costos a corto plazo en unos pocos individuos o grupos sociales, y a menudo quienes consideran que podrían verse perjudicados logran, por medio de su oposición, que las reformas no se apliquen.” ([15])


El dogma del desarrollo
como fruto después del crecimiento


Un segundo artículo de fe del catecismo globalizador es la afirmación de que el crecimiento es el fundamento que hará posible el desarrollo, la eliminación de la pobreza y las desigualdades en la distribución de los ingresos.

Afirma a este respecto el mismo Informe de la OMC, ya citado: “El crecimiento es una condición necesaria, pero no suficiente, para mitigar la pobreza. Aun cuando la liberalización del comercio dé lugar a un crecimiento más rápido, ello no implica que mejoren las condiciones de los pobres. Si la desigualdad de los ingresos aumenta al mismo tiempo, la situación de los pobres puede en realidad empeorar. Muchos estudios teóricos y empíricos se han centrado en la relación entre comercio y desigualdad. Los economistas consideran que lo más probable es que la desigualdad de los salarios disminuya en los países en desarrollo como consecuencia de la liberalización del comercio, ya que dichos países están normalmente bien dotados de mano de obra poco cualificada con relación a los países desarrollados. Por consiguiente, al abrirse al comercio, los países en desarrollo serán más competitivos en sectores de gran intensidad de mano de obra poco cualificada y esos sectores crecerán. El aumento de la demanda de trabajadores poco cualificados, que normalmente pertenecen a los segmentos más pobres de la población, conducirá a un aumento de sus salarios con relación a los de los trabajadores cualificados.” ([16])

Salvo que las desigualdades en los ingresos ahora, en la realidad de los hechos, no está relacionada con la reducción de la pobreza ni con el crecimiento.

“Las medidas de la desigualdad de los ingresos se centran en la diferencia de ingresos entre ricos y pobres en una sociedad. Los cambios de la desigualdad de los ingresos no indican necesariamente que aumente o disminuya la pobreza. Puede ocurrir que el comercio aumente los ingresos de los pobres. Sin embargo, si aumentan más los ingresos de las personas más ricas, la reducción de la pobreza irá acompañada de un aumento de la desigualdad.” ([17]) Ante esta afirmación solo cabe meditar que “a confesión de parte, relevo de pruebas”.

Razonando en términos aun más amplios respecto de los mecanismos y efectos de la globalización actualmente en marcha, el ex director del FMI, Peter Sutherland escribe el siguiente análisis: “El verdadero problema de la globalización, contrariamente a los mitos tan socorridos para sus acérrimos oponentes, es que los países más ricos son los que se llevan la tajada más grande del aumento en inversión y comercio transfronterizo. Todos los países en desarrollo juntos (incluidos los seis grandes exportadores de Asia sudoriental) apenas atrajeron poco más del 20% de la IED total del pasado año y solo representaron un 27% de las exportaciones mundiales de productos manufacturados. Y, cuanto más tiempo vayan a la zaga los países en desarrollo, mientras las cadenas mundiales de abastecimiento se tornan más complejas y desarrolladas, más difícil les resultará a las empresas de estos países operar a escala mundial.” ([18])

Claramente dicho: el mundo está dividido en dos, por un lado las empresas globales que se complejizan, se expanden y se desarrollan, y por el otro las empresas nacionales, regionales y locales que deben situarse a la zaga de aquellas para insertarse, globalizarse, y adquirir una micronésima porción del reparto.

Y agrega a continuación: “Sin duda, un comercio más libre ofrece posibilidades sin precedentes para explotar las ventajas comparativas, no solo en el sector de productos terminados, sino en toda la cadena de producción.
Por otra parte, además de contribuir a los beneficios económicos de los países que participan en el comercio, éste es también un cauce para la importación de buenas políticas, ya que socava las prácticas ineficientes y corruptas, mejorando con ello el entorno empresarial. ([19])

El paradigma ideológico de la globalización es, en última instancia, una estructura dinámica de beneficio empresarial, es un contexto de comercio libre, ventajas comparativas, de eficiencia productiva para beneficio de un buen entorno empresarial, beneficiarios últimos de sus prácticas.

El Banco Mundial, lo presenta en los siguientes términos: “Para acelerar el crecimiento y reducir la pobreza es necesario que los gobiernos reduzcan los riesgos normativos, los costos y las barreras a la competencia que enfrentan empresas de todos los tipos, desde los agricultores y microempresarios hasta las empresas de manufactura locales y las sociedades multinacionales...” ([20]). Según esta línea argumental la competitividad de los agricultores y microempresarios sería comparable a la capacidad competitiva de las sociedades multinacionales.

De este modo, la globalización se manifiesta en un contexto caracterizado por la extensión del capital asociado con la tecnología, por efectos civilizacionales tales como la nueva relación espacio-tiempo, los nuevos modos cognitivos y culturales, el crecimiento y expansión del contenido informacional de la economía, de los procesos productivos y en las operaciones del trabajo, por la mercantilización y trasnacionalización de los intercambios, por la liberalización del comercio y los nuevos “modelos empresariales”.

Desde el mito del predominio de la máquina sobre el hombre –característico de la época de la primera revolución industrial- hasta el nuevo mito del advenimiento de una sociedad cognitiva o del conocimiento, la ideología positivista y neoliberal tiende a representar los nuevos procesos globalizadores como procesos a-políticos o políticamente asépticos, del mismo modo como la representación simbólica del progreso material y del conocimiento como fuentes de la riqueza, ocultan los orígenes de la acumulación del capital y enmascaran la realidad de la expansión de las potencias hegemónicas sobre nuevos espacios geo-económicos y geopolíticos.

Lo extraño y sugerente de esta nueva ideología globalizadora es que nos presenta la pobreza y la marginalidad, la dependencia y el atraso como consecuencia de otras doctrinas económicas, de otros modos de organización de la economía, reservándose para sí la ventaja de los beneficios y los logros positivos.

Como resultado de la implantación de las prácticas globalizadoras, los flujos de inversión y la expansión de los intercambios, se dirigen hacia aquellas zonas planetarias que reúnen las mejores condiciones de mercado para la realización de sus beneficios.

El sistema-planeta aparece entonces segmentado en “zonas propicias” (constituidas por aquellos países y grupos de países cuyas economías y sistemas políticos son favorables a la presencia de los conglomerados empresariales globales), “zonas oscuras”, que serían aquellas economías y Estados que se oponen y ejercen un control intenso sobre las prácticas globalizadoras y las “zonas grises”, que son aquellos países que se encuentran en disputa para integrarlos dentro de los mercados globales.

Como puede observarse, en la lógica ideológica que sustenta realmente las tendencias globalizadoras, las soberanías nacionales, las fronteras territoriales y los Estados como entidades unitarias y únicas del sistema mundial, han quedado supeditadas a los mecanismos que permiten la configuración de redes de intercambio y mercados a escala global o continental.


REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
Y DOCUMENTALES


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Fondo Monetario Internacional: Informes Anuales. Años 2000-2004.

Organización Mundial de Comercio: Informes anuales del Comercio Mundial. Años 2002-2004.



NOTAS Y REFERENCIAS


[1] Los tratados de Westfalia reglamentaban tres ordenes de problemas principales: la situación religiosa alemana, la constitución política del imperio alemán y los asuntos europeos. Es a ésta última problemática a la que se alude en este análisis.
[2] Bello, A.: Derecho Internacional. En Obras Completas de don Andrés Bello. Vol. X. Santiago, 1886. Impreso por Pedro G. Ramírez, pp. 28-29. En el texto citado, se ha conservado la ortografía original propia de la época.
[3] Otro rasgo distintivo del actual estado del orden internacional, es que nos encontramos en una fase de transición y que, por lo tanto, asistimos a la configuración gradual de una nueva arquitectura internacional, cuyo “punto de partida” conocemos pero cuyo horizonte de término, no resulta posible predecir en términos exactos, pero cuyo “punto de llegada”, en general, puede estimarse como un orden multipolar caracterizado por una redistribución de las actuales hegemonías.
[4] Clausewitz, C.: De la Guerre. Paris, 1969. Chap. II: Fin et moyens de la guerre. Editions de Minuit, p. 51.
[5] Cover, Concealment, Camouflage, Denial and Deception.
[6] Joxe, A.: Globalisation militaire et globalisation économique. Paris, 2003. CIRPES.
[7] Raffestin, C.: Pour une géographie du pouvoir. Paris, 1980. Ed. LITEC, p. 130.
[8] Bourdieu, P., Wacquant, L.: Una nueva vulgata planetaria. Le Monde Diplomatique. Edición chilena. Santiago, diciembre 2000, pp. 22-23.
[9] Foucault, M.: Un diálogo sobre el poder. Barcelona, 1998. Ed. Altaya, p. 145.
[10] Este concepto es de mi exclusiva responsabilidad. La desmemoriación actuaría como un mecanismo cultural e ideológico alienante que tiende a borrar y desdibujar las identidades culturales, la particularidad de las historias locales, nacionales, regionales en nombre de la globalidad, de la historia universal, pasando por debajo además, el contrabando intelectual según el cual todas las historias, políticas y económicas anteriores serían antecedentes inevitables de la actual mundialización.
[11] OMC Informe sobre el Comercio Mundial – 2003. Lausanne (Suiza), 2003. Organización Mundial de Comercio, p. 96.
[12] OMC, op. cit., p. 96.
[13] OMC, op. cit. p. 99.
[14] OMC, op. cit., p. 118.
[15] FMI: Informe Anual del Directorio Ejecutivo correspondiente al ejercicio cerrado el 30 de abril de 2004. Washington DC, 2004. Fondo Monetario Internacional. Cap. II, p. 21.
[16] OMC, op. cit., p. 119.
[17] OMC, op. cit., p 121.
[18] Sutherland, P.: Porqué debemos aceptar la globalización. N. York, 2002. Revista Finanzas y Desarrollo. Fondo Monetario Internacional, N° 21, septiembre 2002.
[19] Sutherland, P.: Porqué debemos aceptar la globalización. N. York, 2002. Revista Finanzas y Desarrollo. Fondo Monetario Internacional, N° 21, septiembre 2002.
[20] Banco Mundial: Informe sobre el desarrollo mundial, 2005. Washington, 2004. Banco Mundial.

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INCERTIDUMBRE Y FLUIDEZ Tendencias y escenarios en América Latina en el corto y mediano plazo



PROLOGO

Este ensayo tiene por objeto examinar en forma esquemática, las principales tendencias que se manifiestan en la escena internacional de América Latina y en referencia a la posición de Chile en este contexto, desde una perspectiva multidisciplinaria mediante las categorías de análisis de la Ciencia Política, las Relaciones Internacionales, la Geopolítica y la Teoría Estratégica.

Si hay dos conceptos que pueden sintetizar adecuadamente la escena política y geopolítica sudamericana para los años venideros, es decir, en el horizonte del corto y mediano plazo, son los de "incertidumbre" y de "fluidez".

La noción de "incertidumbre" se refiere a la condición de imprevisibilidad general que parece dominar los comportamientos de los actores regionales latinoamericanos, ante la variabilidad de sus posturas políticas y geopolíticas; lo que es incierto, es aquello que no conocemos bien ni podemos precisar. Y la idea de "fluidez" expresa el carácter rapidamente cambiante que ha adquirido el escenario regional sudamericano, sobre todo desde el año 2000 en adelante; lo que es fluido, es aquello que se mueve y cambia de aspecto con rapidez.

La América Latina de la última década del siglo XX, ya no existe; vivimos hoy otro continente, otro espacio latinoamericano y sudamericano, con nuevos actores emergentes, con nuevas expectativas y visiones, con curso de acción menos previsibles; en general, formamos parte de un espacio mucho más complejo e indeterminado que a fines del siglo pasado.Lo que dificulta la previsión y la prospectiva en este nuevo contexto, es precisamente la constatación de que las tendencias profundas que parecen manifestarse en América Latina, toman el curso impreciso e indeterminado del resto de los espacios geopolíticos mundiales, pero con un menor grado de conflictividad.

¿Qué América Latina nos espera en los próximos años? ¿Cuáles pueden ser consideradas como las tendencias profundas dominantes en la escena regional latinoamericana?

Manuel Luis Rodríguez U.

Punta Arenas - Magallanes, invierno de 2005.

PRINCIPALES TENDENCIAS DOMINANTES


En un primer análisis, es posible constatar que a lo menos están operando en América Latina cuatro grandes tendencias, a saber:

1. Una tendencia o corriente favorable hacia la instalación de regímenes políticos populistas de signo nacionalista, como respuesta en cada caso a la crisis del sistema económico neoliberal y sus graves consecuencias sociales.

En efecto, el populismo nacionalista o de signo nacionalista, parece ser el rasgo distintivo que emerge en distintas naciones del continente.

Se trata de populismos de distinto orígen histórico, vehiculizados por movimientos políticos y sociales de amplio y diverso espectro, que lograron romper –por abajo- con los sistemas tradicionales de partidos políticos centralizados, rígidos y oligárquicos, y que han emergido desde las profundidades de crisis sociales prolongadas, en las que el hastío, la "bronca", la rabia, el cansancio definitivo ante las promesas incumplidas, han encontrado forma de canalizarse hacia el poder, a través de líderes carismáticos de amplia repercusión y protagonismo popular.

Estos populismos son portadores además, de un signo nacionalista, precisamente la respuesta nacionalista que nadie preveía mientras el mundo dominado por Occidente parece y parecía avanzar hacia el "horizonte luminoso" y triunfante de una globalización de signo capitalista; un nacionalismo que pretende rescatar los recursos naturales para los propios Estados evitando que se sigan beneficiando de ellos depredadores capitales extranjeros; un nacionalismo que pretende ejecutar políticas sociales más eficaces y directas en beneficio de los pobres y desheredados.

Mientras el conjunto del "sistema-planeta" parece ir hacia la mundialización de los intercambios y la normalización del orden mundial bajo la "pax americana", en América Latina surgen múltiples esquemas nacional-populistas de respuesta alternativa al "modelo único", e intentando ensayar formas de mayor protagonismo económico del Estado en la recuperación de los recursos naturales propios, la preservación del medio ambiente y en las políticas sociales.

Parece haber terminado la época de las políticas neo-liberales como panacea única e irrefutable, como receta indiscutible, precisamente porque las profundas desigualdades que produce y acentúa, desestabilizan a las democracias.

2. Una tendencia hacia la búsqueda de mayores niveles de autonomía en las políticas exteriores de los Estados sudamericanos, respecto de la política estadounidense hacia la región.

Las políticas exteriores en América del Sur no pueden y no podrán por mucho tiempo, evitar tomar en consideración el enorme peso económico, tecnológico, estratégico y geopolítico de los Estados Unidos.

El orden global ha entrado en una prolongada fase de hegemonía unipolar, no completamente aceptada por los demás actores mundiales, pero que todavía no genera las reacciones de resistencia propias de la dominación imperial. Al mismo tiempo que trata de instalarse y consolidarse la dominación imperial estadounidense, emergen actores internacionales y con capacidad global susceptibles de disputar la hegemonía americana en el mediano y largo plazo: la fase de redistribución de las hegemonías está en pleno desarrollo.

Pero, aun en este contexto de hegemonía uni-polar, muchas cancillerías sudamericanas intentan abrirse paso entre los intersticios de la dominación estadounidense, mediante la búsqueda de mayores grados de autonomía respecto a ésta y de articulación regional y subregional.

Lo que no está definido, es si la integración económica y política en América del Sur puede hacerse "a pesar" de los Estados Unidos o "con" los Estados Unidos. Mientras la actual Venezuela –teniendo detrás a Cuba- cree que hay que integrarse "a pesar" del gigante del Norte, otros actores como Chile, parecen creer que se puede generar integración con Estados Unidos.

Las políticas e instituciones de integración regional y subregional apuntan en esa dirección, pero ellas se enfrentan al embate de la política estadounidense que prefiere entenderse caso a caso con cada Estado sudamericano antes que negociar con estructuras regionales multinacionales. El proyecto de unidad latinoamericana, de integración sudamericana, se enfrenta abierta o subrepticiamente con la tentativa de Estados Unidos de arrastrar a toda la región a un modelo de integración (tipo ALCA) basado en la apertura de mercados y el libre comercio...libre y abierto para los productos estadounidenses...Pero además, se están configurando gradualmente en esta región nuevos ejes geopolíticos, respecto de los cuales Chile deberá definirse y posicionarse.

¿Hacia dónde va el Mercosur si se integran plenamente en él Bolivia, Perú y otras naciones, mientras Chile sigue vinculado casi desde los bordes exteriores de esta asociación? ¿Qué significado económico y geopolítico puede tener un nuevo eje energético entre Venezuela, Brasil, Argentina y Bolivia para las demandas energéticas de Chile, país en plena expansión y crecimiento?

¿Cómo se sitúa Chile en el cono sur de América, si se configura un eje geopolítico entre Bolivia y Perú a partir de sus nuevos gobiernos nacionalistas?

¿Es la integración regional y subregional la única política estratégica válida, para impedir el aislamiento de Chile en una escena sudamericana que no le aparece como propicia? ¿Es la alianza de Chile con Brasil, o incluso con Estados Unidos, como aliado extra-OTAN como ha sido sugerido, la mejor forma de contrapeso a los nuevos ejes geopolíticos que surgen a su alrededor?

3. Una tendencia hacia el mejoramiento gradual de las condiciones económicas de la región, de mayor inserción internacional en los mercados, pero en un contexto de creciente rivalidad hegemónica entre la potencia unipolar estadounidense y los nuevos polos de poder, Europa y China.

Paradójicamente, mientras América Latina parece entrar en una nueva fase geopolítica, las condiciones y las expectativas económicas futuras del continente parecen ser halagueñas. El futuro próximo en América del Sur será de economías que van a comenzar a salir de la depresión y a crecer, y de otras que van a insertarse internacionalmente en forma más o menos exitosa, mientras sus escenarios políticos producen una impresión de incertidumbre, de conflictividad y de inestabilidad hacia el mediano plazo.

Paradójicamente, América Latina puede devenir más estable en lo económico y más inestable en lo político, mientras el orden mundial se vuelve cada vez más imprevisible en un contexto de creciente rivalidad hegemónica entre Europa, China y Estados Unidos, por la dominación de mercados globales y zonas continentales del planeta.

4. Una tendencia hacia la crisis del modelo de Estado democrático-representativo asociado a un esquema económico capitalista neo-liberal, generando desafección, apatía y descrédito cívicos, agravados por la acentuación de las desigualdades sociales, económicas y territoriales y generando presiones hacia formas de democracia participativa.

Todos los escenarios imaginables en el futuro próximo, no pueden olvidar que en general en la región latinoamericana asistimos a una lenta y prolongada crisis de estos Estados democráticos-representativos estrechamente asociados a políticas neo-liberales en lo económico y social.

Esta fue la herencia mas perniciosa dejada por las dictaduras militares ya pasadas en América del Sur: sistemas políticos regulados y vigilados por minorías y estructuras de facto, democracias formalmente democráticas, pero que llevaban en su seno, el virus fatal de la desigualdad social, de la corrupción y de la distribución asimétrica del poder. Las dictaduras heredaron regímenes políticos en que las autoridades unipersonales siempre son más poderosas y tienen más atribuciones que las estructuras colegiadas o participativas.

¿Qué ciudadanía digna y valedera puede realizarse en una estructura estatal secuestrada por oligarquías políticas, económicas y partidarias?

El Estado liberal y subsidiario con instituciones políticas representativas, articulado sobre la base de la centralidad del mercado y debilitado por las desigualdades sociales y económicas que el propio sistema produce, ya no puede resistir la desafección y el descrédito de los ciudadanos.

El mercado capitalista y sus desiguadades estructurales, económicas, sociales y territoriales, carcomen por abajo la estructura política e institucional del Estado, la debilitan y le quitan valor, sentido y eficacia a sus formas políticas representativas.

¿Qué sentido puede tener el voto -ejercido cada cuatro o cinco o seis años- en una democracia institucionalmente representativa, si ese voto político es ejercido por ciudadanos cesantes, con viviendas y salud precarias, en barrios marginales, excluídos de los beneficios del crecimiento y el desarrollo, mientras una clase política y empresarial, articulada como una estructura oligárquica dominante, ejerce lo esencial del poder y toma las decisiones fundamentales?

La exclusión social y las flagrantes desigualdades económicas son el más poderoso factor de debilitamiento de las instituciones democráticas y representativas. No puede funcionar durablemente un Estado construído sobre la ficción jurídica de la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, si esa ley la redactan y la aplican una minoría en el poder y si los ciudadanos –supuestos iguales jurídicos- solo ven desigualdad alrededor suyo y si los beneficios durables del desarrollo y del crecimiento, se concentran en la cúspide de la pirámide social, mientras en la base las mayorías reciben ocasionalmente y casi como dádivas, algunas escasas gotas del "chorreo".

Es por eso, que allí donde las desigualdades sociales lograron romper la placa tectónica que constituyen las instituciones políticas representativas (Brasil con Collor de Melo, Argentina con De La Rua, Bolivia con Sanchez de Losada...) "todo salta por los aires" y las multitudes hambrientas salen a la calle exigiendo "que se vayan todos...!", asaltando supermercados, quemando vehículos, rompiendo vidrieras de bancos, personificando en la clase política y la clase empresarial más internacionalizada, como la forma visible y cercana de la causa de sus males.

¿Puede permanecer algún país sudamericano inmune a estas corrientes profundas que recorren el continente?

ESCENARIOS

A partir de las tendencias y variables analizadas, dos pueden ser los escenarios de horizonte en el mediano plazo y de mayor probabilidad de ocurrencia en nuestro continente sudamericano.

1. Un escenario tendencial de tendencia centrífuga, en que los Estados tenderán a la disociación y a generar formas de articulación que salgan de los límites de las estructuras internacionales y regionales actuales.

Los Estados de mayor peso específico regional buscarán generar condiciones propias de una mejor y más ventajosa inserción internacional y en general, las estructuras de integración se verán afectadas y debilitadas por la creciente competencia intra-regional y por el resurgimiento de los conflictos territoriales y fronterizos pendientes desde el pasado.   En este contexto, las naciones del continente más beneficiadas por su dotación energética buscarán reposicionarse en la escena internacional sobre la base de las mejores condiciones ventajosas posibles para obtener de dichos recursos energéticos, los ingresos que necesitan sus economías.

2. Un escenario normativo de tendencia centrípeta, en que los Estados de la región tenderán en sus políticas exteriores hacia la articulación, la integración económica y física y la concertación de políticas.

En este escenario, América Latina verá el fortalecimiento de sus instituciones e instrumentos regionales y subregionales de integración y concertación, tendiendo a la regulación diplomática y política de los conflictos pendientes y hacia el fortalecimiento de la presencia y protagonismo internacional de la región en el mundo.

GEOPOLITICA Y ENERGIA EN AMERICA DEL SUR

 

La política de los recursos como herramienta de poder

 

La reciente firma de un acuerdo energético entre Brasil, Argentina, Venezuela y Bolivia, puede ser interpretada desde dos puntos de vista: político y geopolítico.  Desde ambos puntos de vista, se trata de la perspectiva de consolidación de un eje político y geopolítico que puede tener efectos durables sobre el desarrollo de las relaciones internacionales de América Latina.

Desde la perspectiva política, evidentemente que constituye una manifestación exitosa del "eje populista" que ha venido configurándose en los últimos años a partir de Hugo Chavez de Venzuela, Lula de Brasil, Kirtchner de Argentina y ahora Evo Morales de Bolivia.  Con la única diferencia que en esa alianza a cuatro, hay dos abastecedores y dos clientes consumidores.  Bolivia y Venezuela venden y Brasil y Argentina consumen y dependen.  Desde el punto de vista político, las coincidencias entre los cuatro gobiernos están asociadas tanto a la vi´sión y proyecto político que cada uno tiene para su país, como a la visión del continente en el contexto de globalización en que estan todos inmersos: frente a la globalización, este eje adopta una postura crítica y de adaptación mediante el ejercicio del poder soberano a través de los recursos y medios que cada país pueden poner en el juego de las relaciones internacionales.   A un izquierdismo prudente y de corte nacionalista dentro de la mundialización, se suma el realismo frente a la jerarquización de las hegemonías que se manifiesta hoy en el mundo y en el hemisferio  occidental.  Las naciones latinoamericanas no pueden evitar la existencia de Estados Unidos, como la potencia global cercana que intenta conservar sus posiciones de poder y dominación en la región.

El gesto de nacionalización de sus recursos energéticos por parte de Bolivia, puede ser leído como una manifestación de nacionalismo, de reafirmación de la soberanía nacional y como una legítima medida destinada a fortalecer la posición negociadora de Bolivia, en un momento de la coyuntura económica internacional en el que los precios de los recursos naturales y energéticos son herramientas políticas y de poder. 

Para un analista boliviano, su país ha ingresado en "La Era del gas", tal como el siglo XX fue la era del estaño y los siglos coloniales fueron la era de la plata: "Antes de la certificación Venezuela -que cuenta con 143 trillones de pies cúbicos en reservas de gas mezclados con líquidos- era el gigante gasífero latinoamericano, ahora Bolivia y sus 54 TCF´s de reservas de gas libre, coloca a Bolivia como principal país con gas en el Continente. En México hay 30 trillones de pies cúbicos de gas en reservas, Argentina con 26 trillones de pies cúbicos, Perú 13 trillones, Brasil ocho trillones y Chile cuatro trillones de pies cúbicos (Oil & gas Journal, enero 2002).    El hecho que Bolivia sea una potencia gasífera la reposiciona con ventaja empezando a gravitar en el concierto internacional, con peso propio.     Esas nuevas cifras confirman la necesidad de la búsqueda y apertura de nuevos mercados para el gas natural, para monetizarlas y generar ingresos de divisas tan necesarias con miras a construir infraestructura: caminos, aeropuertos, escuelas, hospitales, relanzar nuestros programas de salud y educación para formar a nuevas generaciones y elevar nuestro nivel de vida.   Actualmente, Bolivia tiene un contrato con Brasil para venderle 30 millones de metros cúbicos diarios de gas por 20 años, contrato que quedó chico con relación a la reserva que tenemos. Se busca, ahora, nuevos compradores del preciado energético –que es limpio, barato y apetecido por países industrializados- en mercados de México y Estados Unidos. Hay intenciones de compraventa de 24 millones de metros cúbicos diarios de gas entre el consorcio Pacific LNG (consorcio conformado por Maxus RepsolYPF como operador, BG Bolivia y Pan American Energy) y Sempra Energy.  En todo caso no sólo se debe pensar en exportación de gas natural licuado, sino también la generación de valor agregado al gas boliviano: una planta de conversión de gas a diesel y a energía eléctrica, reportarían mayores ingresos como valor agregado.   Lo paradójico de nuestra riqueza es que Bolivia tiene ingentes cantidades de reservas de gas, pero sólo una mínima parte de la población tiene acceso a este combustible para uso doméstico, por las pequeñas redes de gas natural en La Paz, El Alto, Potosí, Oruro, Sucre, Cochabamba y Santa Cruz, servicio que sólo cubre demandas de menos d 20 mil usuarios." (Boris Gomez U.: La era del gas en Bolivia. Sitio web: www.gestiopolis.com.  Bolivia, abril 2006.)

Escribe el serio y conservador "El Comercio" de Lima: "En un año de procesos electorales marcado por el descontento contra la economía liberal, se constituyen dos distintas alternativas para América Latina: la respetuosa socialdemocracia de Chile, Brasil o Uruguay, y la agresiva izquierda antisistema de Venezuela y Bolivia. Desde luego, la partida sigue abierta. Pieza clave en el equilibrio regional será México, cuyas reservas de petróleo estatal y cuya vecindad con EE.UU. darán al nuevo gobierno el voto dirimente entre los dos modelos rivales."  (Rocagliolo, S.: Las cartas de Evo. El Comercio, Lima, 7 mayo 2006.).  Por su parte el periódico "El Diario" de La Paz, argumentaba este mismo domingo 7 de mayo que: "...las inversiones en materia minera, tanto nacionales como extranjeras, deben aportar en lo económico y en función de fuente ocupacional, por lo que sin perder esto de mira, no se debe incurrir en extremos. Gracias a las garantías de estabilidad jurídica y social, nuestros vecinos: Perú, Chile y Argentina albergan una minería sólida, pujante y creciente que cubre satisfactoriamente los dos rubros indicados en contraste con Bolivia, pese a su naturaleza esencialmente minera." (El Diario, La Paz, 7 mayo 2006, versión Internet).

Al margen de la importancia y del impacto  que la nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia ha ocasionado, ya que ha sido una noticia de repercusión mundial, originando gran interés en ámbitos políticos y empresariales, se trata ahora de esperar los resultados de las próximas negociaciones entre los representantes de las transnacionales y las autoridades nacionales. En todo caso, dado el alto apoyo con que cuenta Morales en su país, la ciudadanía boliviana apoyará todas las decisiones que sean beneficiosas para impulsar el desarrollo de su país, tan necesitado de recursos económicos para satisfacer numerosas demandas sociales.

¿Y cuál es la posición de Chile en este escenario?  ¿Podemos todavía jugar a la política autosuficiente de la "mirada olímpica" respecto de la América Latina que nos rodea, o debemos pasar al ejercicio de una diplomacia activa, política y económica que nos posicione tanto como un consumidor digno y como un productor emergente? 

 

Los recursos energéticos como mecanismo de posicionamiento en la escena internacional: elementos para un análisis geopolítico

 

La cuestión geopolítica de fondo que se abre como perspectiva en el mediano y largo plazo en América Latina es la problemática de la soberanía y la autonomía energética.  El influyente periódico brasileño "Folha de Sao Paulo" del 2 de mayo reciente, denunciaba que Brasil "estaba criando  los cuervos que le sacarían los ojos..." para referirse a las políticas nacionalistas que Chavez y Morales impulsaban, después que el Presidente Lula las había estimulado desde el inicio de su mandato.

Desde una perspectiva global, el gesto nacionalista de Morales, podría responder a una tendencia que se insinúa en muchos sectores del mundo.  Es altamente probable  que en los años venideros los consorcios energéticos globales estadounidenses y europeos se enfrentarán a crecientes dificultades para desplazarse y negociar de forma autónoma en un escenario internacional cada vez más incierto, en el que los recursos energéticos parecen sustraerse a las lógicas del mercado para ingresar en la lógica de la geopolítica y las soberanías. El próximo foco de conflicto en el escenario energético mundial puede ser nuevamente Oriente Medio, donde las grandes corporaciones ya se movían bajo la estrecha tutela y vigilancia de los respectivos Estados. En este contexto incierto, crece la percepción que los Estados Unidos han entrado en una prolongada fase de conflictos ocasionados por sus intereses energéticos y petroleros, más allá de la retórica liberadora y democrática con que tales intervenciones se adornan.  Así, la invasión de Irak y las actuales presiones sobre Irán, se motivan en realidad, en el propósito estadounidense de obtener control de los recursos energéticos por parte de Estados Unidos, por lo que de aquí en adelante se va a estrechar todavía más el margen de maniobra de las corporaciones petroleras multinacionales en esa parte del mundo.

La tendencia parece ser la de buscar mecanismos que aseguren a los Estados la propiedad sobre sus propios recursos energéticos, en un momento internacional en que esos recursos constituyen en sí mismos, herramientas geopolíticas de alto valor estratégico.   Probablemente estamos entrando como sistema-planeta, en una fase de soberanías energéticas en conflicto.

¿De qué estamos hablando cuando nos referimos a los conceptos de soberanía energética y de autonomía energética.  Se trata de dos nociones interrelacionadas. Soberanía energética puede entenderse como "la capacidad y la decisión política de un Estado-nación, para hacer uso de los recursos energéticos de que dispone en función prioritaria de sus propios intereses nacionales y de desarrollo".  Por cierto que solo pueden aspirar a la soberanía energética, aquellas naciones que están dotadas de recursos energéticos suficientes para intentar su desarrollo, a partir del despliegue de sus capacidades de interrelación internacional, estabilidad política y capital humano.

Desde el punto de vista estructural, la problemática del gas adquiere una evidente connotación estratégica a medida que su demanda crece en el mundo.  La producción de gas natural también ha aumentado en los últimas años hasta alcanzar el equivalente de 2.097 millones de toneladas de petróleo en 1999, procediendo el 50 por ciento de esta cantidad de la Federación de Rusa y de los Estados Unidos. El desarrollo de la producción de gas se ve limitado por la necesidad de una concentración de mercados que permita cubrir el costo elevado de la infraestructura que requiere su transporte. A diferencia del petróleo, el gas precisa de mercados seguros y los mercados distantes requieren yacimientos muy grandes. No debe perderse de vista que el gas natural se está pagando hoy en Estados Unidos un precio hasta siete veces mayor que el que se paga en la región, de manera que, existiendo la tecnología, no hay razón para pensar que los propietarios del gas no lo quieran vender al precio más alto. La propuesta del “anillo energético” -y particularmente lo que se ha dado en llamar el Gasoducto del Sur- pretende comercializar el gas de las reservas peruanas a través de una red de gasoductos ya existentes y algunos tramos a construir. Las reservas peruanas de Camisea y Pagoreni se estiman en el orden de los 11 millones de pies cúbicos. En los próximos 20 años se espera que su propio mercado interno consuma 4 de esos 11 millones y otros 5 millones sean exportados a México. De manera que poco va a ser lo que llegue a los países del cono sur, salvo que nuevas exploraciones aumenten el volumen de reservas hoy conocido.

Los datos de proyección del mercado del gas natural en América Latina son particularmente prometedores.  Por ejemplo, entre 2001 y 2002, el volumen de gas natural consumido en el mundo aumentó casi 2%, pero algunas regiones muestran índices de crecimiento más significativos --como el continente sudamericano-- donde en el mismo período el aumento del consumo alcanzó 13,9%, para un total de 98 mil millones de metros cúbicos (Bmc) en 2002.

En la última década, además, América Latina mostró un crecimiento promedio de 5,1% anual. Eso revela que los mercados energéticos de la región, en especial Argentina, Bolivia, Brasil y Chile, están entre los mercados más dinámicos en crecimiento del mercado mundial de gas natural.

El crecimiento del mercado de energía, el aumento del GN como forma de diversificación de las matrices energéticas de estos países -en los que hasta hace poco (excepto Argentina) los índices de penetración del energético estaban por debajo del promedio mundial- y las crecientes inversiones en infraestructura de transporte que dan la interconexión energética de la región justifican su dinamismo. Teniendo en cuenta todos los países de América del Sur, la participación del gas natural en la matriz energética subió de 18% en 1990 a 22% en 2000 -aunque con gran variación entre los distintos países dado su nivel de desarrollo- lo cual permite que algunos de estos mercados puedan compararse con los más maduros.

Ese aumento está relacionado directamente con la apertura a la inversión privada en varios de estos mercados, que atrajo capitales para exploración y producción, plantas de gas natural licuado (GNL) y proyectos de plantas termoeléctricas por quema de gas. En este último caso, la inserción rápida de plantas termoeléctricas para equilibrar sistemas predominantemente hídricos, en especial en Brasil, puede desempeñar un papel importante para asegurar el crecimiento y desarrollo de la industria del GN en esos países.

Aunque las inversiones recientes en infraestructura hayan propiciado la integración gasífera del Cono Sur, todavía no se consolidan totalmente una serie de requisitos para que esa integración y la expansión del mercando sean continuas. Además, hay que tener en cuenta que los porcentajes de crecimiento de los últimos años son engañosos, ya que están relacionados con una base nominal de consumo, que todavía es baja. Esto muestra que, pese a haber ganado espacio en las matrices energéticas de los países sudamericanos, la penetración del gas natural es todavía baja (con excepción de Argentina, donde representa más de 40% de la matriz energética), lo que revela una gran necesidad de crear condiciones políticas y económicas suficientes para desarrollar este mercado.

Así, para que la región confirme su dinamismo, los mercados de estos países presuponen algunas condiciones para su consolidación. Entre ellas se destacan la disponibilidad de reservas, el tamaño y la configuración del mercado consumidor, la infraestructura y el marco regulador, cuya gran contribución es emitir señales claras y estables para los inversionistas privados, pero al mismo tiempo, está abierta nuevamente la posibilidad de que los Estados puedan decidir conservar sus recursos energéticos en propiedad, arrendando las explotaciones y fijando nuevos impuestos y royalties.

En un "orden energético mundial" en que los productores de recursos y de "commodities" se encuentran en una posición privilegiada para dictar los términos de referencia del negocio a los consumidores, los productores no tienen  porqué negarse a considerar que sus recursos tienen un carácter estratégico y por lo tanto deben y pueden perfectamente tratarlos como tales.   Asistimos desde el siglo XX a un orden energético mundial asimétrico, pero a la inversa del orden estratégico mundial. 

Tenemos un orden energético mundial en que un grupo menor de países productores detentan el poder de suministrar un conjunto de recursos de alta importancia estratégica para el funcionamiento del sistema económico internacional y de las potencias económicas y tecnológicas más importantes del mundo, mientras resulta que esas mismas potencias, encabezadas por Estados Unidos y las naciones del G-8, son precisamente las potencias mundiales que dominan el orbe desde una perspectiva estratégica.  La simplicidad de una doble dualidad: unos disponen de las armas, el capital y la tecnología, pero los otros disponen de la energía que hace que esas armas, ese capital y esa tecnología funcionen. 

A su vez, la autonomía energética relativa se desprende de la noción de soberanía energética.  Solo podemos ser autónomos -relativamente puesto que estamos en un mundo que se globaliza- en la medida en que apuntamos a desarrollar una matriz energética basada prioritariamente en los propios recursos y solo subsidiariamente permitirnos depender de suministros externos.   Chile dispone de gas natural, de carbón, de energía geotérmica y mareomotriz, de energía eólica, de energía hidráulica. todo depende de las decisiones estratégicas y de largo plazo que se adopten desde el Estado para que el país avance hacia su propia autonomía energética relativa, por cierto que situados en la perspectiva del mediano y largo plazo.

 

Opciones y alternativas para el Cono Sur y la Patagonia

 

El re-diseño de la carta geopolítica del gas natural en América del Sur abre nuevas condiciones y escenarios para la región patagónica. 

El reciente mes de abril (10 y 11), los Gobiernos de Brasil y Chile firmaron un acuerdo  para integración energética e infraestructura de integración y cooperación en el área minera, constituyendo una comisión binacional de estudios regionales energéticos de manera de garantizar un suministro energético seguro y estable  para impulsar el crecimiento, la base productiva y reducir la pobreza. 

Anotemos como dato de la causa que Argentina acaba de iniciar una nueva exploración Costa Afuera en el Atlántico.  Al mismo tiempo, Argentina activa sus exploraciones por gas natural en los yacimientos de: Media Agua, Rio Desaguadero, Nacunan, San Rafael, Pampa del Tigre, General Alvear, La Mora, Las Lenas, Cerro Manzano, Sierra del Nevado, Banado del Atuel, Cuenca Neuquina I, Cuenca Neuquina II, Cuenca Neuquina III y Cuenca Neuquina.  En Tierra del Fuego argentina, la exploación gasífera está también en expansión.  El contrato del bloque CMA-1 (Cuenca Marina Argentina) fue firmado en noviembre de 1978 por las tres socias del grupo que hoy componen Total Fina Elf. Las sucesivas campañas de exploración dirigidas a estudiar la potencialidad del bloque han permitido importantes descubrimientos costa afuera. A la fecha están en producción en el complejo Cañadón Alfa-Cullen, los yacimientos Ara, Antares, Argo, Hidra, Hidra Sur y Kaus. El primer éxito del grupo fue la puesta en marcha en 1982 de Aries, ubicada a 40 km. de la costa. En abril de 1983 y como penúltimo pozo de la primera etapa de perforación costa afuera, se perforó el pozo Carina 1, gracias al cual se descubrió un importante yacimiento de gas situado a 80 km. de la costa. Hoy en 2006 ese yacimiento gasífero es uno de los objetivos fundamentales del ambicioso proyecto ya en marcha. El emprendimiento prevé la explotación de dos yacimientos costa afuera -Carina y Aries- para lo cual se construirá un complejo de gasoductos subterráneos. Su ejecución y la de las instalaciones en tierra necesarias para el procesamiento y transporte del gas implican una gigantesca inversión de 400 millones de dólares, la mitad de los cuales ya se encuentran en etapa de desarrollo. Pero el objetivo más ambicioso del grupo es la instalación de un polo petroquímico en la zona de Tierra del Fuego argentina para aprovechar al máximo las posibilidades del producido.

Argentina actualmente despliega además, como nuevas áreas de exploración energética, la cuenca del Golfo San Jorge, la llamada "Cuenca Austral-Malvinas" en el sector marítimo costa-afuera de la Tierra del Fuego argentina y en la llamada "Cuenca Colorado Marítima" situada en el borde del talud continental sudamericano. (Clarin, B.Aires, abril 2006. Versión Internet). 

En el caso de Chile el eventual valor comercial de los recursos descubiertos en Lago Mercedes, permite considerar que la región de Magallanes volvería a adquirir la importancia estratégica que tuvo para el Estado de Chile en los años cincuenta y sesenta del siglo XX.  Se trata todavía de una cuestión que está pendiente, pero lo esencial es que la región patagónica se encuentra en un contexto gasífero internacional y regional en que la explotación rentable de los yacimientos existentes en esta parte del continente americano (en el caso de Magallanes, en toda la península de Brunswick y la Tierra del Fuego) debiera posicionar a la región como un abastecedor importante para el resto de Chile.

 

NOTA LIMINAR

 

La disciplina geopolítica parece vivir en este inicio del siglo XXI, un renacimiento inesperado, un insólito reencuentro con su prometedor futuro, más que con su dudoso parto inicial.  La Geopolítica ha sido bautizada durante el siglo XX como una supuesta  conciencia geográfica del Estado (lo que la habría convertido en una herramienta política al servicio exclusivo e excluyente de los intereses del poder dominante), pero al iniciar este blog de reflexión prefiero recordar y poner de relieve la famosa frase del geógrafo Elisée Reclus, quién decía que "...la Historia es la geografía en el tiempo, mientras que la Geografía es la historia en el espacio...", fórmula que me parece fecunda e ilustrativa de los senderos que se entrecruzan de un modo interdependiente entre diversas disciplinas a la hora del análisis geopolítico.

 

En esta era de la incertidumbre que vive el planeta, y que en mi modesta opinión, augura para el siglo XXI una "Era de la Barbarie" acaso tan brutal como la Alta Edad Media occidental sometida a guerras, pestes e invasiones, la reflexión geopolítica en el presente tiene por misiones esenciales y hasta cruciales, alertar, advertir, llamar la atención, poner la luz donde hay sombras, develar donde hay confusión, acerca de las grandes tendencias y cambios que experimenta el orden mundial y contribuir con la máxima honestidad intelectual posible a una toma de decisiones sabia, prudente e informada.   La Geopolítica no es solo para los que toman las decisiones, aunque a ellos les concierne directamente; acaso podría adelantarse que la reflexión geopolítica es una responsabilidad cívica y moral de los ciudadanos, sobre todo de los ciudadanos que no se conforman con mirar como pasivos espectadores el mundo en el que estamos inmersos.

 

Por eso la Geopolítica contemporánea, se entrecruza con distintas otras disciplinas científicas, entre las cuales las más relevantes son la Prospectiva, la Ciencia Política, las Relaciones Internacionales, la Historia y la Estrategia.  La geopolítica es entonces, en esencia y en su metodología un campo intelectual teórico-práctico e interdisciplinario, donde se enriquecen mutuamente distintas aportaciones científicas, para producir análisis, diagnósticos y pronósticos útiles para los procesos de toma de decisiones.   Uno de los rasgos esenciales de la reflexión geopolítica contemporánea es su dimensión prospectiva: en los tiempos actuales noes posible reflexionar en términos geopolíticos (tendencias energéticas, territorios, fronteras, soberanías, espacios de influencia, factores de conflicto, jerarquía de poder, distribución de hegemonías, etc.) si no se hace referencia a sus proyecciones futuras.  Es posible entonces, una geopolítica prospectiva.

 

Manuel Luis Rodríguez U.  Cientista Político. 

 

Punta Arenas - Magallanes, mayo de 2006. 

 

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