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ELEMENTOS PARA UNA GEOPOLITICA DEL PACIFICO EN LOS INICIOS DEL SIGLO XXI

 

PROLOGO

 

En los inicios del siglo XXI, el sistema planetario continúa experimentando mutaciones profundas en el plano geopolítico.  Si hubiera un concepto que defina y sintetice dichos cambios estructurales que tienen lugar en el orden mundial debería hablarse de incertidumbre y de redistribución de las hegemonías.

La Geopolítica, en su desarrollo moderno ( ), constituye una disciplina que contiene una representación del espacio en relación con los actores políticos que en el se despliegan.  En cuanto representación del espacio, la Geopolítica integra categorías de análisis provenientes de otras disciplinas de las Ciencias Sociales, produciendo ópticas o lecturas destinadas a comprender la articulación existente e imaginada entre los actores políticos y los espacios y territorios en los que se manifiestan las relaciones de poder.   Para la Geopolítica moderna, por lo tanto, todos los espacios, todos los territorios son arenas de poder, ámbitos reales y/o virtuales en los que se manifiestan poderes y donde se compite por su control y dominación.

Esto no quiere decir que la lectura geopolítica sea una interpretación polemológica o conflictual de las relaciones entre actores políticos, lo que se subraya hoy es que el conflicto es una condición inherente a dichas relaciones, pero que la Geopolítica puede interpretarlos también a la luz de otros parámetros intelectuales como la interdependencia o la integración.

Cambio y continuidad: asistimos a cambios estructurales profundos en el orden mundial, pero al mismo tiempo, las continuidades persisten con la inercia propia de los sistemas políticos, económicos y mentales que se niegan a desaparecer.

La implosión del sistema imperial soviético y al término del ciclo de la guerra fría, ha abierto en todo el anterior orden internacional una insospechada “caja de Pandora”: renacen los mismos y ancestrales regionalismos, los antiguos nacionalismos, las ambiciones territoriales, los particularismos locales, mientras el Estado-nación hace crisis y las resistencias anti-sistema se precisan y complejizan; en suma, los viejos, olvidados y profundos conflictos que habían quedado olvidados por la tensión geopolítica mundial entre capitalismo y comunismo, desde 1990 en adelante vuelven a emerger y ocupan la escena internacional y regional.

La hegemonía estadounidense, constituida en estas etapa como la única potencia estratégica global del planeta, no sucede sin embargo en un escenario de sumisión ni en un clima de aprobación por parte de las opiniones públicas; la creciente militarización y la presencia militar de Estados Unidos en casi todo el mundo, ocurre en un contexto en que comienzan a emerger otras potencias y bloques de poder mundiales, poco dispuestos a aceptar per se la superioridad estadounidense, tanto por la connotación imperial de sus conductas internacionales, como porque resulta evidente que los intereses geopolíticos y estratégicos de dicha potencia, aunque sean presentados retóricamente como aspiraciones de alcance universal, resultan ser en definitiva, puros y concretos intereses económicos, respaldados por el peso de la tecnología y la fuerza militar.

El nuevo orden unipolar e imperial al que ha accedido el mundo desde los inicios del siglo XXI no es un mundo más ordenado, más seguro o más pacífico: paradójicamente, es un escenario mas inseguro y menos predecible, más violento y con más guerras.

El concepto que mejor define geopolíticamente este siglo XXI que se inicia, es incertidumbre.

Producto de una compleja combinación de dinámicas de poder, el océano Pacífico parece estar en camino de convertirse en una arena geopolítica –una más en el mundo actual- donde se entrecruzan las diferentes rivalidades y ambiciones de las distintas potencias y naciones que tienen costas e intereses en dicha zona del mundo.

En este contexto, la cuenca del Pacífico se constituye en una de las arenas geopolíticas donde tiene lugar una prolongada redistribución de las hegemonías, al mismo tiempo que se configura un nuevo orden político y económico mundial.

Este ensayo examina los roles que la cuenca del Pacífico puede desempeñar en el actual escenario económico y político internacional de globalización y sus proyecciones futuras más plausibles, desde la perspectiva de la escuela realista de la Ciencia Política y las Relaciones Internacionales.

Este ensayo –elaborado como ponencia para el seminario “Globalización y APEC” de la sede Magallanes de la Universidad ARCIS- es una invitación a la reflexión intelectual e intenta presentar una lectura geopolítica y crítica de la globalización actualmente en curso, a la luz de un conjunto de categorías multidisciplinarias de análisis.

 

Manuel Luis Rodríguez  U.  Cientista Político. 


Punta Arenas (Magallanes), primavera de 2004.

 

 GEOPOLÍTICAS
 EN LA ERA DE LA GLOBALIZACION:
ALGUNAS CATEGORÍAS DE ANALISIS


La Geopolítica
 como representación del mundo


 La aproximación intelectual hacia la Geopolítica nunca ha dejado de ser objeto de controversias.   Tanto por sus orígenes demasiado estrechamente asociados con el proyecto nazi-fascista de dominación de los años 20 y 30, como por su discutido rol de justificación ideológica de proyectos imperiales y expansionistas propios del período de la guerra fría (1945-1990), la disciplina Geopolítica bien puede considerarse como una “hija bastarda” de las modernas Ciencias Sociales: todos la utilizan y recurren a ella para todo género de justificaciones, pero nadie quiere reconocer su paternidad...

 La Geopolítica, constituye una representación tradicional y territorial del sujeto político y militar, extendida a la escala del planeta: desde este punto de vista, es una lectura descriptiva y se alimenta de una lógica de dominación. ( )

 En su estado actual de desarrollo, en los inicios del siglo XXI, asistimos a un renacer de la reflexión geopolítica: en un momento histórico de mutaciones profundas, en el que la lógica de la desregulación y de la virtualización de los intercambios se combina con procesos económicos, culturales y políticos transnacionales, la Geopolítica se ve enfrentada a asumir un doble desafío: por una parte, debe resolver el dilema “Estado-nación” o “Estado-sociedad civil”, interrogándose acerca de la pertinencia de su tradicional apego a las soluciones estatistas o estatizantes (propias de la Geopolítica de la primera mitad del siglo XX); y por el otro, debe dar cuenta teórica e intelectual de los procesos de transnacionalización que tienen lugar, para re-situar al Estado nacional en un escenario político y geopolítico mundial y continental más complejo y poblado de nuevos actores, dilemas, encrucijadas y desafíos.

 Los cuestionamientos a las Geopolíticas tradicionales, más inclinadas a privilegiar el rol del instrumento estratégico en la escena internacional, han hecho posible que hoy se reconozca que Diplomacia y Estrategia son herramientas complementarias e interdependientes en un mundo en plena mutación.

 Por otra parte, la reflexión geopolítica ha tenido históricamente una natural tendencia a las visiones globales, a las lecturas macroscópicas del orden internacional, lo que tiene que combinarse con interpretaciones microscópicas de la escena regional, a riesgo de quedar atrapado en la telaraña paralizante de las grandes lecturas, de los grandes relatos que intentan explicar el presente, pero que impiden leer “el aquí y el ahora”, es decir, el presente real.

 Desafíos, amenazas, conflictos, zonas de fractura, líneas de convergencia, ámbitos de influencia... la batería de herramientas de análisis geopolítico puede variar según la orientación intelectual que se sigue o los intereses que se encuentran en el trasfondo de todo análisis geopolítico.  He ahí una de las particularidades de la Geopolítica: no existen las geopolíticas neutrales, ni las geopolíticas a-políticas, porque sería como estudiar Ciencia Política sin referirse a la política.  Cuando los rusos hablan de una “geopolítica del Cáucaso” o los estadounidenses hacen uso de una “geopolítica del petróleo”, o los ingleses se refieren a una “geopolítica de la energía”, ninguno de ellos está hablando “en neutro” ni solo para la academia: están poniendo de relieve los intereses reales y profundos que los mueven a recurrir a las categorías del análisis geopolítico, para explicar sus propios intereses nacionales y de poder.

 Por tanto, cada geopolítica viene “cargada” con el sesgo de los reales y profundos intereses y motivaciones que explican –en primera y última instancia- la conducta de todo actor en la escena política nacional e internacional.

 De este modo, el cambio de época que experimenta el orden internacional, está engendrando una re-conceptualización profunda de las nociones tradicionales de la reflexión geopolítica y estratégica, entre las cuales el propio concepto de “espacio” está siendo repensado.

 En efecto, el espacio había sido conceptualizado por los geopolíticos tradicionales –fieles a la geografía territorial del siglo XIX y XX- como una extensión física que se puede dimensionar y comprender en términos de largo, ancho y profundidad (arriba y abajo).  Todos los paradigmas estratégicos del siglo XX, entre los cuales el de la disuasión, habían sido construidos a partir de la idea de que el acto estratégico, así como el acto político, siempre tienen lugar sobre arenas o escenarios cuya espacialidad es discernible en términos de territorios geográficamente situados, los que están dotados de largo, ancho y profundidad, lo que viene a determinar la aplicación del instrumento estratégico.

 La escala en la que operaba un actor político dentro de un espacio, estaba determinada por los límites y extensión del territorio donde dicha acción era legítima y sustentable.

 En estos espacios territorializados, el Estado o los actores políticos, económicos y culturales pueden delimitar las escalas de sus decisiones y acciones, sometiendo en primer lugar la geografía a  las coordenadas políticas y jurídicas de la soberanía. 

 Pero, ¿qué sucede cuando el espacio trasciende las fronteras físicas? ¿cómo se pueden discernir los ámbitos de soberanía o de jurisdicción, allí donde los espacios geopolíticos no tienen un soporte físico o territorial sobre los cuales situarlos, posicionarlos?

 Si el espacio es un ámbito donde tiene lugar el poder, donde se ejercen la influencia y la hegemonía, donde se manifiesta visiblemente la pugna por la hegemonía y la dominación, ¿qué sucede cuando el espacio no tiene parámetros físicos de medición y donde dicha pugna puede ser virtual, no obstante su realidad estratégica?

 Si la Geopolítica moderna se define como “...el estudio de las relaciones que existen entre la conducción de una política llevada al plano internacional y el marco geográfico en el cual ella se ejerce” ( ), entonces, ¿cómo suceden las relaciones geopolíticas en un contexto internacional, donde el marco geográfico puede ser superado por conductas de actores internacionales que quiebran esa noción tradicional del espacio o que trascienden las fronteras sin desaparecerlas físicamente?

 ¿Es posible un espacio sin territorio?

 Los nuevos paradigmas geopolíticos introducen ahora dos nuevos parámetros en el análisis geopolítico: la noción del ciber-espacio, como soporte del espacio informacional, y la del espacio-extra-atmosférico, como ámbito de una arquitectura satelital de dominación estratégica planetaria.

 Ahora el espacio de poder, deviene virtual, inalcanzable, indefinido en sus límites porque no tiene fronteras, porque la soberanía de los Estados está siendo reemplazada por el infinito dominio mercantil de las empresas y corporaciones, porque el ejercicio de la soberanía territorial está siendo superada por los intercambios y flujos económicos virtuales.  La finitud de los territorios está siendo sustituída por la infinitud de los espacios virtuales.

 En ambas dimensiones espaciales, lo virtual predomina no obstante la posibilidad de que se materialicen en formas complejas y diversas de poder y dominación “in situ”.  Estamos en presencia de un nuevo paradigma geopolítico de la dominación y la influencia: “...la dominación espacial, el space power, será sin ninguna duda, el concepto nodal de la geopolítica del siglo XXI.  Tal como el ‘sea power’ del siglo XIX permitió el control imperial (británico entre otros) mediante el dominio de las líneas marítimas de tráfico y de algunos puntos portuarios estratégicos, el ‘space power’ detenta las claves del control informacional y logístico.” ( )

 Este ‘space power”, una noción fundacional en la reciente geopolítica de los Estados Unidos, se entiende como un instrumento de potencia geopolítica, así como se pretende una herramienta estratégica puesta al servicio de un proyecto de dominación global: “el surgimiento de un nuevo espacio de acción y de telecomunicaciones interconectadas, el ciberespacio, vuelve caduca la noción de santuario nacional y hace aparecer nuevas vulnerabilidades a gran escala.” ( )  En el nuevo paradigma, lo global deviene también virtual, es decir, informacional y cibernético, desde el inalcanzable espacio extraterrestre, porque así y sólo así, la potencia global estadounidense se asegura una dominación económica, política, cultural y tecnológica y una proyección de potencia incontrarrestables.

 En un contexto de esta naturaleza, nos interrogamos ¿cómo puede la Geopolítica constituir una representación del mundo, sin cuestionar sus propios conceptos de representación?

 Pero, hay algo más.  La revolución de la información actualmente en curso, trae aparejado otro dilema de importancia geopolítica: la cuestión del tiempo asociado al espacio.  En la Geopolítica tradicional el espacio o el territorio se vinculaban al tiempo, en la medida en que el actor político o el actor estratégico ponían “en el teatro” sus recursos, sus medios económicos, políticos o militares, dentro de una temporalidad que venía dada por las velocidades posibles del avión, el barco de guerra, el tanque o el soldado en combate.  Ello determinaba tiempos de desplazamiento que estaban física y tecnológicamente limitados, delimitados, establecidos.

 En los términos de la ciencia moderna, el tiempo ha sido una dimensión cuantificable.

 Sin embargo, al diseñarse el espacio cibernético o el espacio comunicacional, o informacional, desaparece la dimensión temporal en beneficio de la ubicuidad, de la simultaneidad, del “tiempo real”.  ( ). 

El tiempo y la velocidad se virtualizan, la ubicuidad del acto político o de la acción estratégica –ahora potenciados por la imagen instantánea de los medios- devienen casi simultáneos con la decisión que los produjo. 

¿Qué sentido adquiere el espacio geográfico o el territorio como simples delimitaciones físicas de una porción de la naturaleza, si un submarino nuclear ordenado por un gobernante situado a 20.000 kilómetros del blanco, puede hacer viajar en pocos minutos un misil portando una bomba, solo mediante una orden computacionalmente codificada?

 La relativización y la dilución del espacio  como tendencias geopolíticas en curso, se acompañan con la contracción del tiempo. El espacio-tiempo que había revolucionado Einstein ( ), se ha convertido en distancia casi inexistente, en capacidad e instantaneidad del acto humano, político, económico o estratégico.  Cada espacio tiene su propio tiempo.

 El tiempo también ha devenido una variable geopolítica, potenciada por la telefonía celular, por la informática, la transmisión instantánea de imágenes, sonidos y data, y por el funcionamiento de vastas y complejas las redes satelitales de info-comunicación.


Epoca de cambio
y cambio de época


Ya es un tópico recurrente e incorporado en el bagaje teórico de la moderna Ciencia Política y en las Relaciones Internacionales, la noción de que el período que se inicia en 1990 con el fin de la “guerra fría” no es solamente una época de cambios, sino que asistimos en realidad a un profundo cambio de época.   Asumimos que el fin de la bipolaridad Este-Oeste, significó el derrumbe y la derrota del sistema socialista, como modo de organización de la sociedad y como paradigma, pero ello no ha significado automáticamente el triunfo del capitalismo: algo así como que se sabe bien quién perdió... pero no se sabe realmente quién ganó.

Otros autores argumentan que el triunfante capitalismo de fines del siglo XX se ha tenido que hacer cargo de la totalidad de los problemas del planeta y no ha hecho más que agravarlos y complicarlos: contaminación ambiental a escala planetaria, empobrecimiento de países y continentes enteros, profundización de las desigualdades sociales y económicas, multiplicación y complejización de los conflictos y de las rivalidades...  Ahora que el capitalismo conservador o neoliberal han levantado la bandera del triunfo, no hay comunismo al cual culpar de los males del mundo, y resulta que los males del mundo hoy, son peores, más profundos, más extensos y más persistentes, que antes de 1990.

Hasta aquí sin embargo, llegan las coincidencias de los politólogos: queda abierta la discusión en cuanto a cuál es la trayectoria que seguirá el sistema-planeta en los primeros decenios del siglo XXI.

La hipótesis central que articula este estudio supone que el sistema internacional en la etapa final del siglo XX y en los primeros decenios del siglo XXI estaría experimentando una mutación mayor, en la forma de un prolongado proceso de transición desde un sistema ordenado en torno a los Estados nacionales o sistema internacional propiamente tal, hacia un sistema-planeta, organizado y articulado en torno a ciertos Estados-potencias dominantes, entidades supranacionales y actores corporativos, dotados de poder a escala global.

Desde la paz de Westfalia (1643) hasta el ciclo llamado de la Guerra Fría (1945-1990), el sistema internacional se ha ido configurando y evolucionando dentro de ciclos históricos sucesivos en los que la distribución de las hegemonías y el balance del poder se han articulado en torno a ciertas potencias constituídas como Estados nacionales y sistemas imperiales integrados también por Estados nacionales, y otros actores.

De este modo, la unidad política denominada Estado-nación ha sido durante más de tres siglos, el eje articulador y el actor político y estratégico determinante en el sistema internacional o en los regímenes de dominación que operaban en su interior.

El cambio fundamental que está operando como tendencia profunda en el mundo, desde la segunda mitad del siglo XX, es la emergencia gradual de una economía-mundo y de una política global o globalizada, lo que está dando forma a un ordenamiento político y estratégico nuevo dominado por ciertas potencias o Estados y otros actores supranacionales y corporativos capaces de adoptar decisiones y de desplegar estrategias y recursos de poder a escala del conjunto del mundo.   Esta emergiendo y continuaría cristalizando así durante el siglo XXI, una red de redes cada vez más compleja de interacciones de poder a escala global, en la forma de un sistema de sistemas y que denominamos sistema-planeta.

De este modo, la posición de centralidad  del Estado nacional en el sistema internacional parece verse amenazada por dos fuerzas disociadoras distintas: desde el interior de las fronteras nacionales, por la re-emergencia y multiplicación de las identidades locales y regionales y las aspiraciones independentistas; y desde el exterior, por las corrientes generadas por las distintas formas de globalización, por la emergencia de una política global y de estrategias globales, las que pretenden i poner nuevas hegemonías y formas de dominación.

Al revisarse la historia política y estratégica de Occidente y otras regiones del mundo, la tradición intelectual del realismo ha puesto de manifiesto la importancia crucial y decisiva de los intereses y los factores y recursos de poder, como herramientas del poder político, tecnológico y estratégico) dentro del juego real de las Relaciones Internacionales.  Desde la configuración moderna del sistema internacional, a partir del siglo XVII en adelante, han sido los intereses y en particular los intereses de poder y los intereses nacionales, los móviles fundamentales que permiten explicar las decisiones y las conductas de los actores en la escena internacional, y en función de los cuales se ha articulado el balance de poder en cada época o ciclo.

No obstante la conflictividad básica que caracteriza a la escena internacional, producto del choque permanente de intereses de todo tipo,  los Estados y los principales actores de la escena mundial apuntan hacia la estabilidad, pretenden garantizar la seguridad de sus propios intereses, intentan mantener un cierto nivel de equilibrio en el balance de poder en tanto en cuanto satisfaga dichos objetivos fundamentales, y procuran asegurarse un clima de paz en el entorno al que tienen acceso, mediante la configuración de regímenes de seguridad que convengan a sus intereses vitales.

Desde una óptica prospectiva, puede afirmarse que el conjunto del sistema mundial –que se encuentra en vías de configurarse como un sistema-planeta- realiza además, una prolongada fase de transición desde un orden básicamente bi-polar hacia un orden internacional multipolar, de manera que en los primeros decenios del siglo XXI el conflicto fundamental que dividirá al mundo, será al mismo tiempo, la dualidad entre potencias dominantes (ubicadas en el hemisferio norte) y naciones emergentes (situadas en el hemisferio sur o en determinadas “zonas de fractura” del mundo), y entre la potencia global única y aquellas potencias mundiales emergentes, que aspiren a una cuota sustancial de poder mundial desde una posición hegemónica a escala continental.   Al término del esquema bipolar, desde fines del siglo XX se ha instalado la hegemonía estratégica de una potencia global, es decir, un orden unipolar en un escenario geopolítico inseguro e impredecible que ha traído consigo una mayor inestabilidad e incertidumbre.

Los rasgos fundamentales que caracterizarían a este período de transición desde la bipolaridad hacia la multipolaridad, serían la incertidumbre, la imprevisibilidad y la inestabilidad en un contexto de creciente interdependencia, los que podrían determinar gran parte de los comportamientos de los actores del sistema mundial durante la primera mitad del siglo XXI.   Durante esta transición prolongada, el sistema mundial atravesará por una fase de hegemonía casi indiscutida de una sola potencia global, dando forma transitoriamente a un esquema de poder unipolar, mientras se produce el reacomodo de las demás potencias continentales o regionales, y mientras comienzan a emerger las potencias mundiales que –presumiblemente- disputarán en el siglo XXI o en el siglo XXII la hegemonía global.

Puede suponerse también que los “core-powers” o potencias centrales y dominantes en el balance de poder global configurarán alianzas de carácter estratégico y de alcance mundial durante la disputa por el poder global.


Espacios,  territorios y poder:
la implosión del espacio geopolítico


La moderna geopolítica  ha asumido que el espacio, como ámbito geográfico situado, constituye a la vez un factor estructural de poder y un territorio donde tiene lugar la presencia y la dominación humanas.  Desde esta perspectiva, el espacio geográfico (terrestre o marítimo) ha sido definido a la vez, como encrucijada o arena del poder y de la disputa por el poder, y como fuente de recursos que se constituyen también en otros tantos factores de poder.

Esta lógica territorialista de la geopolítica se refiere a que los procesos políticos y económicos no tienen lugar en el vacío.  Ellos siempre tienen una determinación histórica y geográfica, la que les fija sus  límites y horizontes de alcance.

Desde el punto de vista geográfico o espacial, la Política puede ser definida y comprendida como una práctica localizada de poder y de dominación, de construcción de consensos y de resolución de conflictos, que siempre se sitúan en una determinada porción del territorio, el cual puede llegar a ser en sí mismo una encrucijada y una arena donde se encuentran estrategias y retóricas de los diferentes actores. Así como tiene su propia historia, la Política y las Relaciones Internacionales funcionan y construyen  su propia geografía, su propia espacialidad.

  Aún en medio de los procesos de deslocalización, propios de la modernidad, la post-modernidad  y  la globalización de las comunicaciones y los mercados en curso, deben reconocer la necesidad de una plataforma, de un soporte material, físico, sobre el cual se aplican el poder, las distintas formas de capital, la energía y la información.

Pero, para llegar a la dominación implícita en el poder y en la Política, cada actor debe ejercer un determinado grado de dominio y jurisdicción sobre un cierto espacio, sea este geográfico, económico, cultural o virtual.  En los orígenes remotos del poder y de la Política, se encuentran las múltiples formas de acción voluntaria a través de las cuales, los hombres llegan a transformar dicho espacio.  

Así surge el proceso de territorialización.

La territorialización es el complejo proceso histórico a través del cual los individuos, los grupos y las organizaciones humanas adquieren, controlan, dominan y transforman los espacios geográficos que consideran propios.  En este proceso intervienen factores materiales objetivos (trabajo, energía), factores inmateriales (información), factores humanos (provisión de capital social, humano, cívico, tecnológico y financiero) y factores culturales (identidad, valores y tradiciones), de manera que los espacios geográficos donde se instalan los seres humanos, se transforman gradualmente gracias a una combinación histórica, única e irrepetible de todos éstos componentes.

En síntesis se trata del proceso mediante el cual un grupo humano  transforma un espacio geográfico en un territorio suyo y distintivo.  Esta es la forma cómo los seres humanos inscriben su existencia individual y colectiva en la geografía que los sustenta.

La territorialización opera mediante el trabajo, mediante la incorporación de energía, trabajo, capital e información sobre los recursos naturales, sobre el espacio geográfico, y en función de los cuales, los individuos, los grupos, las familias y las naciones van ejerciendo y adquiriendo dominio sobre dicho espacio, convirtiéndolo en su territorio.  Como se verá más adelante, una de las bases del dominio en materia territorial, reside en la ocupación material, real, de un determinado espacio geográfico, de manera que no solamente se manifieste la intención de apropiarse dicho espacio (lo que se materializa con estos actos concretos), sino que es preciso además, que esa porción geográfica esté vacante, y que los actos de apropiación y dominio  reflejen un propósito de permanencia estable y duradera.

En el curso de este proceso de territorialización, es decir, de conquista material y simbólica de un determinado espacio geográfico, se va configurando la cultura y la identidad del grupo humano:  el conglomerado se convierte en grupo, el grupo se transforma en una comunidad, cohesionada gradualmente por las experiencias colectivas comunes.  A continuación, en su apropiación territorial las comunidades devienen en pueblos, y los pueblos tienden a configurar naciones.   Al apropiarse de un lugar físico, el grupo humano hace su propia historia, va creando sus propios mitos, sus leyendas, sus tradiciones, va depositando en su memoria y en su subconsciente colectivo un patrimonio de valores y tradiciones, con los cuales las sucesivas generaciones de descendientes se continuarán identificando.

En algún momento, el individuo se piensa a sí mismo, en términos de geografía, es decir, en términos de lugares, de tierra y de mar.   Los procesos de territorialización son entonces, a la vez, materiales y simbólicos. Materiales en el sentido de dominar la geografía, de apropiarse de ella, de controlarla, de ejercer en ella el poder, el dominio y las distintas formas de soberanía.  Simbólicos en el sentido de ir depositando en el subconsciente colectivo, en la memoria colectiva, los hechos históricos fundantes y fundamentales, los acontecimientos relevantes y decisivos, los hitos  que marcan una trayectoria común y compartida en el tiempo.

Es importante subrayar por otra parte, que la territorialización se produce tanto sobre los espacios geográficos terrestres, como sobre los espacios marítimos, en la medida en que éstos forman parte de la misma unidad geográfica y se integran bajo una misma unidad política.   Modernamente sin embargo, el espacio geográfico y los recursos que en él existen no es en sí mismo un factor decisivo de poder, sino en tanto en cuanto se aplica a dicho territorio y a dichos recursos, la tecnología, la información y los capitales suficientes para que se conviertan en materias primas susceptibles de intervenir en los procesos económicos y en los flujos comerciales.   Una forma concreta y actual de territorialización de los espacios geográficos, se manifiesta en su valoración económica.

En efecto, tal como se analizan más arriba, uno de los “cambios copernicanos” originados en la actual mutación tecnológica y geopolítica que tiene lugar, es la transformación de los espacios de dominación y poder.  Según Alexis Bautzmann, “...los dos principales vectores de la globalización son el espacio cibernético y el espacio extra-atmosférico...los cuales se convierten, en manos de la potencia global americana, en instrumentos privilegiados del control global de los territorios...” ( )

La lectura geopolítica actual tiene que integrar dos ámbitos espaciales que escapan a la geografía física tradicional.  El espacio geopolítico ha hecho implosión: el control, la dominación y el ejercicio del poder no dependen ahora sola o exclusivamente de la apropiación de recursos naturales existentes en espacios geográficos físicamente localizados, sino también de los espacios exo-geográficos, es decir, aquellos situados fuera y más allá de la geografía.


La perspectiva aportada
 por la reflexión oceanopolítica


La Oceanopolítica surgió durante la segunda mitad del siglo XX, como resultado de una serie de procesos intelectuales y políticos en el mundo desarrollado.

La nueva disciplina pretende introducir un cambio profundo de perspectiva a éste respecto: ella permitiría analizar los fenómenos políticos, diplomáticos y estratégicos que suceden en mares y océanos, desde la perspectiva de los espacios marítimos, de manera que se nos ofrece como un paradigma tal, como si nos situáramos en el mar,  para observar y comprender la tierra.   Si la Geopolítica pretendía ser "la conciencia territorial del Estado", la Oceanopolítica pretende ser "la conciencia marítima de la Nación".

La Oceanopolítica puede ser considerada como una visión con pretensiones científicas, que resulta de la confluencia multidisciplinaria de distintos aportes intelectuales.   Se trata de una  forma moderna de intentar hacer ciencia a partir de los fenómenos marítimos y navales, en la medida en que su pretensión mayor es lograr establecer un conjunto aceptado de principios y teorías dotadas de racionalidad y de objetividad.   En términos generales, la ciencia social es moderna, porque cree y se afirma en los resultados del ejercicio de la razón, como fundamento objetivo del conocimiento.

La reflexión oceanopolítica se pretende a sí misma como una racionalización de los procesos y relaciones entre el Estado- Nación (como actor político programático) y los mares y océanos.  Desde esta perspectiva, los espacios marítimos y oceánicos son comprendidos y se configuran como campos teórico- prácticos relacionales, donde se ponen en juego los objetivos políticos, los grandes fines y sobre todo, los intereses nacionales y de seguridad de los Estados, como se analizará más adelante.   Para la Oceanopolítica, como para las demás disciplinas que integran el universo teórico e intelectual de las Relaciones Internacionales, el contenido esencial de las relaciones entre los Estados en la esfera marítima y naval son los intereses nacionales y de seguridad, en virtud de los cuales cada Estado desarrolla una Política, y despliega su Diplomacia y su Estrategia.

La Oceanopolítica es una disciplina o ciencia política del mar, es una manera política de ver las relaciones entre los Estados y naciones a propósito de los espacios marítimos.   La politicidad de los procesos y relaciones oceanopolíticas, proviene fundamentalmente del carácter  político de la acción de sus actores principales, los Estados, y del contenido esencial de las relaciones que éstos establecen entre sí a propósito de dichos espacios.

Así, resulta que la Oceanopolítica es -al mismo tiempo- una ciencia política de los espacios marítimos y oceánicos, y también, la Política de los Estados en los espacios marítimos y oceánicos.  Por ello mismo, la Oceanopolítica no es una geopolítica marítima, ni una geografía política de los mares y océanos, sino que resulta de una elaboración intelectual y político- institucional distinta, y que produce como resultado una reflexión científico- política acerca de los mares y océanos, la que se traduce siempre en políticas y estrategias.

En su definición más primaria y elemental, la Oceanopolítica estudia la Política en el mar y en los océanos.    Su propia denominación, sugiere un elemento de encuentro, una síntesis entre el fenómeno político y el fenómeno oceánico, en la medida en que ambas dimensiones convergen en la realidad, desde los albores de la Historia de la humanidad.  

  Ahora bien, en la Época Moderna -inaugurada por el Iluminismo racionalista y humanista, la Revolución Francesa y la descolonización de las naciones- la Política en los océanos y espacios marítimos la realizan fundamentalmente los Estados-naciones, de lo que se desprende que la Política en el mar es siempre y en primera y última instancia la Política del Estado en el mar.   La Oceanopolítica la definimos -para los efectos de este ensayo- como el estudio científico de las relaciones oceanopolíticas que se establecen históricamente entre ciertos actores políticos en relación con los espacios marítimos y oceánicos.   Esto quiere decir que el fundamento de la teoría oceanopolítica, reside en una comprensión y racionalización sistemática y científica  de un cierto tipo de relaciones, las que se pueden clasificar en dos tipos básicos:

a)  las relaciones que  establecen los Estados y otros actores políticos entre sí a propósito de los espacios marítimos y oceánicos, relaciones que tienen lugar en la esfera internacional; y

b) las relaciones que se establecen entre los Estados y los espacios marítimos y oceánicos, las que se sitúan generalmente en la esfera nacional, por su carácter jurídico y su contenido político.

De esta definición se desprende naturalmente, que los espacios marítimos constituyen una diversidad superpuesta e interdependiente  de arenas o campos relacionales.  Aquí reside la racionalidad objetiva de los fenómenos oceanopolíticos: se trataría de procesos y fenómenos que son empíricamente observables y verificables, en los que los mares y océanos son el elemento de sustrato, la base fundante y explicativa de la relación, y los Estados y otros actores políticos son el elemento activo y dinámico.

A su vez, las relaciones oceanopolíticas, sin embargo, no solamente se sitúan en la esfera objetiva y empírica de los procesos políticos, diplomáticos y estratégicos, sino que también se manifiestan en un ámbito imaginario y cultural, es decir, en una dimensión simbólica: el de la conciencia marítima.

Pero, además, la reflexión oceanopolítica no surge de una simple teorización, sino que se enmarca en un contexto histórico internacional que le fija un derrotero intelectual característico.   La Oceanopolítica es una disciplina científica que se sustenta en un conjunto de constataciones empíricas de la realidad internacional.


Centros de gravedad
 y hegemonías oceánicas


 La conceptualización oceanopolítica supone que siempre existe alguna relación entre los actores políticos, y los Estados entre ellos, con los espacios marítimos y oceánicos.   Al analizarse la historia geográfica del mundo, desde esta perspectiva, es posible discernir la presencia de “potencias continentales”, es decir, naciones y Estados cuyo proceso económico, evolución histórica y cultura se han centrado principalmente en los espacios continentales y cuya política de poder se ha orientado a la expansión o consolidación de una determinada posición en los espacios terrestres.

 Por contraposición a las “potencias o actores políticos continentales”, habrían ciertos actores políticos cuyo comportamiento económico, evolución histórica y acervo cultural se habrían centrado principalmente en los espacios marítimos y oceánicos y que, correlativamente, han puesto en práctica –en determinados períodos de su historia- una política de poder orientada a la presencia, dominio, expansión o consolidación de una posición en los espacios marítimos y oceánicos.

Esta tendencia “marítima” o “terrestre-continental” que hayan seguido determinados actores políticos en su historia no constituye un determinante absoluto ni un “destino manifiesto”, sino que debe ser comprendida como una continuidad histórica y geográfica en las decisiones y en las acciones desplegadas por cada actor político, en virtud de una determinada voluntad y que es posible discernirla a través de largos períodos de su historia política y económica. ( ) 

 En esta dimensión no existen determinismos geográficos absolutos, lo que quiere decir que el hecho que un actor político de posición predominantemente terrestre o que no tenga costas, no significa que sea necesariamente una potencia continental, del mismo modo como la posesión de costas no significa automáticamente que sea una potencia marítima u oceánica.  No todas las naciones y Estados que tienen costas en el océano Pacífico han sido potencias marítimas u oceánicas, de manera que la condición de potencia marítima no depende exclusivamente de la posición geográfica.  Tampoco existe un determinismo geográfico en torno al océano Atlántico.

En efecto, otro de los postulados oceanopolíticos más importantes, parte de un cierto diagnóstico histórico y afirma que a lo largo de los casi veinte siglos de Historia occidental, ha existido un centro de gravedad oceánico, consistente en un determinado mar u océano en torno al cual se han articulado los poderes, economías, imperios y Estados dominantes en cada período.   Según esta concepción, desde la Antigüedad clásica y hasta el siglo XV, el centro marítimo del mundo habría estado en el mar Mediterraneo, y a partir del descubrimiento de América y de la apertura de nuevas rutas marítimas coloniales de conquista y comercio, dicho centro gravitacional se habría desplazado gradualmente al océano Atlántico.

Esta centralidad marítima del Atlántico se habría reforzado con la hegemonía británica durante el siglo XIX y  con el predominio naval de los Estados Unidos durante el siglo XX.

Un corolario natural de ésta teoría afirma que, como consecuencia de los crecientes intercambios entre las potencias mayores del Pacífico, el siglo XXI se presentaría como la época en que dicho océano se convertirá en el centro de gravedad marítima del mundo.

Es necesario subrayar a este respecto, que a pocos años de iniciado el siglo XXI, el océano Atlántico continúa manteniendo las rutas marítimas estratégicas que unen a EE.UU. con Europa occidental, y a ésta con Japón, muy en especial aquellas que aseguran los suministros energéticos principales desde el Medio Oriente y el Golfo Pérsico.

Al mismo tiempo, las alianzas políticas y estratégicas fundamentales que unen a los EE.UU.  y Norteamérica con Europa occidental, continúan sustentándose en una doctrina estratégica y militar atlántica,  basada en intereses políticos y de seguridad comunes y compartidos.

Puede afirmarse, en consecuencia, que mientras persistan éstos hechos de relevancia fundamental y dominante, el Atlántico continuará siendo un centro marítimo de importancia mundial.  A su vez, para que el Pacífico se convierta en el océano principal del sistema- planeta sería necesario que se configure en torno a él, una comunidad política, económica y estratégica basada en amplios intereses y objetivos comunes y compartidos, diseño que integre los distintos grupos de naciones y Estados, con su enorme diversidad cultural e histórica.  Eso está aún lejos de ocurrir, no obstante que ya se han perfilado algunos esfuerzos de cooperación e integración.

A partir del actual juego dinámico de las potencias globales y de los principales  Estados- pivotes presentes en torno al Pacífico, se argumenta que en un futuro previsible en la primera mitad del siglo XXI, los roles dominantes todavía estarán repartidos entre Japón, China Popular, Estados Unidos y Rusia, como actores fundamentales, mientras que Australia,  Nueva Zelandia y otras naciones asiáticas y latinoamericanas pugnarán crecientemente por intervenir en la escena marítima y política de la región.

  Además, esta interpretación de la geografía política de los mares, debe situarse en una perspectiva teórica mayor, que propone una visión distinta de los  océanos y continentes en su relación dinámica.  La Oceanopolítica funda  también algunos de sus orígenes intelectuales, en un cierto análisis geográfico del planeta, que postula que éste presenta una desigualdad básica entre un Hemisferio Norte dominado por grandes masas continentales, y un Hemisferio Sur dominado por las grandes masas oceánicas.

Analicemos ésta teoría.  La desigual distribución de continentes y océanos resulta de una simple constatación física, a la que debe agregarse el hecho de que más del 60% de la superficie total del globo terráqueo está cubierta por mares y océanos.

Ahora bien, ¿qué significado tiene el predominio oceánico del Hemisferio Sur?  ¿qué  consecuencias podrían deducirse de éste factor geo-morfológico?

En este punto, hay que despejar de inmediato y una vez más toda inclinación determinista.  El predominio cuantitativo de las masas oceánicas respecto de los continentes en el Hemisferio sur del mundo, no implica necesariamente ningún destino marítimo manifiesto, ni supone automáticamente la potencia marítima de los Estados costeros.

En efecto, la sola constatación de la distribución histórica de las hegemonías marítimas desde el siglo XV en adelante, pone de manifiesto un hecho básico, según el cual la totalidad de las potencias marítimas y navales que han ejercido algún grado de predominio a escala regional o mundial, se encuentran ubicadas en el Hemisferio Norte del planeta: Venecia, el Imperio Otomano, la Liga Hanseática, Portugal, las Provincias Unidas, Francia, España, Inglaterra (en Europa), o la China continental (en el Extremo oriente), la exURSS, Rusia o los Estados Unidos en Norteamérica.

La sola posición marítima de un Estado, (que en términos oceanopolíticos se define como la posición oceanopolítica relativa) no constituye una condición suficiente para crear la potencia marítima o naval, y ello es particularmente evidente en el caso de las naciones ubicadas en el Hemisferio sur del mundo, puesto que la potencia marítima y naval constituye el resultado histórico de un largo proceso en el tiempo, durante el cual confluyen diversos factores políticos, culturales, económicos y estratégicos.


El paradigma de la globalización
en un escenario de fragmentación


El nuevo escenario internacional al cual asistimos desde fines del siglo XX -y que muy probablemente se prolongará durante los primeros decenios del siglo XXI- podría caracterizarse por los siguientes rasgos distintivos:

a) el término de la bipolaridad Este-Oeste ha dado paso a un escenario geopolítico global unipolar, caracterizado por una incontrastable hegemonía militar y estratégica de los Estados Unidos;
b) el escenario unipolar se acompaña con una situación de redistribución de las hegemonías, al interior de los bloques continentales;
c) el conjunto del escenario geopolítico internacional se caracteriza por la incertidumbre, motivada por la multiplicación y complejización de los factores polemológicos y de conflictos, y por la reaparición de viejas rivalidades, tensiones y amenazas; y
d) las motivaciones fundamentales de los conflictos han vuelto a su cauce económico y tecnológico: a las guerras por los recursos, se suman las guerras de la información.

Cuando se observa el sistema internacional desde una perspectiva macroscópica, debe reconocerse que aparece globalmente dominado y tensionado por dos tendencias interdependientes que se interpenetran, las que pueden ser comprendidas también como manifestaciones de grandes ciclos históricos en una u otra dirección.   Estas tendencias, además, operan en la forma de tendencias profundas, es decir, como complejos movimientos de larga duración, como conjuntos de procesos cuya ocurrencia y persistencia en el pasado y en el presente, permite pronosticar su continuidad en un futuro plausible.

Por un lado, funciona objetivamente una tendencia centrípeta caracterizada por una corriente y un período de tiempo que apunta hacia la concentración, unificación o agrupamiento  de los actores internacionales, en torno a formas de estructuración u organización, lo que genera un escenario internacional dominado por unos pocos grandes actores fuertes y cohesionados.  Por otro lado, funciona también una tendencia centrífuga que consiste en una corriente y un lapso de tiempo que apunta hacia la dispersión, disgregación y la separación de los actores internacionales, debilitando de paso las organizaciones e instituciones internacionales existentes, lo que da origen a un sistema internacional caracterizado por la presencia de diversos escenarios y arenas donde predomina una gran diversidad y complejidad de actores y dinámicas.

El sistema internacional contemporáneo puede ser leído y comprendido también, sobre la base de la lógica que subyace en las tendencias a la globalización y la fragmentación del sistema.

Desde una perspectiva teórica, la globalización no puede ser entendida solamente como una ideología que subyace al establecimiento de numerosas formas de relación entre los Estados y los demás actores internacionales, sino también debe ser comprendida como una compleja serie de redes de relaciones de interdependencia y de hegemonía que atraviesan las dimensiones económicas, comunicacionales, culturales, políticas y estratégicas, redes que solo tienden a reproducir ahora a escala planetaria las asimetrías en las ecuaciones de poder que existían antes del advenimiento de la globalización.

Desde una perspectiva realista, la globalización puede ser comprendida a la vez, como una tendencia objetiva de las Relaciones Internacionales, y  como un discurso sobre sí misma.

A la tendencia globalizadora, que pretende imponerse en la esfera internacional, se acompaña una tendencia hacia la dispersión y hacia la fragmentación de los antiguos bloques bi-polares tradicionales.    Esta tendencia hacia la fragmentación se manifiesta tanto en la formación de bloques continentales, regionales y sub-regionales de Estados y de economías nacionales, dando forma a un nuevo ordenamiento mundial determinado por razones geo-económicas, como en la evidente emergencia de tendencias separatistas, regionalistas y localistas en todo el mundo, en nombre de identidades étnicas, religiosas y culturales que se oponen  a la globalización y sus efectos culturales disolventes.

La globalización surge y se manifiesta como el proceso de crecimiento y autonomización de la economía mundial respecto de la esfera política.  Ella está determinada por la transnacionalización del capital y de la información, por la deslocalización y la flexibilización de los procesos productivos, por la desregulación de los mercados y los intercambios.

Aún así, la globalización no puede ser reducida a una simple configuración tecno-económica ni a una cierta articulación geopolítica (representada por la expansión mundial del sistema liberal).  Ella implica también la extensión y mercantilización de cada vez más esferas sociales, dando origen a procesos de desconstrucción social, de agravación y ptofundización de las desigualdades culturales y sociales y de ubicuidad de los conflictos.

Al desaparecer los límites sistémicos entre lo nacional y lo internacional, entre lo público y lo privado, entre lo civil y lo militar, entre lo político-jurídico y lo ideológico, la globalización en su práctica concreta y no obstante su retórica benefactora, vuelve caducos los instrumentos tradicionales de intervención social intra-fronteras ( ) y las herramientas más sofisticadas del derecho internacional como la no ingerencia, dando forma a “zonas grises” de no-poder y no-derecho. ( )

La globalización es al mismo tiempo, una tendencia profunda del desarrollo económico y político mundial, es decir, una oportunidad, y una perspectiva de incertidumbre que desafía las mentalidades, las conciencias y las visiones tradicionales.   Si se la analiza desde la óptica del cambio, ella puede producir una sensación de umbral –en el sentido de que contiene dinámicas tecnológicas y económicas transformadoras- pero al mismo tiempo puede provocar numerosos rechazos y cuestionamientos, en la medida en que se la percibe como el vehículo más eficiente de vinculación imperial de las economías subdesarrolladas y dependientes a un proyecto de dominación mundial.


Un escenario de hegemonía unipolar


 En este tópico, el realismo debe primar sobre toda otra consideración ideológica. 

 A partir de 1990, la postura geopolítica y estratégica global de Estados Unidos asume e integra plenamente en sus estimaciones políticas y militares, que están situados en una posición de liderazgo y que disponen de la capacidad para proyectar su poder a cualquier punto del planeta.  El progresivo involucramiento de Estados Unidos en guerras y conflictos fuera del continente americano, es una tendencia evidente desde 1980 en adelante.   

Prácticamente, en lo que va corrido desde 1990 en adelante, Estados Unidos nunca ha dejado de estar en guerra con algún país o en algún país del mundo.

 Estados Unidos es la única potencia global del planeta: tienen conciencia de ello, tienen los medios y están dispuestos a ponerlos en juego cada vez que sus intereses nacionales y de seguridad los perciban de algún modo amenazados, y esos intereses de seguridad abarcan prácticamente la totalidad del mundo.

 Pero además, este escenario unipolar está caracterizado por una evidente mutación en las motivaciones y factores polemológicos: mientras las guerras y los conflictos entre 1945 y 1990 estaban motivados por razones principalmente ideológicas y de hegemonía política (aún cuando las motivaciones e intereses profundos hayan sido otros), en el presente y en el futuro previsible, los conflictos se originan en intereses económicos, en la lucha por el control de recursos energéticos escasos y/o estratégicos, en factores culturales, entre otros.  ( ) 

Las guerras del futuro serán previsiblemente, conflictos por el control, posesión y/o dominio de determinados recursos naturales escasos: agua, petróleo, gas, uranio... y no solamente explicables por diferencias culturales, étnicas o religiosas.

 En un escenario unipolar como el presente, aún cuando la potencia global dominante ejerce ampliamente una hegemonía militar y estratégica incontrastable, no es totalmente invulnerable a los ataques de los nuevos enemigos ni puede ejercer plenamente tal dominación sin la adhesión política y el respaldo económico de otros Estados aliados. 

Al mismo tiempo, la rivalidad esencial que se encuentra en el conflicto de intereses a escala global es geo-económica y también geo-cultural: el acceso, dominio y/o control sobre los recursos energéticos, sobre las materias primas, por un lado; el predominio en las ideas, las creencias y los paradigmas, por el otro.


Redistribución de las hegemonías


 La rivalidad y los intereses geo-económicos, así como la rivalidad geo-cultural, generan en este nuevo escenario, una redistribución de las hegemonías. 

 La lucha por las hegemonías y los ejes de quiebre y ruptura en el mundo se están desplegando ahora a escala planetaria y continental, en los planos de la economía y los mercados, de las tecnologías, y de las ideas, las identidades y el conocimiento.

Desde una perspectiva espacial, las hegemonías se redistribuyen actualmente a escala planetaria y a escala continental: la formación creciente de bloques continentales de orden económico, es precisamente un rasgo característico de esta nueva época. 

Las potencias intermedias y las potencias mundiales, aceleran sus esfuerzos políticos y diplomáticos por articular en torno suyo a ejes de Estados y potencias regionales que se unifican tras ciertos intereses económicos comunes y compartidos a fin de intervenir en la competencia global, en los procesos de globalización y para generar ciertos equilibrios relativos en la arena económica, frente a la hegemonía global: Asia se articula en torno a China y Japón; Europa se articula en torno a Alemania y Francia; América Latina se articula en torno a Brasil y México.

Es en este contexto de redistribución de las hegemonías en el que sitúa la formación del foro de cooperación económica Asia Pacífico.


Incertidumbre,
multiplicación de los conflictos
 y complejización de la amenaza


 El fin de la guerra fría había prometido un mundo pacífico y se había anunciado el advenimiento de un nuevo orden mundial.  Sin embargo, las guerras no han desaparecido: solo han cambiado las dimensiones de la amenaza y se han multiplicado los factores polemológicos.  

Muy frecuentemente la amenaza militar no es ya predominante, aunque los riesgos han adoptado nuevas dimensiones, entre las que cabe señalar la desconfianza y fricción históricas entre grupos étnicos, religiosos o nacionales, en nacionalismo agresivo, el desmoronamiento social y las incertidumbres que suscitan las reformas económicas en profundidad, los movimientos migratorios ilegales, el tráfico de drogas y la delincuencia organizada, y las amenazas medioambientales y ecológicas derivadas de años de explotación de recursos naturales e industrialización descontrolada.  

Estos nuevos desafíos, sin embargo, tienen algo en común: el hecho de no respetar las fronteras entre países. La seguridad es hoy más indivisible que nunca. Las consecuencias de los riesgos que se le plantean a la seguridad no pueden circunscribirse a un país, como tampoco existe una única organización que sea capaz de abordar todos los aspectos de la seguridad o los problemas de seguridad de cada uno de los Estados al mismo nivel.


EL PACIFICO COMO FUTURO CENTRO DEL MUNDO:
¿MITO O REALIDAD?

 

 El océano Pacífico ha sido percibido geopolíticamente en el pasado como una extensión marítima demasiado enorme, diversa y hasta excéntrica respecto de los centros de poder mundiales, como para tener alguna influencia en los asuntos internacionales.

¿Qué espacio es realmente la Cuenca del Pacífico?.

El Océano Pacífico es la masa de agua más grande del mundo, ocupando la tercera parte de la superficie de la Tierra. Se extiende aproximadamente 15.000 km desde el Mar de Bering en el Ártico por el norte, hasta los márgenes congelados del Mar de Ross en la Antártica por el sur. Alcanza su mayor ancho (del orden de 19.800 km), a aproximadamente 5 grados de latitud norte, extendiéndose desde Indonesia hasta la costa de Colombia. El límite occidental del océano ha sido definido a menudo en el Estrecho de Malaca.

El Pacífico contiene aproximadamente 25.000 islas (más que todos los demás océanos del mundo combinados), casi todas las cuales están ubicadas al sur del línea del Ecuador. El Pacífico cubre un área de 179.7 millones de km²   En una primera aproximación, el océano Pacífico constituye un espacio geográfico que cubre más de la mitad del globo y se expresa en un borde terrestre litoral encerrando un espacio oceánico. Este borde litoral, a su vez es la puerta de entrada y salida a la más grande superficie terrestre continental del mundo. Son estas características las que le otorgan un peso decisivo en la economía mundial ya que en esta enorme superficie, se concentra sobre el 50% de la población total del mundo, constituyendo un gigantesco mercado consumidor y productor.   De este modo, el concepto de océano Pacífico o de cuenca del Pacífico hace referencia a dos realidades geográficas distintas pero interrelacionadas: el espacio oceánico y los territorios continentales e insulares que acceden directamente con costas a dicho espacio.

El conjunto de Estados y territorios que acceden al Pacífico agrupan a su vez, las culturas y razas más antiguas del planeta, con idiomas, economías y sistemas políticos de muy variadas y disímiles características, diversidad que impide considerarlas automáticamente como una unidad posible de construir en el corto plazo, difíciles de integrar en un solo escenario geopolítico y no muy fáciles de ser definidas en unas pocas visiones generalizadoras. Así, en más de los 40 países ribereños que se ubican en su cuenca, se reúnen aproximadamente el 47% del producto mundial bruto y se concentran alrededor del 37% de las exportaciones totales que se intercambian en el planeta.

Dadas las considerables extensiones que encierra el océano Pacifico, se hace necesario separarlas bajo un determinado criterio geográfico, lo que da origen a cuatro sectores de Estados cercanos geográficamente entre sí, a saber:  la Cuenca Americana, la Cuenca Asia Pacífico, la Cuenca Australia Pacífico y la Cuenca Polinésica u Oceánica.    Cada uno de estos segmentos oceánicos y continentales tiene su propia dinámica económica, política y cultural, y su propio ritmo de desarrollo y crecimiento.

El Océano Pacífico –considerado como espacio geoeconómico- encierra las mayores riquezas en cuanto a recursos marítimos del planeta, entre los que sobresalen los recursos pesqueros, los recursos energéticos y los minerales. Por otra parte, este océano es un componente ecológico-ambiental fundamental para el sistema-planeta y sus numerosas vías de comunicación aéreas y marítimas constituyen nervios vitales para el comercio y el funcionamiento de la economía mundial.  A su vez, sus enormes reservas de biomasa pueden ser fundamentales para asegurar la alimentación de la humanidad, siendo este factor de creciente atención por las grandes potencias que ven en esta biomasa fuentes de recursos alimenticios ricos en proteínas y de fácil obtención.


  Durante gran parte del siglo XX los analistas geopolíticos han subrayado la importancia del Atlántico como el océano clave en el desarrollo del capitalismo mundial y han puesto de relieve que la doctrina atlántica ha constituido la fórmula estratégica que ha permitido el predominio occidental en la confrontación con la Unión Soviética, y ha instalado la supremacía estadounidense en el nuevo orden global.

 Los geopolíticos “atlantistas” sin embargo, han encontrado competidores en el camino.  Así, cuando algunos analistas occidentales y estadounidenses han sugerido la hipótesis  que el centro de gravedad geográfico y marítimo del nuevo orden mundial se estaría desplazando desde el Atlántico al Pacífico.
Se ha tratado de presentar esta disputa intelectual como una confrontación entre “atlantistas” y “pacifistas”... Un hecho objetivo es que esta idea surgió de algunas empresas y conglomerados californianos durante los años setenta, quienes necesitaban  abrirse para sus inversiones y exportaciones los mercados asiáticos (Japón y China, entre otros), a fin de contrarrestar la tendencia a la unificación europea.

 La lógica subyacente en este concepto es la noción de que desde la conquista de América en el siglo XVI y hasta fines del siglo XX, el océano Atlántico ha sido el teatro marítimo donde se han decidido las principales guerras, donde han surgido los principales imperios marítimos y económicos y donde se han manifestado las tres hegemonías mundiales modernas: de Francia y España en los siglos XVI y XVII, de Gran Bretaña en el siglo XIX y de Estados Unidos en el siglo XX.

Esta idea tendría su corolario en que dicho predominio geo y oceanopolítico se estaría desplazando a la cuenca del Pacífico,  en la medida en que esta zona presenta un dinamismo económico y tecnológico que conduce a radicar en este espacio, los procesos políticos y geopolíticos fundamentales que decidirán el futuro del mundo durante el siglo XXI. Una tal teoría no puede menos que confortar y corresponderse coincidentemente con las finalidades geopolíticas de dominación de Estados Unidos. 

Visto el nuevo orden mundial desde la perspectiva oceánica del Pacífico, ni China con todo su dinamismo, ni Japón con su potencia financiera e industrial, ni Rusia con su enormidad territorial, parecen poder contrarrestar al presente el predominio y la influencia estadounidense, toda vez que la Unión Europea no es un actor relevante en este espacio. 

El océano Pacífico puede ser visto y comprendido entonces como un espacio privilegiado –aunque no todavía prioritario- donde los Estados Unidos pueden manifestar y concretar su voluntad de hegemonía económica y estratégica global con grados menores de oposición y de hecho, ya lo están haciendo.  Pero, al mismo tiempo, es un ámbito geopolítico donde se entrecruzan los intereses de varias potencias mundiales, no siempre coincidentes y con frecuencia antagónicos.

La situación de cada potencia en el océano Pacífico, además, está fuertemente determinada por el momento en que cada una de ellas “llegó hasta el Pacífico”, es decir, cuando tuvo los medios y la voluntad política suficiente para ejecutar una política oceánica coherente.

Así, por ejemplo, la posición de Rusia en el sistema del Pacífico es gravitante a partir de la segunda mitad del siglo XX, como se puede apreciar, pero está relacionada con el momento tardío en que ese país se interesa geopolíticamente por el Pacífico, a fines del siglo XIX y en los inicios del siglo XX.
Desde 1975 en adelante (el término formal de la guerra de Vietnam) y hasta el presente, el océano Pacífico ha sido un vasto espacio de tranquilidad, en la que no obstante la persistencia de puntos neurálgicos de inestabilidad, no han habido conflictos bélicos mayores: es una zona de paz relativa.

 

El proyecto geopolítico de la APEC

 

El Asia Pacífico constituye una representación geográfica y geopolítica difícil de precisar.  Se trata de un vasto espacio geográfico que cubre alrededor de 170 millones de kilómetros cuadrados, producto de una delimitación arbitraria directamente relacionada con los complejos intereses que mueven a los países rivereños de la cuenca y que reúne a una extrema diversidad de áreas o conjuntos geopolíticos y de culturas diversas.
 En torno al Pacífico se reúnen una super-potencia global (Estados Unidos), varias potencias mundiales (como China y Japón), diversas sub-potencias regionales o potencias intermedias (Australia...), algunas naciones en vías de desarrollo (como las de la costa centroamericana y sudamericana y del sudeste asiático), y los nuevos países industrializados (como Taiwán, HongKong, Corea del Sur, Tailandia...) e incluso una multitud  de sociedades o comunidades tradicionales (como numerosas islas oceánicas).

 A su vez, la diversidad geo-cultural es también extremadamente variada y compleja: en torno al Pacífico se integran culturas anglosajonas, orientales (china y japonesa, tailandesa y vietnamita), culturas de predominio islámico (Indonesia), latinoamericanas y centroamericanas, y la enorme diversidad de culturas insulares oceánicas o polinésicas.

El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) nace en el año 1989 en respuesta a la creciente interdependencia de las economías del Asia Pacifico.

Desde una perspectiva geopolítica, entendemos que el foro APEC es una iniciativa regional de integración al sistema económico global, adoptado como parte de una estrategia estadounidense y occidental a fin de normalizar la globalización, de manera de racionalizar los mercados actualmente demasiado fragmentados por las barreras aduaneras y las interferencias mafiosas, como para que resulten plenamente atractivos a los inversores.

Comenzó inicialmente como un  informal diálogo grupal entre distintas economías capitalistas, en los momentos en que hacía crisis el esquema bipolar, para transformarse en la actualidad en uno de los instrumentos regionales para promover el comercio abierto y la cooperación entre economías. Su propósito declarado es impulsar el dinamismo económico y el sentido de comunidad de la región Asia Pacífico, aunque las materias de seguridad, de defensa del libre mercado, de promoción del libre comercio e inversión, la cooperación tecnológica y el intercambio de experiencias empresariales también  integran su agenda.

Pero también el foro APEC forma parte de la lógica ideológica del capitalismo globalizador, como lo demuestra su declaración de octubre del 2001, en una reunión de altos líderes del conglomerado donde no obstante haber sido convocada para tratar algunas cuestiones económicas “...ha estado dominada por la reacción contra el terrorismo, marcando una nueva incursión del Foro en materia de seguridad geopolítica.  La cooperación técnica para combatir el financiamiento del  terrorismo y el refuerzo de los niveles de seguridad en el transporte han sido sus principales resultados.” ( )
En otros términos, las preocupaciones de la globalización capitalista -que son en definitiva las preocupaciones geopolíticas y económicas de la potencia global estadounidense- se han traducido en una estrecha vinculación del foro APEC dentro de la arquitectura global de dominación estratégica o info-dominación que se encuentra actualmente en proceso de instalación. ( )

En 1994, el foro Asia Pacífico definió como una de sus grandes metas, “...el logro del libre comercio e inversión en el Asia Pacífico en el 2010 para las economías industrializadas y en el 2020 para las economías en desarrollo...” ( ).  La meta del libre comercio que se ha fijado a sí mismo el foro APEC intenta articular a esta entidad transnacional con el resto de la arquitectura capitalista de dominación económica hoy funcionando: “...en conexión con el Banco Mundial, el Banco Asiático de Desarrollo, el Banco Interamericano de Desarrollo, el secretariado de la Organización Mundial de Comercio y otras organizaciones, APEC y sus miembros están tratando de fortalecer sus capacidades y confianzas a través de una serie de proyectos que apuntan a extender el libre comercio...” ( )   El paradigma del libre mercado y de la libertad de comercio e inversión, uno de los argumentos centrales de la globalización económica auspiciada por Estados Unidos, es un tópico crítico en la fundamentación de la APEC.
Esta entidad reconoce sin embargo, que el libre comercio propiciado por las potencias capitalistas dominantes del sistema, no ha beneficiado a todos por igual: “El fortalecimiento de las capacidades y de la confianza entre los miembros menos desarrollados no ha sido históricamente una prioridad de la Organización Mundial de Comercio.  Sin embargo, hay evidencia de que en la percepción popular los países más pobres, las pequeñas empresas, los trabajadores menos expertos, los individuos menos educados, las mujeres y los jóvenes no han recibido los beneficios de la liberalización del comercio y la globalización...” ( )

Por lo tanto, según este punto de vista institucional de la APEC, el libre comercio “...es un modelo que debería ser replicado en todas partes...” ya que sus beneficios pueden cuantificarse en enormes utilidades.  Así, siempre según las publicaciones oficiales de la APEC, “...la liberalización del comercio multilateral implica una reducción global de los impuestos para todos los consumidores y exportadores y un motor para el crecimiento.”  El Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional han calculado “...que los beneficios ganados en  bienestar global mediante la eliminación de las barreras al comercio de mercancías pueden llegar a un rango entre 250 a 550 billones de dólares por año.  Otro estudio estima que las ganancias por remover las barreras al libre comercio pueden llegar a 1.900 trillones de dólares.” ( )

En la actualidad, el mecanismo denominado APEC cuenta con 21 miembros - llamados "economías miembros" - que en conjunto representan más de 2,500 millones de personas, un PIB total de 19 billones de dólares, y que operan entre sí el 47% del comercio mundial. 

El foro APEC dice representar a la región de mayor dinamismo económico del mundo, y que en sus primeros 10 años de existencia ha generado aproximadamente el 70% del crecimiento económico global.   Pero, la suma matemática de las economías así presentadas, constituye una arbitrariedad estadística: en realidad, es necesario reconocer que  no existe una comunidad política, una identidad o pertenencia cultural y ni siquiera una integración económica entre las naciones del Pacífico.   ( )

Por eso, la gran interrogante que persiste es si existe realmente una comunidad del Pacífico, o solo estamos en presencia de una iniciativa de integración y normalización de las economías asiáticas, oceánicas y latinoamericanas, dentro de un orden globalizado y pre-establecido bajo la hegemonía estadounidense.  La puesta en marcha del mecanismo STAR (Secure Trade in the APEC Region), constituye un enfoque que asocia al comercio intra-Pacífico con los requerimientos de seguridad, incluyendo formas de cooperación naval, y cuyo objetivo involucra a todos los países del sistema APEC en “...garantizar la seguridad y la eficiencia de los flujos financieros, comerciales y de información en la zona del Asia-Pacífico.”   ¿La seguridad es una función de la economía o la economía es una función de la seguridad?

A lo menos dos visiones geopolíticas y geoeconómicas parecen encontrarse en el seno de la APEC: por un lado, algunas potencias asiáticas como Japón y China, Malasia y Tailandia, que se oponen a convertirla en una mera zona de libre comercio, porque ello implicaría desmantelar las reglas económicas de un Estado nacional que ejerce un rol planificador e impulsor de sus respectivas economías; y por el otro, Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelandia, que desean transformarla en un gran acuerdo de libre comercio trans-Pacífico, incluyendo normas de seguridad económica.  

Se trata de dos visiones que oponen dos tipos estructurales de economía, y que reflejan también dos lecturas divergentes respecto de la posición de cada economía en el desarrollo continental y mundial: mientras los Estados Unidos perciben a las naciones asiáticas como mercados de alto interés para su industria globalizada, muchas  naciones asiáticas perciben su desarrollo como dependiendo de una industria nacional fuerte, moderna y basada en el consumo nacional y solo adicionalmente en la exportación y conquista de mercados foráneos.

La asimetría fundamental que separa a las economías que acceden al nuevo orden político y económico en vías de implantarse, continúa siendo la diferencia entre un grupo de potencias económicas, industriales y tecnológicas, que disponen además de la hegemonía financiera (además de otros instrumentos del poder internacional) y el grupo de economías dependientes centradas en la producción y exportación de materias primas y recursos naturales.

¿Cómo se construye la igualdad y la cooperación, entre dos órdenes de actores políticos y económicos internacionales, separados por una abrumadora diferencia tecnológica, económica, industrial y financiera?  ¿Cómo se construye la simetría en una estructura económica marcada estructuralmente por la asimetría?

En un contexto de globalización de los intercambios, el foro APEC se nos aparece como un mecanismo internacional ad-hoc para reproducir, cristalizar y mantener  en la zona del Pacífico las asimetrías existentes, las desigualdades entre las potencias dominantes y las naciones dependientes, o dicho en términos económicos, entre un conjunto de potencias económicas e industriales hegemónicas y otro conjunto de naciones exportadoras de materias primas, que se encuentran en esta área del mundo.

 

La geopolítica del Pacífico  vista desde el Oriente asiático
 

¿Quién dijo que la dominación global de Estados Unidos es unánimemente aceptada y reconocida en Asia y en la cuenca del Pacífico?

Todo enfoque geopolítico contiene una lectura y está impregnado de los intereses de poder de la nación o la potencia desde donde se “hace geopolítica”.   La particular visión globalizadora propia de los occidentales y de los Estados Unidos frente a la condición económica, política y estratégica del espacio geopolítico del Pacífico, encuentra su contraparte en las lecturas geopolíticas que los propios asiáticos hacen de tal condición.  Al conocer los trabajos de algunos geopolíticos asiáticos, se percibe claramente cuán occidental, unilateral, elitista y hasta americano-céntrica es la globalización que pretende imponer la potencia estadounidense.

De hecho, las lecturas geopolíticas que hacen los especialistas filipinos, chinos, taiwaneses, australianos o japoneses, aportan una visión mucho más amplia, rica y compleja respecto del presente y el futuro del océano Pacífico: es entonces cuando se comprende la unilateralidad hegemónica que contiene el proyecto globalizador de los Estados Unidos.

Veamos algunos ejemplos.

Desde la perspectiva china, una de las diferencias mayores entre la geopolítica estadounidense y la geopolítica china en el océano Pacífico, reside en la voluntad hegemónica global.  Así, “...en comparación con la geopolítica occidental expansionista, la geopolítica china es meramente defensiva.  La geopolítica de Occidente, abogando por el control del continente eurásico –considerado como el área pivote del mundo- está en el primer lugar de los intereses de la hegemonía mundial anglo-sajona, tanto como el ‘lebensraum’ de Hitler y su Tercer Reich.”   

Desde esta perspectiva oriental, el propósito que compromete a Estados Unidos es “establecer un marco de relaciones con las potencias euroasiáticas, de manera de prevenir la emergencia de un poder eurásico dominante y antagónico, lo que continúa siendo central para la capacidad estadounidense de ejercer la primacía global.” ( )

China se percibe geopolíticamente como una potencia continental, y su preocupación por el problema del poder “euroasiático” así lo refleja.
Según esta lectura geopolítica, China percibe a Estados Unidos en el Pacífico y en el resto del sistema-planeta, como una potencia con una voluntad de dominación y hegemonía global, que se contrapone a la posición de China en Asia.  Se trata de dos visiones completamente divergentes, ya que mientras “...la geopolítica occidental subraya y prefiere el globalismo, los chinos optamos por el regionalismo...” ( ).  Y define la postura geopolítica china en los siguientes términos: “China, mientras tanto, no persigue el objetivo de controlar áreas pivotes ni el de alcanzar una importancia geoestratégica que le permita dominar el mundo.  Desde el siglo XVI, aún con la sucesiva expansión de las potencias mundiales hasta llegar al siglo XXI, China no es expansiva sino defensiva en su geopolítica, puesto que ha manifestado repetidamente que no tiene reclamos hegemónicos no obstante su fortaleza.” ( )

Según este enfoque, los objetivos geopolíticos de China se centran en el Asia: “Según su especial geografía, propia de los antiguos tiempos pre-científicos, China estaba confinada a su posición y su periferia.  Ahora sin embargo, China es solo una gran potencia con influencia mundial y sus puntos de vista geopolíticos primarios y de influencia la vinculan a la región Asia-Pacífico.  China puede crecer en sus intereses y preocupaciones, pero difícilmente podría imaginarse que China vaya a cruzar sobre Europa, Africa o América Latina como para construir cosas tales como ‘esferas de influencia’ o cabezas de puente.” ( ) 

China en este contexto, se comienza a reconocer una potencia mundial y ello explica el surgimiento de una creciente corriente intelectual de reflexión geopolítica ( ), a través de la cual esa potencia se reconoce un lugar en el mundo y en el espacio del Pacífico.   Según la perspectiva geopolítica antes citada, China no percibe al océano Pacífico como un espacio de expansión, o de hegemonía o como “esfera de influencia” ni propia ni ajena. “China no pretende copiar ni seguir el patrón de la geopolítica occidental, ya que no pretende la expansión.  China persigue preservar su propia seguridad, la paz, la estabilidad y el desarrollo, del mismo modo como persistimos en la independencia, la coexistencia pacífica, en la fraternidad entre naciones distantes y en la manutención de relaciones de buena vecindad con las naciones vecinas, sin reclamar hegemonías ni menos sometida a ninguna otra geoestrategia foránea.   China toma en cuenta suficiente y seriamente los factores geográficos y la interacción entre la política nacional e internacional y ello le permite garantizar su propia seguridad y desarrollo.” ( )  

El enfoque geopolítico que se trasluce desde Oriente difiere de la perspectiva occidental, anglo-sajona o estadounidense, demasiado centrada en la dominación hegemónica y la dominación territorial. 

Los chinos reconocen que “...los factores económicos y tecnológicos son más prominentes.  Con el desarrollo de la ciencia y de la tecnología, la ventaja high-tech puede reforzar las ventajas geopolíticas y provocar también desventajas geopolíticas.  Así también, la seguridad económica desafía la geopolítica tradicional que se centra en las alianzas militares y las ideologías...” ( )

En consecuencia, argumentan los chinos, el cambio del escenario hegemónico a escala planetaria, estaría sucediendo desde el Atlántico al Pacífico, pero en otros términos: “...el balance geopolítico mundial está inclinándose desde Occidente, liderado por los Estados Unidos, hacia China cuyo surgimiento es de una importancia evidente.   El fin de la guerra fría significó la disolución de la Unión Soviética, la unificación de las Alemanias, la apertura de Europa del Este al Oeste y la crisis de los Balcanes, lo que ha transformado el mapa geopolítico del mundo. Como resultado, el Atlántico aunque mantiene su importancia geopolítica, comienza ha ser desplazado en la gravitación geopolítica mundial, por el Asia Pacífico y por naciones no-occidentales.  Al mismo tiempo, al nivel del Asia Pacífico, la gravitación geopolítica del Asia Pacífico se está desplazando desde las áreas marítimas hacia el heartland, especialmente hacia el continente chino.”  ( )

Hay varios conceptos geopolíticos de interés en este análisis chino. Por lo pronto, resalta la noción de que el gradual desplazamiento de la hegemonía oceánica desde el Atlántico hacia el Pacífico (hipótesis que, por lo demás, necesita ser confirmada empíricamente), se esta acompañando de una gradual declinación de la hegemonía occidental en beneficio de potencias no occidentales, lo que quiere decir de potencias asiáticas u orientales. El solo hecho que este planteamiento aparezca en las elaboraciones geopolíticas chinas, indicaría que esta idea es parte de los análisis que alimentan sus procesos políticos, económicos y estratégicos de decisión.

Una segunda idea resulta aún más sugestiva.   Al proponer el autor citado que la gravitación geopolítica del Asia Pacífico se está desplazando desde las áreas marítimas hacia el heartland, indica que se está asumiendo la teoría geopolítica clásica de MacKinder del llamado heartland terrestre opuesto al rimland marítimo ( ).  Esto implica que China asumiría una “geopolítica continentalista” y se reconocería como una potencia de predominio terrestre, al mismo tiempo que percibe que las principales potencias marítimas, irían camino de la declinación.   ( )

 En síntesis, la perspectiva geopolítica china es divergente en tanto ese país se percibe como una potencia mundial emergente, pero centrada en su carácter de nación continental de Asia, y capaz de lograr su desarrollo y su presencia económica en el espacio del Pacífico  y, por lo pronto, se manifiesta menos dispuesta a aceptar el proyecto geopolítico de dominación occidental o estadounidense o la globalización.  

El rechazo chino a las geopolíticas expansionistas occidentales y en particular estadounidenses, proviene tanto de su vocación asiática o “asiático-céntrica”, como de su propósito de contraponer otra visión del orden mundial.
 
Como consecuencia de esta lectura, China concibe sus relaciones geopolíticas, desde la perspectiva asiática del Pacífico y sobre todo, desde el punto de vista de su seguridad respecto de las fronteras continentales con Rusia, con India y con los numerosos Estados del sudeste asiático.   Muy particularmente, la esfera geopolítica de China está concebida en términos de una relación con Japón que posibilite los intercambios y potencie sus mutuas ventajas.  ( )   La alianza chino-japonesa es una  hipótesis geo-económica aún hoy difícil y lejana, pero que no debe ser descartada.

Pero el punto de vista japonés es distinto, toda vez que es una perspectiva insular que da frente al Pacífico.

La visión geopolítica de Japón respecto del Pacífico, es a su vez, diferente y dice relación con la particular postura japonesa en el espacio oceánico del Pacífico, una postura de insularidad geopolítica que tiende a distanciarlo de los conflictos que atraviesan el orden mundial.

Japón es el único país del mundo asiático que logró relevar el desafío modernizador y aperturista procedente de Occidente y –desde la restauración Meiji de 1868- ha avanzado a pasos calculados hacia su configuración como una potencia industrial y tecnológica de primer orden. ( )

El estilo japonés de generar empresas y riquezas dependía y depende fuertemente de un Estado, cuyo rol protagónico e impulsor, lo ha llevado a convertirse en una herramienta geopolítica de la expansión empresarial japonesa en el mundo.   Un Japón desmilitarizado después de 1945 y dotado de nuevas instituciones democráticas, reorientaron sus energías, sus capacidades organizacionales, su cohesión nacional, cultural y demográfica y su disciplina social hacia objetivos económicos y comerciales.

 En este contexto, “...la seguridad de Japón depende en la hora actual, del mantenimiento a todo precio, de las libertad de intercambios...” de manera de compensar sus vulnerabilidades energéticas ( ): el 98% de los hidrocarburos, el 90% de los minerales y el 77% del carbón que consume Japón proviene de fuentes externas.  De esta constatación se desprende que lo esencial de la geopolítica japonesa radica en la preservación de las líneas marítimas de suministros: hacia Vancouver, Canadá, Los Angeles, Panamá, Sydney, y las rutas del sudeste hacia el Golfo Pérsico, el canal de Suez y Europa.

 La geopolítica japonesa es básicamente marítima o “maritimista”, en comparación con la lectura china, que se aferra a su posición continental.

 Esta perspectiva geopolítica marítima (podríamos decir “oceanopolítica”), se explica tanto por la importancia decisiva que tiene el comercio marítimo en el conjunto de la estructura de intercambios japoneses, como porque se reconoce como una potencia de tendencia marítima, cuya fachada oriental le abre los horizontes del océano Pacífico.

 La penetración comercial japonesa en los mercados occidentales y americanos, se debe tanto a la especificidad del desarrollo tecnológico alcanzado por la industria, como por la capacidad de la flota mercante nipona, para constituirse en un poderoso vector nacional de presencia económica en todo el mundo y en los principales océanos del planeta.

 Japón, además ha logrado generar el más poderoso flujo comercial marítimo dentro del espacio del Pacífico, hacia la costa occidental de Norteamérica (California y Canadá en particular).

 En sus percepciones de seguridad, Japón ha ido abandonando la noción de los tiempos de la guerra fría, que le hacían temer  una invasión a gran escala del territorio japonés.  Ahora, “...las nuevas amenazas determinan que el país debe fortalecer su capacidad de autodefensa como para responder a eventos como el terrorismo o un ataque con misiles...” ( ), en la medida en que la amenaza provendría ahora no solamente desde Estados sino desde organizaciones terroristas y actores no-estatales.   Así, “...resulta necesario fortalecer nuestra capacidad para ofrecer una respuesta objetiva a determinados ataques asimétricos provenientes del terrorismo internacional o de ataques con misiles, así como amenazas provenientes de organizaciones terroristas, otros actores no-estatales y actos ilegales.  Basados en la situación actual, en la que Japón no posee un sistema efectivo de defensa misilística, esta defensa mediante misiles balísticos constituye una materia importante y urgente en nuestra política de defensa.” ( )

 La interpretación geopolítica japonesa en consecuencia, se sitúa en un enfoque marítimo, que se corresponde con la posición económica y comercial ganada por Japón en el océano Pacifico, pero subrayando su condición de potencia asiática moderna e inserta en un mundo globalizado y sometido a nuevas amenazas.

 En el espacio geopolítico y geoeconómico del Pacífico, además, se hacen presente otras potencias, además de Estados Unidos, Gran Bretaña y Canadá: son Australia y Nueva Zelandia, los que representan el “eje occidental” del Pacífico. 

Así como China, Rusia, Japón y Corea, representan el “eje oriental” del Pacífico, en la medida en que se constituyen en un espacio geo-económico y cultural centrado y caracterizado por su condición asiático-oriental, Australia, Nueva Zelandia, Estados Unidos y Canadá representan el “eje occidental”, por su vinculación estratégica y geopolítica adscrita a los valores, a la estructura económica y a la forma de poder político del occidente capitalista.

 La posición geopolítica y oceanopolítica de Australia en el sistema del Pacifico, está determinada tanto por su pertenencia económica, política y cultural al “eje occidental”, por su posición geoestratégica de pivote entre el océano Pacifico y el océano Indico, como por su percepción de aislamiento en el hemisferio sur del planeta, por su debilidad demográfica, por su potencia industrial y económica y por su voluntad de convertirse en un actor relevante e influyente en este escenario.

 Australia se percibe a sí misma como una potencia clave en el Pacífico, como lo refleja este análisis del director de programas del Australian Strategic Policy Institute: “...nosotros también vigilamos hacia China, no solamente por sus tasas de crecimiento, sino también por su habilidad para hacer evolucionar sus instituciones políticas y para manejar sus desafíos internos...nosotros también observamos la estructura de relaciones que se da en el Asia Pacífico, entre las potencias mayores y las potencias intermedias, entre las cuales Australia es un actor clave.  La forma como se modelen las relaciones entre estos países (y entre estos Estados y China y Estados Unidos), van a determinar fuertemente el futuro, para que el 2025 se perciba como un ‘océano tormentoso’o una alternativa más benigna y esperanzadora.” ( )

 En una estimación prospectiva australiana realizada este año 2004, se considera que la zona Asia Pacífico está destinada a ser una zona de crecientes conflictos.  Partiendo de la premisa de que el orden  internacional, en algún momento, entre el presente y el año 2025, transitará desde un orden unipolar a un orden en el que otros Estados presionan por mayor influencia, “en el Asia Pacífico esta perspectiva constituye el potencial para crear serias tensiones.  Nosotros percibimos el creciente poder de China con la perspectiva de  generar fricciones entre Beijing y Washington.  En acuerdo con una más poderosa China, potencias mayores como India, Rusia y Japón y potencias intermedias como Australia, Indonesia y Corea del Sur pueden trabajar en una combinación de resistencia y acomodo, con vistas a proteger sus intereses.  Australia podría ciertamente ser el actor que proporcione a los Estados Unidos la seguridad militar en Asia Pacífico, pero también puede suceder que Washington prefiera dejar algunos problemas de segundo orden, como la seguridad en el Pacífico sur, a sus aliados.”  ( )

 En este contexto, los intereses de Australia en el foro APEC están orientados principalmente a abrir los mercados asiáticos (Japón es uno de sus principales mercados de exportación de materias primas)( )), a generar un espacio de libre comercio y a servir como trampolín de entrada al Asia continental para las corporaciones estadounidenses


REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS
 Y DOCUMENTALES


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